Un comentario por parte de un historiador de Harvard ha provocado una riada de críticas. Pero no parece haberse tratado la cuestión con el suficiente cuidado.
En junio de 1930, visitaba nuestro país un ilustre economista inglés,
John M. Keynes, invitado por el Comité Hispano-Inglés, presidida por el Duque de Alba. Ofreció una conferencia en la Residencia de Estudiantes, en la calle Pinar, que llevaba como título
Las posibilidades económicas de nuestros nietos (http://www.excellentfuture.ca/sites/default/files/Economic%20Possibilities%20of%20Our%20Grandchildren.pdf). El asunto le ocupaba desde hacía tiempo, y refinaría su conferencia hasta incluirla en su obra
Essays in persuasión. No es un tema muy keynesiano, pero la visión del asunto, indudablemente, lo es. El gran problema económico de la humanidad, nos dijo entonces, estaba a punto de resolverse, gracias al avance de la tecnología, la eliminación de las guerras, y la estabilización de la población. Y en el plazo de cien años, trabajaremos (decía) muy pocas horas para mantener nuestro nivel de vida. Quizás sólo dos horas semanales. También dijo que en los cuatro milenios anteriores a 1700 “no hubo un gran cambio en el nivel de vida del hombre medio que vivía en los centros civilizados de la tierra”. Una afirmación que parecía entonces absurda, pero que a los lectores de
A farewell to alms o los de
la última obra del gran Julian Simon no les resultará tan chocante.
Nos vamos al presente, casi hasta chocarnos con el ahora. El pasado 2 de mayo, el profesor de Harvard Niall Ferguson ofreció
una conferencia en California. Es autor de varios libros, entre los que se encuentra el reciente
The Great Degeneration: How Institutions Decay and Economies Die. En un momento, reseñó la filosofía egoísta, hedonista del economista de Cambridge, y su economía que, contra el título de su principal obra, era coyuntural y centrada en los problemas del presente. Es cierto que dijo “a largo plazo, todos muertos”, pero se refería a una cuestión de pura teoría económica que no nos ocupa ahora. Siguiendo con su razonamiento, Niall Ferguson preguntó a la audiencia si sabían cuántos hijos tuvo Keynes. “Ninguno”, fue su respuesta ante el silencio del medio millar de inversores y financieros que se habían congregado para escucharle. La razón, dijo, es que Keynes era homosexual. Se casó con una bailarina rusa (para asombro y escándalo de sus amigos, todo sea dicho), pero para hablar de poesía, no para procrear, dijo Ferguson. Silencio. La temperatura de la sala debió de bajar varios grados. Es lógico que Keynes tuviera esa visión tan “presentista” de la vida, que despreciase con egoísmo el futuro, ya que era una persona amanerada (
effete).
No han dejado de sucederse las reacciones críticas contra Niell Ferguson. El profesor de historia ha reaccionado, y
ha pedido perdón sin reservas por su comentario “estúpido” e “insensible”.
Aquí se debate una cuestión de hecho y una cuestión moral. La cuestión de hecho es si la condición homosexual (que, en el caso de Keynes era más bien bisexual) le hacía más proclive a una visión más cercana al presente que al futuro, a él o a los homosexuales. Y luego la cuestión moral es asignarle a ese hecho (si es que se da) una significación positiva o negativa. Aquí se confunden las dos cuestiones, y hay confusiones para todo tipo de ideologías y preferencias.
Hans Herman Hoppe, un economista muy interesante, crítico también de John M. Keynes, dijo lo mismo
en 2005. Hoppe recogía la idea de que las personas tenemos una preferencia por el presente, que es mayor o menor según qué persona. Y se aferraba a la idea de que los homosexuales, al no tener hijos, tienen un horizonte temporal más corto, sus preocupaciones no tan mucho más allá de su propia vida. Hoppe dijo entonces que él sólo recogía una idea expresada por otros. Entre ellos está Joseph A. Schumpeter, quien dijo que la frase “en el largo plazo, todos muertos”, es lógica para un autor sin hijos.
Lo cierto es que Niall Ferguson, H.H. Hoppe y, quién lo diría, J.A. Schumpeter están equivocados al seguir el camino desde las preferencias sexuales de Keynes hacia su filosofía personal y económica.
La razón no está en Madrid, junio de 1930. Su conferencia, lejos de hacer ver que Keynes se preocupaba por el futuro, demostraba exactamente todo lo contrario. Nos esperaba, decía Keynes, un futuro esplendoroso en el que el problema de la escasez se habrá resuelto. Luego lo que debía preocuparnos, nos venía a sugerir, es hoy, un hoy pronunciado hace 83 años. ¡Qué keynesiana es esa idea!
La razón del error de estos autores respecto de Keynes es una sucesión de
non sequitur. Es posible que los homosexuales tengan una mayor preferencia temporal por el presente. No lo creo, pero podría ser. Dejemos la cuestión a los psicólogos, sociólogos y economistas que gustan de dar rienda suelta a la econometría. Pero de ese hecho (en caso de ser cierto), referido a un grupo de personas, no se derivaría que Keynes, en concreto, tuviese una preferencia temporal mayor que la media.
Segundo
non sequitur: Del hecho de que Keynes tuviese esa mayor preferencia por el presente (en caso de ser ello cierto), no se seguiría que él no estuviese preocupado por el futuro de la humanidad. Personalmente podría no interesarse por ahorrar hasta ser el más rico del cementerio, pero eso no quiere decir que no estuviese muy preocupado por el mundo que iba a seguir a su muerte. Más si pensamos que, muy en contra de lo predicho en su conferencia de Madrid, había comprobado que las guerras no eran cosa del pasado tras ser testigo de la II Guerra Mundial.
Con todo, la figura de Keynes es interesante y polémica, y probablemente los libros de Niall Ferguson, también.