Un libro para nuestro tiempo
martes 21 de mayo de 2013, 20:06h
Aunque es un libro entretenido y brillante, no diría que “La mentira os hará libres” de Fernado Vallespín sea exactamente un libro de fácil lectura: contiene diversas capas, el autor confiesa que consiste “en un constante zarandeo, de un tema a otro”, que hay que ir descubriendo
Es un libro que reflexiona, en primer lugar, sobre las relaciones de la democracia y la verdad que son algo equívocas, frente a lo que pueda parecer a primera vista, pues todos identificaríamos a las democracias como sistemas veraces, frente a las dictaduras, que serían sistemas mendaces. Lo cierto es que las democracias mienten y manipulan o en las democracias se miente y se manipula. No se puede establecer la idea de que Bélgica invadiese Alemania en la primera guerra mundial o que no existiese el Holocausto pero, por ejemplo en Francia o los Estados Unidos, respectivamente, no se habla con toda claridad sobre la represión argelina o determinados aspectos de la conducta internacional americana.
Aunque el plano de la pugna de la democracia con la verdad es más profundo. La democracia es un régimen de opinión, en el que la mayoría decide tras una discusión acerca de lo que conviene a la comunidad. Si el criterio determinante en la política fuese la verdad , no tendría sentido el debate entre varias opciones ni la participación de todos, pues la verdad no se cuestiona ni depende de su reconocimiento por la mayoría. A la democracia, entonces, le es consustancial el escepticismo relativista: lo que convenga a la comunidad es discutible, depende de diferentes ópticas, de los valores que se contrasten. Precisamente la tolerancia como clima espiritual propio de los sistemas democráticos resulta del relativismo epistemológico; que está muy cercano a otro rasgo del sistema: la participación de todos en igualdad de condiciones. Lo opinable de las decisiones justifica que todos, y no sólo los expertos o los sabios, puedan decidir.
En segundo lugar, lo que yo veo en el libro de Fernando Vallespín es una descripción de los problemas de nuestra sociedad democrática que tienen que ver con la decepción ciudadana ante el desestimiento del sistema que se aparta de su modelo simbólico como mecanismo de solución de los problemas de la comunidad, limitándose a una representación litúrgica o a un funcionamiento marginal y expresivo, claramente autorefrencial y egotista. Sucede simplemente que el Estado no dispone de mecanismos con que hacer frente a la crisis económica. Esta tiene un origen que nos sobrepasa, y las decisiones frente a ella no podemos tomarlas con verdadera autonomía. Podemos hablar de impotencia claramente: pero si el Estado no puede hacer nada en el sistema globalizado en que vivimos, no tiene nada de extraño que los ciudadanos no acepten la integración política actual y tampoco participar en las instituciones de ese orden político inútil. La situación griega es, en ese sentido paradigmática, resaltándose la circunstancia de que sea Grecia, el origen del modelo democrático, hoy el ejemplo antitético de sistema democratico: ciudadanos convocados a votar en una elecciones en las que el Parlamento elegido realmente no podía decidir nada frente a las medidas de las autoridades del euro.
Un tercer plano de interés del libro tiene que ver con el estudio que se afronta de la opinión pública, como elemento fundamental en una democracia. Según Vallespín el debate político actual se estaría haciendo cada vez más retórico o artificial especialmente en la medida en que del mismo se hurta la discusión sobre los verdaderos problemas de la comunidad. La atención de los políticos se dirige a lo periférico, proponiendo reformas sobre ámbitos ajenos a la economía, o moralizando determinados asuntos: la política expresiva y simbólica aparece así como el mecanismo más eficaz de la ciudadanía. Por eso los políticos quedan obligados a entrar en el entretenimiento político, aunque no todo sea negativo en el proceso. La televización de la política, me parece que la expresión es de Jiménez de Parga, pero podría ser de Sartori, “sirve para popularizar y extender valores y significados que si no serían del consumo exclusivo de determinadas élites sociales.”.
Son también sumamente sugerentes las páginas que Vallespín dedica a Internet, imprescindible ya en la política del futuro. Internet nos suministra información imposible sin la red, y además al momento. Internet es un instrumento capital para la movilización (demostrado especialmente en los episodios de las revoluciones árabes) que permite nuestra incorporación a estructuras comunitarias que no son gesellshaft ni gemeinshaft , pero que amplían nuestras referencias de integración Otra cosa es su aportación a la discusión política, pues Internet fragmenta la comunidad política, antes que unificarla, y fomenta nuestra faceta de superficialidad exhibicionista: “Al final, la vida tal y como la veníamos entendiendo es secundaria, lo primero y fundamental es comunicarla.Ya no hay personas que se encuentran o se citan y se cuentan sus cosas, sino individuos en red que viven para comunicar”.
Y finalmente en el libro hay fragmentos especialmente felices que los encuentra uno esparcidos por todo el volumen. Por ejemplo referencias afortunadas a pensadores de cabecera, comenzando claro por Hannah Arendt, cuyos estudios sobre la mentira en política Vallespín considera capitales, o Habermas y su tratamiento de la democracia discursiva como el espacio debido para la razón pública. Y otros autores bien traídos, así Luhmann o Schumpeter , Rorty o Rafael del Aguila.
Hay un relato, verdaderamente bien contado, del mito de la democracia en el Protágoras, con los dioses distribuyendo entre los humanos diversos dones de manera desigual, menos la, dice Fernando Vallespín, competencia política, ese juicio de sentido común sobre lo político, que se basa en las convicciones democráticas de la polis, que no puede imaginarse sin la afirmación de la sustancial igualdad de todos los hombres, capaces de comprender y decidir sobre lo que conviene a la ciudad. Son interesantes las páginas dedicadas al intelectual, al experto, y al controlador de los expertos o gurú, el metatecnócrata, capaz de apabullar y dejar sin espacio al pensador tradicional, que apenas se atreve a meter baza en el calor de las discusiones técnicas, aunque sospeche que se está colando de matute algún material no fiable.
Me ha gustado especialmente el apartado sobre el narcisismo de la opinión propia: somos irreductibles a los argumentos racionales del contrario, porque endurecemos nuestras opiniones emocionalmente. Nuestra opinión deviene “nuestra propiedad, un componente de nuestra persona, una parte de nuestro yo, de tal forma que todo lo que parezca amenazarla o debilitarla se percibe como un daño propio.” Es pertinente la referencia a Sunstein que confirma la determinación del espacio político en la actualidad según la estructura de la lógica de los enclaves deliberativos, que fomenta la polarización y exageración, y que no pretende afirmar un aspecto del debate sino confirmar y enardecer a los seguidores con la discusión escindida.
Un libro por tanto que supone una acertada contribución, con frecuencia apasionante, desde la óptica de la teoría política, a la clarificación de algunos aspectos nodales de nuestra sistema democrático.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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