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Guerra santa en Londonistán

lunes 27 de mayo de 2013, 20:24h
El reciente asesinato de Londres, con alevosía, ensañamiento y, probablemente, premeditación ha causado el consiguiente horror. También el enardecimiento de aquellos para cuya aprobación estaba pensado. De eso se ha dado menos cuenta (o ninguna cuenta) en los medios convencionales, pero los circuitos de webs islamo-supremacistas lo han jaleado como una victoria y una lección a “los infieles”, o sea la mayor parte de la humanidad. Pese a la discreción de la policía británica han trascendido datos suficientes sobre los autores, presuntos, claro, aunque en forma alguna hubieran éstos procurado ocultar su responsabilidad y, por el contrario, se jactasen de su acción del modo que tanta impresión ha causado porque el alarde entraba en su intención tanto como matar. Esto último es uno de los datos que hacen menos explicable la necia disputa sobre si nos amenazan los galgos o los podencos que se ha suscitado respecto a lo ocurrido.

Ante lo repulsivo del hecho con sus circunstancias, y de la categórica vinculación del mismo con el islamismo por boca de los homicidas, las brigadas para control de daños del dogma de la corrección política se han empleado a fondo desde el primer momento. Y con eficacia; por ejemplo oyendo a Obama, que viene ya bien entrenado de cuando el atentado de Boston, se podría pensar que los vulnerarios acababan de llegar del planeta Ummo: con tanto primor habló del asunto sin mencionar un solo rasgo relativo a sus características. Y Cameron no dejó de incluir un trabajado párrafo sobre exégesis coránica, como si cualquiera no supiese a estas alturas que entre las primeras victimas del fanatismo islámico, justo detrás de las minorías cristianas, están los propios musulmanes de los países en los que está arraigado. Naturalmente no faltaron los sedicentes ecuánimes con aquello de que esas cosas están muy mal pero que los occidentales las provocamos y en el fondo nos las merecemos, que es como el discurso islamo-supremacista sin azalás e invocaciones al Profeta. Lo nuevo ha sido si se trata o no de terrorismo.

Al no haber habido explosivos ni múltiples víctimas parece que algunos piensan y quieren hacer pensar que terroristas armados que matan más o menos motu proprio son otra cosa. Bizantinismo puro, porque es como volver a los orígenes de esta manera de tomarse la justicia que uno quiere por propia mano, buscando réditos políticos y sobrecogiendo a la población para lograr su atonía. Los carbonarios y los nihilistas, los Orsini y los Nechaiev, alumbraron en su momento exaltados solitarios dispuestos a matar, muchas veces con medios rudimentarios. Y el puñal estuvo desde el principio en la simbología de las sectas conspirativas que incubaron el fenómeno terrorista en la primera mitad del siglo XIX. De manera que no es cuestión instrumental, sino más bien intrínseca a lo que el terrorista se propone y el modo en que se concibe a sí mismo como verdugo y libertador. A cómo se arroga la facultad de disponer de la vida de otro sin reservas morales.

Por eso lo más digno de atención en el crimen de Londres es seguramente otra cosa, lo que revela sobre Londonistán por usar el término que popularizó hace unos años con el título de su libro Melanie Phillis. Lo conocido sobre los homicidas es, pese a su parquedad, muy elocuente: jóvenes islamizados, de al menos segunda generación de emigrantes, escolarizados y beneficiarios de todas las prestaciones que el Estado de Bienestar pone a su alcance. Como los hermanos chechenos de Boston, y como el francés de origen argelino que mató en Toulouse el año pasado. Y, sin que sea lo mismo pero sin dejar de estar relacionado, como la mayor parte de los jóvenes africanos y musulmanes que han protagonizado serios tumultos en Estocolmo o Malmoe estos días. Es decir, secuelas y testimonios de lo que Phillis, y otros escritores de su misma trayectoria vital y política como Andrew Anthony, ponía de manifiesto: el fracaso global del multiculturalismo y los efectos corrosivos del relativismo cultural. La misma Phillis, hija de emigrantes polacos judíos llegados a Inglaterra en los años de 1950, es ejemplo de que la plena integración no es una quimera ni un lastre. Y por compleja que sea la cuestión y lo muy peliagudo de si las políticas de protección social no estarán generando lo que se suponía iban a evitar, va a ser hora de tomárselo en serio porque parece que las orientaciones hasta aquí seguidas más fomentan la diferencia y la incomprensión que otra cosa. Es sumamente ilustrativo cómo el apuñalador de Londres que habló a la cámara que le grababa usaba el “nosotros” y el “vosotros” en su perorata. “Nosotros” hacia referencia a sociedades con las que poco contacto real ha tenido, “vosotros” a la sociedad británica en la que ha crecido y de la que ha recibido oportunidades. Por eso en alguna frase el “vosotros” también le incluye como “nosotros”. No se trata, evidentemente, de predicar una conexión mecánica y estólida entre el fiasco del multiculturalismo y la barbarie terrorista; sólo de pensar sin cortapisas cómo neutralizar mejor lo que amaga; sean galgos o podencos.
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