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Un siglo entre dos guerras: reflexiones en torno al 2 de mayo

jueves 01 de mayo de 2008, 21:16h
Si Goya hubiera decidido pintar los rostros de los soldados franceses que fusilan a los españoles en el célebre cuadro que evoca los ajusticiamientos del tres de mayo -se pregunta el brillante historiador Hugh Thomas-, ¿habría resistido la tentación de pintarlos como “soldados de la razón”?

La pregunta no sólo no es ociosa sino que resulta bastante incómoda. Era Goya un ilustrado, quizá un afrancesado con amigos influyentes que servían en la corte de José I. Pero también es probablemente verdad que al día siguiente de los fusilamientos, Goya comenzó a trabajar en sus desastres de la guerra y a pensar en los dos grandes cuadros sobre los sucesos del dos y tres de mayo cuyo centenario ahora conmemoramos.

La guerra de la independencia, fue, como su nombre indica y quiere la versión tradicional, una guerra contra el invasor francés, pero fue acaso algo más y sobre todo, se desarrolló en tales circunstancias políticas, sociales y de tránsito histórico, que hacen de ella un fenómeno complejo. Lo que “leemos” en los sucesos de aquellos días de mayo es la pujanza del pueblo eterno con su furia y su desesperación, su ignorancia y su vitalidad en diálogo con los sables y fusiles de la Revolución de las Luces que encarnaba el soldado napoleónico, enmarcado por el silencio de las minorías españolas -de los generales, de los consejeros de Estado, de los validos, de los prelados. Vemos que donde estaba la vida no estaba la razón.

Y así empezó nuestro siglo XIX con un enfrentamiento complejo y una ausencia que era el preludio de una división de divisiones: los nobles y el pueblo, los ilustrados y la Inquisición, los guerrilleros y los liberales, los curas y los librepensadores, las Cortes de Cádiz y la Corte de Fernando, Francia e Inglaterra, en fin, los “majos” y los “afrancesados”.

Acaso esta primera guerra del siglo XIX fue la matriz de todas las guerras españolas de un siglo largo que terminó con la última y más sangrienta, la más sustancial -ya hubo que llamarla por su nombre, “civil”. Fue, en efecto un siglo largo el que comienza en 1808 y termina en 1939, un siglo de guerras civiles ora expresas, ora soterradas, que con algunos intervalos, como fue el de la Restauración, se mantuvo fiel a un único argumento. De los muchos nombres que podríamos darle, me parece el más acertado el de particularismo, para decirlo con el término que acuñó Ortega y que sigue valiendo hoy para describir una especie de tendencia profunda de la política española: particularizarse, dividirse, oponerse, enfrentarse, constituirse en facción... en suma, cobrar identidad desde el reflejo de la propia mirada en la mirada negadora del otro. Pero no es posible olvidar que fue también la guerra de la independencia el primer momento de afirmación de los ideales liberales que prenderían en la imaginación europea y ayudarían a seguir soñando con un mundo mejor. El grito liberal lo dieron en 1812 las Cortes de Cádiz, reunidas en una iglesia y resistiendo al invasor francés.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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