En los últimos tiempos, Israel, además del odio enconado de los palestinos, debe enfrentarse a otro problema dentro de sus fronteras. Los judíos ultraortodoxos o jaredíes, una rama que no reconoce la autoridad del Gobierno de Benjamin Netanyahu, han salido a la calle para protestar, a veces de forma violenta, en defensa de sus privilegios. ¿Quiénes son? ¿Por qué reniegan del estado que les acoge? ¿Cuáles son sus tradiciones?
Son fáciles de identificar en todo el mundo por su vestimenta negra, sus sombreros de ala ancha y sus tirabuzones. Reniegan de la influencia occidental por su, según ellos, perversión de la fe y se autoexcluyen de los barrios en los que se establecen para formar sus propias comunidades, en las que imperan sus tradiciones y su particular forma de vivir.
Son los
judíos ultraortodoxos o jaredíes, defensores de los principios más férreos de la Torá, los cinco primeros libros de la Biblia o Pentateuco, y el Talmud, sus dos textos sagrados, y que han ido ganando peso en Israel, donde ya son el 10 por ciento de la población, unas 790.000 personas, y gozan de representación parlamentaria gracias a sus propias formaciones políticas.
Desde hace años, los jaredíes cuentan con presencia en el Knesset, el parlamento nacional, gracias a dos formaciones,
Shas y Judaísmo y
Torá Unidos, hoy ambas en la oposición y excluidas de la coalición de Gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu, quien les acusa de "intransigentes", por segunda vez en toda la historia de Israel (la primera fue durante el Ejecutivo de Ariel Sharon entre 2001 y 2006).
El origen de la versión más conservadora del judaísmo, con siglos de antigüedad y casi
14 millones de fieles en todo el mundo, es relativamente reciente. A mediados del siglo XIX, los avances sociales, políticos y económicos en Europa dieron pie a un enconado debate en el seno del judaísmo, que carece de una autoridad religiosa suprema.
Así, el credo se escindió en dos corrientes: la modernista, cuyos rabinos promulgaban la coexistencia pacífica y productiva entre la cultura occidental y las tradiciones hebreas, y la conservadora, que renegaba de toda influencia exterior por considerarla una perversión de los principios de la fe. Esta segunda variante tuvo especial acogida en Alemania y Polonia y poco a poco fue extendiéndose a los países del este del Viejo Continente. Fue en este momento cuando se les empezó a conocer como jaredíes (literalmente,
"Los que temen a Dios").

A medida que el movimiento fue cobrando fuerza a comienzos del siglo XX, tres fueron las ramas que destacaron entre los ultraortodoxos, aunque las denominaciones locales se cuentan por decenas: los lituanos o
mitnagdíes, más tradicionales, los orientales o
mizrahíes y los europeos o
jasidíes.
La persecución y posterior exterminio de seis millones de judíos a manos de los nazis hizo que decenas de miles de jaredíes se exiliaran, gracias a la 'tfutzot' (diáspora), en el recién creado estado de
Israel, en la
URSS y en
Estados Unidos. En la actualidad, se calcula que hay
1,3 millones de judíos ultraortodoxos repartidos por todo el mundo, siendo Oriente Próximo donde son más numerosos, pero con una importante presencia también en Norteamérica, Reino Unido, Australia, Francia, Países Bajos y Sudáfrica.
En nuestro país, según fuentes de la embajada hebrea en Madrid, "su presencia es testimonial en el mejor de los casos porque en España el judaísmo es, sobre todo, de
origen sefardí, mientras que los ultraortodoxos jaredíes son asquenazíes".
¿Israel? Una ofensaLa interpretación que los jaredíes hacen de sus textos sagrados les ha llevado a enfrentarse en numerosas ocasiones al Gobierno israelí, al que no reconocen puesto que para ellos el poder sólo emana de lo recogido en la Torá. Según sus creencias, la vida en Tierra Santa de los judíos es legítima, pero cualquier iniciativa humana de crear una nación hebrea es una ofensa a Dios. De hecho, muchos consideran a Israel "territorio palestino ocupado".

Tal es la complicada relación entre el Ejecutivo hebreo y los líderes ultraortodoxos que uno de sus rabinos más radicales ya fallecido,
Mosché Hirsch, llegó a reunirse con Yaser Arafat, fue nombrado "enviado especial para asuntos judaicos" por la Autoridad Nacional Palestina y mandó varias delegaciones diplomáticas a Irán para entablar conversaciones con el régimen de los ayatolás, a pesar de que estos quieren, y así lo han declarado públicamente en varias ocasiones, "borrar" a Israel del mapa. Pero puede que el episodio más polémico de Hirsch fue cuando afirmó que
el holocausto nazi había sido obra de un designio divino, motivo por el cual fue repudiado por el resto de líderes judíos.
Sin embargo, no todos los ultraortodoxos comparten la visión radical de Hirsch, líder del movimiento radical Neturei Karta (en arameo, 'Los Guardianes de la Ciudad'), que cuenta con unos 10.000 fieles en todo el mundo, y la mayoría respeta al Gobierno con una
opinión crítica respecto a él.
Unas tradiciones radicalesLos principios de los jaradíes son férreos y, para los que no comulgan con ellos, difíciles de entender. Rechazan cualquier influencia moderna por considerar que pervierten el espíritu judaico. De este modo, tienen
prohibido ver la televisión,
navegar por Internet, aunque curiosamente las páginas web y chats ultraortodoxos tienen un gran tráfico de usuarios, y
leer cualquier periódico que no sea editado por una de sus autoridades religiosas. Sin embargo, viajar en avión, tener ordenador o teléfono móvil o conducir un coche sí está permitido.
Su vida se rige en torno a dos principios fundamentales: lo que dice la Torá ('Daat Torah') y lo que dicen los sabios ('Emunat Jajamin'). Es este binomio el que dirige el día a día de todo jaredí, desde que nace hasta que muere. De ellos se derivan los
613 'mitzvot' o mandatos, que estipulan desde cómo comer hasta cómo atarse los zapatos.
Su estructura social funciona para y por la familia. Se casan jóvenes mediante
matrimonios pactados ('shidduch') por sus líderes religiosos y su índice de natalidad se sitúa alrededor de los ocho hijos por pareja, pues uno de sus principales mandatos es "creced y multiplicaos", recogido en el libro del Génesis.
A diferencia de otros credos mayoritarios, la mujer cuenta con un papel protagonista. Como ejemplo, basta señalar que las féminas pueden rezar en solitario puesto que, según sus creencias, están en contacto directo con Dios, mientras que sus compañeros varones necesitan hacerlo al menos en grupos de diez individuos para alcanzar el mismo grado de conexión con lo divino.
Además, ellas son las que sacan la familia adelante, pues son las únicas autorizadas a tener un trabajo, mientras que
los hombres se dedican de forma exclusiva a estudiar los textos sagrados a lo largo de todo el día. El problema reside en que no pueden trabajar en negocios o empresas mixtas y, debido a las restricciones educativas de su comunidad, la preparación académica es muy limitada.
Así, son las mujeres las que generan todos los ingresos familiares, que rara vez logran cubrir sus necesidades. En consecuencia, un reciente estudio del Gobierno israelí señalaba que
el 60 por ciento de los ultraortodoxos vive sumido en la pobreza "por elección", como se dice en el país sionista.
Desde jóvenes, los jaredíes se educan en escuelas privadas, aunque subvencionadas por el Estado, de sexos separados y
su plan educativo está adaptado a sus creencias. Las clases se centran sobre todo en los textos sagrados y en el aprendizaje del hebreo, mientras que las ciencias están casi excluidas de los programas lectivos, ya que rechazan de pleno, por ejemplo, el evolucionismo. Por otro lado, renegar de la fe es prácticamente abocar al resto de la familia al escarnio público y son pocos los que se atreven a dar el paso.
Aunque en los últimos años, fruto de las dificultades económicas de muchas familias, los hombres jaredíes se han incorporado, con el visto bueno de algunos sabios de corte más aperturista, al mercado de trabajo, en especial al sector de los diamantes, la falta de cualificación hace que sea complicado encontrar un médico, un arquitecto o un abogado ultraortodoxo.
Importantes privilegiosEs precisamente esta total dedicación al estudio de los textos sagrados lo que ha levantado ampollas en la sociedad israelí. Hasta hoy, los jaredíes gozan de un
subsidio de desempleo indefinido "variable pero inferior a los 1.000 euros mensuales", según fuentes diplomáticas hebreas, mientras consagren su vida a su fe, lo que cuesta unos
1.750 millones de euros año al contribuyente hebreo.
Pero los beneficios en materia económica no terminan ahí. Por el hecho de ser jaredíes, y en un estatus sólo aplicado a las familias numerosas, el Estado dona grandes sumas de dinero a sus instituciones, tienen una
carga impositiva significativamente menor (se les reduce un 10 por ciento en los impuestos municipales por cada hijo), cuentan con ayudas por cada recién nacido (unos 35 euros mensuales por cabeza hasta el cuarto descendiente y a partir de ahí la cifra sube a 100 euros) y disfrutan de
beneficios fiscales a la hora de comprar una vivienda, ya que la legislación hebrea favorece a aquellas parejas que quieren adquirir su primera casa y para ello se tiene en cuenta el número de vástagos y de hermanos de ambos cónyuges.
Además, hasta el pasado mes de febrero, cuando el Tribunal Supremo la tachó de inconstitucional, la llamada
Ley Tal, promulgada en 2002, eximía a todos los jóvenes ultraortodoxos del servicio militar obligatorio, de 36 meses en el caso de los hombres y de 24 en el de las mujeres. Cuando los jóvenes cumplen los 22 años pueden elegir entre seguir estudiando o pasar por el Ejército, una de las instituciones más prestigiosas en Israel y, sin embargo, demonizada por los jaredíes.
Otro de los grandes privilegios es la subvención que reciben 'por sus años en el Ejército', aunque no pasen ni por el entrenamiento ni por el periodo obligatorio. Así, cada uno de sus jóvenes recibe
una ayuda de entre 1.000 y 2.000 euros "para empezar su vida".
Estos privilegios tienen su origen en la creación del estado de Israel, en 1948. Entonces, el fundador de la patria hebrea,
David Ben Gurion, blindó económicamente a la comunidad jaredí teniendo en cuenta su limitado número. Sin embargo, su explosión demográfica (se calcula que en 2050 representarán el 30 por ciento de la población israelí) y el bloqueo político de sus partidos en el Knesset ha permitido que estas prebendas se mantengan intocables. El lastre económico que suponen para el resto de israelíes ha llevado a la sociedad hebrea a plantearse este trato de favor y ha dado pie a un
encendido debate que ha llegado hasta las calles provocando graves incidentes.
Difícil coexistenciaAunque se consideran un
pueblo enemigo de la violencia, lo cierto es que en los últimos tiempos los ultraortodoxos son más que un quebradero de cabeza para las fuerzas del orden israelíes. Sus periódicas protestas en defensa de sus privilegios y la radicalización de algunos rabinos jaredíes están detrás de enfrentamientos con la Policía e incluso con otras comunidades judías.
Según su forma de pensar, todo seguidor de la Torá es responsable de los actos y del comportamiento de sus compañeros de credo. Así, los jaredíes, que defienden ser los únicos defensores de la verdad de Dios, recriminan a los laicos o a los hebreos moderados su falta de compromiso con la religión.
Hasta tal punto ha llegado su radicalización que se han empezado a registrar
agresiones a mujeres e incluso niñas que no respetan su estricta forma de vestir o no viajan en la parte delantera de los autobuses, como ellos promulgan; a activistas homosexuales, a los que consideran víctimas de la perversión sexual de la modernidad; o incluso a coches particulares que circulen en sábado, su día sagrado.
En sus territorios rige su propia ley. En Israel cuentan con barrios enteros para ellos, como el de
Mea Shearim en Jerusalén o el de
Bnei Brak en Tel Aviv, en los que la entrada a foráneos está muy restringida, las noticias se conocen mediante carteles en las paredes y los comercios son exclusivos para jaredíes.
Sus tradiciones han llegado a cambiar el panorama incluso de ciudades enteras. En la conservadora Jerusalén, donde los ultraortodoxos representan la mitad de la población, las agencias no utilizan a mujeres en sus carteles publicitarios para no herir sensibilidades y muchas emisoras de radio vetan a cantantes femeninas por la misma razón.
Este conservadurismo ha llegado incluso a extremos cómicos, como cuando en 2009 un diario jaredí publicó la foto del recién elegido equipo de Gobierno y sustituyó los rostros de dos ministras por los de dos hombres para no faltar a sus principios religiosos.
El Ejecutivo de Netanyahu está dispuesto a enfrentarse a los ultraortodoxos para ganarse al resto de la población. Primero excluyó a sus representantes políticos del Gabinete y ahora se busca, por medio de los tribunales,
acabar con sus regímenes especiales. Miles de jaredíes están dispuestos a luchar por un trato que ellos consideran justo como verdaderos defensores de la fe judaica y, a pesar de rechazar la violencia, en Oriente Próximo pocas disputas acaban sin sangre.