El diario de un seductor
viernes 24 de mayo de 2013, 19:59h
En casa de mis padres había una librería en el fondo del pasillo. Acumulaba los que no cabían en las librerías del salón, sobre todo libros de bolsillo de variada procedencia. Mientras que en los del salón había cierto orden, los del pasillo estaban desordenados. Con el tiempo se fueron apilando libros horizontales sobre libros verticales, de forma que toda la pared estaba forrada con libros encajados en todas direcciones. La mayoría de los libros los compraba y leía mi madre, la lectora de la casa, y luego alguno de los cinco hermanos. Como mucho, un libro podía recibir dos, tres lecturas, lo que en general no era demasiado para él. Sin embargo, entre esos doscientos o trescientos libros, dos envejecieron con mucha mayor rapidez, hasta el punto de desencolarse las páginas y sobresalir sueltas por arriba y por abajo. Eran dos libros deshechos a fuerza de lecturas, que sin embrago siempre estaban allí, desencuadernados, esperando la mano que los cogiera. Una mano invisible porque nunca vi a nadie leerlos. Aunque yo sí los leí.
Los dos libros más leídos de la librería y de toda la casa eran el “Kamasutra” y “El diario de un seductor”, de Soren Kierkegaard. Y, seguramente, además de ser los dos más leídos, los más incomprendidos. No sé si ustedes han leído el Kamasutra, pero aquella versión, sin notas ni introducción (o quizá con una introducción que yo al menos me saltaba) no hacía más que hablar del lingam y el yoni. Sí, nada de las palabras prohibidas que seguramente buscábamos; nada de imágenes desveladoras de ritos lejanos y arcanos. Lingam y yoni. Aquello tenía poco morbo y escasa instrucción mistérica. Pero a pesar de ello, los hermanos y hermanas nos aplicábamos en su lectura, solos, a escondidas, aprovechando horas perdidas o la soledad del cuarto de baño, buscando pistas. Era el Kamasutra, ¿no? ¿Quién no se iba a entregar a su lectura con tesón y privado entusiasmo?
El otro ya he dicho que era “El diario de un seductor”, de Soren Kierkegaard, de la colección Austral. En el salón estaba su hermano “El concepto de la angustia”, también con cierto uso, pero mucho menos que las confesiones del seductor. Del seductor. Porque, me pregunto, ¿qué buscábamos en ese caso? ¿Las confesiones de un seductor? ¿Los secretos de un amante confeso? ¿Lecciones, tanto mis hermanas como nosotros?
No sé si han leído “El diario de un seductor” y se han dejado llevar por la voz de su narrador Johannes, pero es un libro raro, como todos los de Kierkegaard. El mismo Kierkegaard, de quien se cumple este año el 200 aniversario de su nacimiento, era un hombre raro. Danés, con una pierna más corta que otra, usó más de una docena de pseudónimos. Entre ellos, Johannes de Silentio, A, Victor Eremita y Anti-Climacus. Tras escribir “Temor y temblor” supo que alcanzaría la gloria y así lo proclamó. Se enamoró de una mujer a la que dejó aduciendo melancolía, y se pasó toda la vida sufriendo por ese abandono, aunque en su diario parece conocer muy bien la psicología del hombre que disfruta con los prolegómenos de la conquista pero rechaza la presa una vez obtenida. Fue filósofo, diarista, crítico literario, novelista de recursos inciertos, humorista, teólogo o cuasi-místico, y escritor de breves artículos. Sus diarios están llenos de afirmaciones en forma de aforismo, como la que tanto gustaba a Blake: “Vivimos hacia delante pero comprendemos hacia atrás”. Se jactaba de tener un estilo oscuro, casi incomprensible. De hecho, decía que sus críticos no comprendían ni sus intentos de responder a los que le acusaban de incomprensible. “Lo difícil alimenta el tesón de los que más valen”.
Fue querido por Wittgenstein, y como él se gastó su dinero en autoeditarse gran parte de su obra. Y, como él, rechazó la fortuna familiar. Wittgenstein, con una renuncia formal; Kierkegaard, gastándosela. Su padre, un hombre tan religioso que pensaba que ninguno de sus hijos superaría la edad de Cristo debido a sus juramentos (y con algo de razón ya que solo dos lo hicieron), le otorgó una herencia que según algún biógrafo Soren dilapidó “inexplicablemente”. A su muerte no dejó nada, excepto sus palabras. Su modernidad, como antes decía, viene entre muchas cosas del dibujo del don Juan que se complace en el cortejo pero que una vez ganado el amor entra en un mundo de temor y temblor, de renuncia y duda. De angustia. De ahí le viene su segundo cimiento en nuestra cotidianeidad: de encararse con un concepto que luego sería la piedra fundacional de Sartre y el existencialismo, de la psicología freudiana, de Lacan incluso y los postestructuralistas. Y también de Woody Allen. La angustia. Kierkegaard, anticipa las inseguridades, los excesos, la tendencia al absurdo y la fe en el ser humano subyacente en todas las obras de Allen. La fe en el ser humano angustiado. Risiblemente angustiado, tiernamente angustiado.
Me gustaría poder revivir esas horas de lecturas secretas: el Kamasutra, El diario de un seductor… Revivirlas con la incomprensión de aquel momento, con el asombro ante lo adulto, con aquella sospecha de que la realidad tiene pliegues en los que se esconden cosas valiosas. Tesoros. Acaba de salir un libro “El filósofo impertinente”, en la editorial Trotta sobre Kierkegaard de Carlos Goñi, y su lectura quizá ayude a recuperar algo de esos ecos. Quién sabe. O la lectura de “Temor y temblor”, o del propio “Diario de un seductor”. O mejor ver la película de sus sueños con Woody. Porque como el mismo Soren (que es un apodo para el diablo en danés) Kierkegaard (“campo de tumbas” en la misma lengua) afirmó: “Cuando tienes dos opciones ante ti, da igual cuál escojas: siempre te arrepentirás”.