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Un fantasma me robó la cartera

miércoles 30 de abril de 2008, 20:23h
Desde hace siglos, la zona del Arco de Cuchilleros es uno de los parajes más típicos de Madrid, conocido por albergar antaño a la gente del hampa y, por supuesto, a su principal representante, Luis Candelas Cagigal. Ejecutado en 1837, da la impresión, sin embargo, de que su fantasma continúa operando por las estrechas calles del centro o quizás, para los más descreídos, sean sus legítimos sucesores inspirados por su recuerdo.

Sea como fuere, cualquiera que camina, por necesidad o placer, por el centro histórico de la capital, sabe que debe cuidarse mucho de sus pertenencias. Entre el nuevo fenómeno de niños rumanos de no más de doce o trece años, que van en grupo acechando las mesas de las terrazas, en busca de un incauto que haya tenido la osadía de depositar cerca del café algo con un mínimo de valor y los tradicionales carteristas de toda la vida, los habituales de esas castizas calles procuramos guardar con celo nuestra integridad física y, sobre todo, material. Pero claro, de andar todo el día en tensión, fijándote en el careto del tipo con el que te cruzas o, más aún, del que intuyes que llevas detrás, llega un mal momento en el que, fatigado y confuso, pensando en tus cosas, bajas la guardia. Y entonces, ocurre.

No pretendo justificarme, pero les confieso que eso mismo me pasó a mí, que me considero humildemente una “experta” del lugar, el viernes pasado. Me relajé unos minutos, los que tardé en salir de un café con la cartera debidamente guardada en el bolsillo de la cazadora y en volver a comprobar que seguía en su sitio, y los mismos bastaron para que me birlaran la susodicha y me dejaran con la cara de idiota con la que, humillados, nos quedamos en estos casos. Ni siquiera noté un leve roce, así es que yo me quedo con que fue el fantasma.

El caso es que como una ya sabe lo que hay que hacer en una situación así, lejos de perder tiempo y energía en lamentaciones, me fui a la sucursal más cercana del banco, anulé las correspondientes tarjetas y volví a casa. Después llegó el momento de pensar en la denuncia. Hay que ser un ciudadano responsable y no paran de decirnos que tenemos que denunciar, pero el recuerdo de la última vez, ya, gracias a Dios, hace muchos años, esperando en una mugrienta sala de espera de una comisaría, me quitaba las pocas ganas que tenía. Y, sin embargo, el maldito sentido de la responsabilidad me pudo. Además, pensé que con la posibilidad de la denuncia telefónica, ya no había excusa para no cumplir con mi obligación de ciudadana. Llamé y en pocos minutos estaba hecha la denuncia. Sólo quedaba acudir a la comisaría más cercana en el plazo de cuarenta y ocho horas para firmarla.

Perfecto, pensé. Hay que ver lo bien que funcionan ya las cosas. Al día siguiente, me acerqué a la comisaría de Leganitos. El amable agente de la puerta me pidió que cogiera un número y me sentara en la abarrotada sala y, claro, me volví a mosquear. Tal fue la cara que se me puso, que enseguida vino otro funcionario, también amable, y me aconsejó que me fuera a otra comisaría a cumplir con el trámite. En la céntrica de la calle Leganitos, me advirtió, la media de espera para firmar las denuncias es de dos horas. ¿Y en otras?, le pregunté yo. Por lo visto, sólo de unos veinte minutos. Está claro que el centro sigue siendo ciudad sin ley y eso que hasta las embajadas advierten a los inocentes turistas de las medidas de seguridad que han de tomar y que incluyen, por ejemplo, la de no hablar por el móvil mientras pasean, si no quieren quedarse sin el aparato, el telefónico y, de paso, el auditivo.

Al final, fue media hora, en una localidad de las afueras de Madrid. Ahora hay que pensar en otra espera, mucho más larga, la del DNI. Ya he intentado pedir por teléfono una cita previa, pero de momento sólo he conseguido hablar con una maquina y pulsar varias veces las teclas del uno, del dos y del asterisco.
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