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Una generación estúpida

domingo 19 de mayo de 2013, 19:50h
Decir que la culpa es nuestra es solo parte de la verdad pero desde luego es verdad en buena parte. Son tiempos de cazadores y francotiradores. Tiempos de buscar culpables bajo las piedras y remover la piedra solo para tirarles una más grande. Yo eso lo entiendo porque estoy tan cabreado como cualquiera y quiero que alguien pague, claro que sí, sea Blesa o sea Ortega Cano, que ya puestos parece que da lo mismo.

A lo largo de la semana pasada se celebró el segundo aniversario del 15-M y yo me atreví a escribir esto en mi blog: “Aquello era de todo menos revolucionario. La mayoría queríamos volver a lo de antes, a nuestra vida feliz llena de promesas y recompensas: estudio-carrera-trabajo-sueldo digno-matrimonio-primera casa-primer hijo- segundo hijo-segunda casa- jubilación dorada en Marina D´or, ciudad de vacaciones”. En efecto, los que nos reunimos en Sol aquellos días íbamos desde los antisistema más furibundos hasta los burgueses –o más bien hijos de burgueses- más preocupados por la pérdida evidente de su estatus.

En cualquier caso fue una excelente terapia de grupo porque estaba claro que todos, los unos y los otros, aunque mucho más nosotros, los que veinte años atrás podríamos haber sido “niños de papá” y acabamos de becarios precarios o carne de ERE, estábamos bastante perdidos. No solo indignados, que también, supongo, sino perdidos, porque en ningún momento hemos sabido manejarnos en la vida y es bien triste que uno tenga que escribir esto con 36 años.

Mi generación, y acotemos a los nacidos en los 70 y principios de los 80, ha sido una generación terrible, una generación que se ha plegado a todo y lo ha hecho sin levantar la voz ni una vez no fuera a molestar a alguien, llegando al ridículo de llamar “hada de madrina y luz de la oportunidad” a la ministra del paro a ver si nos da un carguito. Sé que se ha puesto de moda llamarnos “llorones” pero teniendo en cuenta que salimos al mercado de trabajo en los 90 y estamos en 2013, tampoco se nos puede acusar de falta de paciencia. Nos comimos las ETT desde el principio, nos comimos los sueldos basura, las becas que no eran sino trabajos gratuitos encubiertos, los contratos por dos meses o tres meses en profesiones liberales que normalmente te aseguraban una tranquilidad y una posibilidad de planificación de la vida…

La nuestra ha sido una generación estúpida, de decir “sí a todo” como el que se fía del instalador de una aplicación sin sospechar en virus ni en troyanos. Hemos vivido en una burbuja que reflejaba con maestría Aleix Saló en su libro “Simiocracia”: la burbuja de creerse que si trabajábamos gratis, que si aprendíamos tres o cuatro idiomas, que si no protestábamos… el futuro sería mejor. Que la resignación en el fondo era una inversión, cosa que se ha demostrado falsa. Nuestra resignación –y aquí no pretendo ponerme revolucionario, insisto este artículo es muy conservador, este artículo solo dice: “Quiero la vida de mis padres”- ha hecho que esas condiciones, completamente ajenas a la concepción original del liberalismo y propia de chantajistas y trileros, se haya impuesto en todos lados y que sea la herencia que recibirá y contra la que tendrá que luchar la siguiente generación. Si les queda algo.

Y es que uno de los peligros que afronta la sociedad española es la fractura generacional. Estamos muy cerca. Lo que tarden los que se han ido a poner copas por media Europa en volver. Nuestra generación, o la gran mayoría, y en ella incluyo al mejor físico joven de Europa y a la chica que colaboró en la investigación del proyecto de clonación, no tiene ingresos suficientes para mantenerse por sí misma. Mucho menos para formar una familia. El apoyo de nuestros padres y abuelos desaparecerá tarde o temprano porque el chicle no puede estirarse toda la vida y entonces, ¿qué quedará?

Los tiburones.

Considerar esta situación como cosa de “antisistemas” o apelar al discurso de “es que no trabajan porque no quieren” o, como hace Cospedal, confiar en que “los españoles quieren sacar el país adelante trabajando y no protestando en la calle” olvida el hecho palmario de que aunque de verdad quisieran, ya no pueden. Que han podido en condiciones miserables durante años, contratos a media jornada, cotizaciones falseadas, pero ahora ya no pueden. Buena parte de los españoles, que no estamos colocados en una asesoría de un ayuntamiento o una diputación o en la presidencia de las juventudes del partido de turno, no podemos, y mal estaría que encima nos señalen en público como irresponsables. Porque ya fuimos suficientemente irresponsables como para colocar la cabeza entre los dientes de gente que no era ni de izquierdas ni de derechas sino ladrones. Y ahora, claro, nos quejamos, porque la otra alternativa es pensar en el futuro, un futuro en otro país, un futuro sin jubilación, un futuro en el que los servicios serán para cualquiera menos para nosotros, que, si uno lo piensa bien, no nos los ganamos nunca por el mero hecho de no saber decir nunca que no.
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