Antonio Gala: “Jóvenes escritores, ¡cuidad de España!”
lunes 13 de mayo de 2013, 20:15h
Cuando la emoción intensa nos cierra la glotis y aprisiona la garganta ante unas palabras sinceras, dichas a corazón abierto, entonces la cotidianidad se tiñe por un rato del fulgor de lo inolvidable. Ocurre muy pocas veces, son instantes únicos que nos zarandean como si nos dieran un cachete en la mejilla con la contundencia cariñosa de la autoridad familiar y nos recuerdan que hace muchos años el oficio de contar cosas nos pareció el más hermoso y útil del mundo. Algunos, luego, nos dedicamos al relato periodístico para poder vivir. Para que no se deslicen esos momentos por las rendijas de la leve (y aleve, a veces,) memoria; así corremos a aprisionarlos en la blanda celda del recuerdo con el fin de revivirlos una y otra vez, paladeando aquellas vivencias… mientras el mundo transforma hasta su última célula en datos, accesos y conexiones de banda ancha.
Mientras las grandes editoriales preparan su batería de artificio marketiniano para bombardear sus objetivos, los potenciales compradores de las consabidas novedades que lanzarán los editores en junio bajo los calores estivales del Paseo de Coches del Buen Retiro, Impulsa Juventud y la Asociación Nacional de Jóvenes Escritores (ANJE) han celebrado este fin de semana el I Encuentro Impulsa Literatura en el Centro de Negocios El Coloso de Madrid, sin otro interés que el contagioso amor por la literatura. Hasta allí nos dirigimos el domingo por la tarde, porque Antonio Gala, tocado de muerte por un cáncer incurable y refractario a estos saraos, iba a intervenir con la conferencia de clausura: la ocasión de escuchar al gran escritor, al maestro, en la que probablemente sería una de sus últimas intervenciones en público… era única y pertenecía a todas luces a esos memorables epílogos de quienes, en pleno uso de sus facultades mentales, saben que tienen un pie en el estribo, a punto de emprender la última galopada, con la Muerte mordiéndoles los talones.
Antonio Gala, un clásico viviente de nuestra literatura, nos conmovió hasta el tuétano, contra todo pronóstico: “España necesita escritores; yo ya he cumplido: sed responsables también un poco de España, sed auténticos, aun a costa de cualquier cosa: sed en alma y cuerpo, con uña y carne, escritores”. Y el contador de historias se hizo aún más transparente: “Vengo de cerca y me voy lejos; no sé a dónde, pero me voy alegre porque os he visto: recibid mi abrazo”. Era aquella, sin duda, la cálida despedida del literato manchego y cordobés de adopción que tantos temblores y anhelos ha venido suscitando en miles de lectores y, sobre todo, de lectoras, con su retrato de la mujer contemporánea, víctima de las convenciones sociales. El desafío de Gala a la rutina es el de la gran literatura.
Antonio Gala antes de novelista y poeta llenó las salas de los teatros. Jordi Gracia y Domingo Ródenas en su polémica y provocadora Historia de la literatura española. Derrota y restitución de la modernidad (1939-2010), se refieren al autor de Los verdes campos del Edén (1963) como un escritor de éxito “entre un público de gustos poco exigentes”, aserto que, aplicado a un autor de innegables calidades estilísticas que vende más de 100.000 ejemplares de un título, merecería más de un reposo antes de ser puesto en negro sobre blanco en una historia de la literatura. Más adelante lo llaman “popular y burgués” y dramaturgo “fiel a un teatro de lenguaje convencional y mensaje asimilable por una amplia clase media”. De su producción, Gracia y Ródenas destacan Los buenos días perdidos (1972) y mencionan los encontronazos del escritor con la censura con ocasión del estreno ¡Suerte, campeón!, prohibida en 1973, y ¿Por qué corres, Ulises? (1976), en la que los personajes de la Odisea revisan el conservadurismo de la época.
Sin entrar a evaluar en detalle su producción literaria, merecedora sin duda de una mayor estima por parte de la academia por cuanto supo identificar y trasladar al lenguaje literario el universo interior de la mujer, Antonio Gala merecería entrar en el Olimpo de nuestros creadores sólo por ser el guionista y presentador de la mejor serie sobre nuestra literatura que se ha hecho jamás en televisión, Paisaje con figuras. Cada entrega de esta gozada audiovisual, tras el seductor prólogo mirando a cámara de Gala, llevó a los hogares de los españoles entre 1976 y 1985 el legado cultural y literario del Marqués de Santillana, Jorge Manrique, Colón, San Juan de la Cruz, fray Luis de León, Lope de Vega, Quevedo, Jovellanos, Larra, Rosalía de Castro o Machado. Cada episodio fue filmado por cineastas especializados en adaptaciones literarias a la gran pantalla, como Mario Camus –Los santos inocentes–, Josefina Molina –Esquilache–, Antonio José Betancor –Crónica del alba–, Miguel Picazo –La tía Tula– y Carlos Serrano –Las gatas tienen frío–. Es inexplicable que Paisaje con figuras siga sin editarse en DVD, tanto como que la Universidad continúe tirando la obra de Gala por los suelos. El creador de aquellas historias consiguió que espectadores que jamás habían abierto las páginas de El Buscón, asistido a una representación de La dama boba o leído Campos de Castilla supiesen perfectamente de la odisea vital y humana de nuestros clásicos y del porqué están en el canon junto a Homero, Dante o Shakespeare. Si Gala hubiese hecho lo mismo en Los Ángeles o en París, las cosas hubiesen sido bien distintas. Ahora a muy pocos españoles les interesan aquellas divinas palabras de la literatura, mucho menos a los infaustos programadores de la caja tonta.
Gala hubo de padecer la vigilancia del Régimen y durante su charla, salpimentada de ironía y humor, se refirió no sólo a Francisco Franco “Barahúnda”, “aquel imbécil”, sino a los políticos actuales, que han dejado España “hecha una calamidad, que está gobernada mal y en un momento de malestar”. Así, entre muchos consejos al joven auditorio le dio uno especial para bandear esta crisis del demonio: “en cada paso que deis, tenéis que hacer una sola cosa: renovar la ilusión, que nadie os la quite”. Y cerró su intervención con una contundente afirmación que atañe nada menos que al papel del escritor en la sociedad: “Sois imprescindibles para España, voces que se levanten, que representen a otras voces; in articulo mortis os considero imprescindibles para un país que ya no huele a vida”.
Si, como nos dijo el maestro, la esperanza es el camino de algo maravilloso que normalmente no acabamos conociendo, tal vez nosotros no lleguemos a ver esa España nueva en la que la literatura vuelva a ocupar el lugar que los políticos y la desidia social le arrebataron, pero de lo que sí estamos convencidos es de que ese día llegará, el reino de la poesía y de las grandes novelas. Vds. me perdonarán, pero quien esto escribe siempre será adalid de la causa de las letras y de lo indecible, no tan perdida como algunos pretenden. Como le ha sucedido al creador de El manuscrito carmesí (1990) o La pasión turca (1993) no faltarán jamás detractores a los amigos del Arcipreste o de Cernuda, de Garcilaso o de León Felipe, porque son lecturas “de otra época” o “poco prácticas”, dicen ellos.
Para Gala lejos quedan ya las alharacas de la televisión, las portadas de los suplementos y las revistas de libros. “Hoy me pasa el amor de parte a parte. / Temo encontrarte y no reconocerte. / Temo extender la mano y no tocarte. / Temo girar los ojos y no verte. / Temo gritar tu nombre y no nombrarte... / Temo estar caminando por la muerte”, escribe en unos versos que retumban amor. Los temores de Antonio Gala se disiparon, al menos el fin de semana, con el calor humano que todos le brindamos con júbilo en aquel acogedor auditorio. Las lluvias regresan al empezar mayo y, con ellas, tal vez el tiempo de releerlo, de revivirlo más allá de la biología y de los límites de los ciclos que impone nuestra condición mortal. El maestro comienza a levantar el vuelo y a traspasar con las dudas naturales el dintel que separa la vida… de lo desconocido. De que lo seguiremos leyendo y estudiando, Antonio Gala puede estar tranquilo.