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RESEÑA

Fernando Savater: El traspié. Una tarde con Schopenhauer

domingo 19 de mayo de 2013, 16:05h
Fernando Savater: El traspié. Una tarde con Schopenhauer. Anagrama. Barcelona, 2013. 91 páginas. 11,90 €. Libro electrónico: 8,99 €
Fernando Savater ha reescrito una antigua pieza televisiva encargada por Pilar Miró, emitida en 1988 con el título de Un paso en falso y que ahora, tras su reelaboración, pasa a llamarse en su versión definitiva El traspié. El protagonista central de la comedia es uno de los pensadores más asiduamente leídos por Savater, Arthur Schopenhauer. No es la primera vez que el filósofo donostiarra realiza una incursión en el teatro, ni tampoco, obviamente, es la primera comedia que ironiza sobre la figura de un pensador insigne.

En este sentido, El traspié proviene de lo que pudiéramos denominar la “década teatral” de Fernando Savater, iniciada por su primer drama Juliano en Eleusis (1981), continuada por Vente a Sipania (1983) y Último desembarco (1987) y culminada por su Catón (1989), sin que desde entonces apenas hubiera más señales de esa inquietud escénica, en apariencia amortiguada o ya extinguida. En aquella década teatral, el autor de Ética para Amador se mostró como un “dramaturgo por extensión”, es decir, un dramaturgo que recurre al teatro para exponer de un modo ameno y mediante un ejemplo escénico sus ideas ensayísticas, aunque cada una de las piezas acabe por poseer una insospechada consistencia propia. De hecho, el conjunto de estos dramas, visto en su totalidad y con la perspectiva que nos ofrece el tiempo, empieza a adquirir un perfil unitario que sería muy interesante investigar como una dramaturgia dotada de una coherencia interna más sólida de la que en un primer momento pudiera parecer. Todas las piezas de aquella época parecían tener en común una misma exaltación de la capacidad humana para fabricar sueños, proyectar innovaciones y desafíos a lo real, pese al coste de fracaso o de autolimitación que esos ensueños llevan intrínsecamente dentro.

El traspié comparte este leitmotiv que sirve de eje a toda la dramaturgia de Fernado Savater, pero se singulariza por no ser un teatro de tesis, sino un teatro que satiriza al creador de tesis: al filósofo mismo, encarnado aquí por la personalidad de Schopenhauer. Savater sigue así la línea trazada por la primera sátira escénica contra la figura del pensador filosófico inmortalizada desde los orígenes por Aristófanes, con la cruel mofa de Sócrates en su comedia Las nubes.

Sin llegar a la despiadada burla de éste, el autor de La infancia recuperada contrapone el afán de conocimiento teórico del universo en Arthur Schopenhauer -cuya mirada tan elevada le hace ir de trompicón en trompicón- con los hechos concretos de la vida cotidiana. Una tensión entre lo superior y lo prosaico que Savater considera inherente a la existencia de cualquier filósofo con su inevitable carga humorística. Quizá por ello afirma que “la comedia es el género para retratar el empeño filosófico desde sus comienzos”.

Asistimos, pues, a una velada donde Schopenhauer posa y dialoga con la jovencísima escultora Elizabeth Ney, quien talla un busto del anciano pensador para la posteridad. Se suceden diálogos elegantes e ingeniosos, frases brillantes, astutas divagaciones que le permiten expresar sus criterios sobre la religión, el arte, la política, el amor, la fama, la sabiduría. Las inconsecuencias del excelso pensador germano dan comienzo cuando este gran teórico de la misoginia despliega, en realidad, sus reflexiones con el secreto afán de seducir a la joven escultora que perpetúa su fisonomía. La contradicción entre la doctrina y los hechos concretos ofrece aquí su primer cómico traspié, solo el principio de otros muchos posteriores donde se subraya la venganza de las urgencias de lo real frente a las doctrinas abstractas.

Esa sarcástica represalia aumenta considerablemente cuando entra en escena don Rodrigo de Zúñiga, español interesado en traducir las opiniones del maestro sobre el amor, las mujeres y la muerte. Con él se introduce en el apartamento de Schopenhauer la sección más cruda de esa vengadora realidad, en cuanto embajador de un país como España, que les resulta a los contertulios a la vez terrible y sublime. A propósito de averiguar el auténtico pensamiento de un suicida, el personaje español dirige la acción a una hilarante invocación espiritista de Mariano José de Larra, desternillante y escabrosa, disparatada y aleccionadora, donde el traspié del intelecto frente a las trampas de lo real adquiere una monumental mordacidad.

Si en su pieza dramática Último desembarco, Savater planteaba que acceder a la madurez requería una renuncia a la idea de inmortalidad, su Schopenhauer es, entonces, el perenne inmaduro, el vetusto adolescente perseguidor perpetuo de ideas inmortales. Un envenenado por la inagotable ensoñación humana, tan elevada y necesaria como causante de episodios de cáustico humor. Quizá como el envés y el reverso de la propia filosofía, noble en su ambición y perpetuamente vulnerable ante las crudas exigencias del principio de realidad. Una dramática y deliciosa paradoja.

Por Rafael Fuentes
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