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Dalí, sí, pero sin bigotes

martes 28 de mayo de 2013, 20:44h
España es, sin duda, un país de artistas, pero especialmente de pintores. Hasta el punto de que tres de ellos se sitúan inequívocamente en el Olimpo de la historia de la pintura con mayúsculas. Me refiero, a Velázquez, el pintor al que no le gustaba pintar; Goya, el mejor representante del alma española; y Picasso, el fagocitador Minotauro que dió la vuelta a la pintura, con su transgresora Les Demoiselles de Avignon tal y como se entendía desde los tiempos del Renacimiento. Pero hay otros tres artistas asimismo grandiosos, que sin estar quizás a la altura de los tres renombrados, ocupan un lugar destacado en los Siglos de Oro de la pintura española. Me refiero a El Greco que, a pesar de no haber nacido en estos lares, sino en la tierra de Ulises, ha sido asimilado como tal; Miró, el adulto que tardó años para aprender a pintar como un niño; y Dalí, quién más allá de su caricatura, representa un momento mágico. La magia del surrealismo más creativo y desasosegante.

Así las cosas no sorprende el interés, con larguísimas colas de un público previamente entregado, que rodean el edificio del Museo de Arte Reina Sofía en la capital de España. La ocasión lo merece desde luego, dada la calidad y variedad de obras, muchas ellas cedidas para la ocasión por la Fundación Gala-Salvador Dalí de Figueras. Y es que han transcurrido treinta años desde la última antológica dedicada, entonces en el antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), al pintor nacido en Figueras. Es cierto que en estos años han habido buenas exposiciones de nuestro artista, pero ninguna tan extensa y representativa, como la que tenemos la fortuna de poder disfrutar hoy.

La Exposición, antes en el Centre Pompidou en París, es soberbia, toda vez que cuenta con más de doscientas piezas pertenecientes a sus distintas épocas y preocupaciones estéticas. Pero quizás lo que más llame la atención del atento espectador es la presentación de un artista genial que no necesita de la parafernalia, creada intencionadamente por él, para despertar nuestra atención. Dalí es tan rico en sus manifestaciones, sugerente en sus planteamientos plásticos, iconoclasta al tiempo que clásico, exagerado y barroco, que no requiere para apreciar su genialidad de sus excesos personales más delirantes. Dalí se erige, sin las muletas de su propia caricatura, como uno de los pintores que definen mejor los últimos años de la pintura moderna. Aunque sí tuviéramos que quedarnos con su perfil más propio, éste sería el de su aportación al movimiento surrealista, de quién es uno de sus más celebérrimos representantes. No habría surrealismo, sin su Gran Papa, el dominante André Breton, pero no es menos cierto que sin Salvador Dalí el surrealismo habría sido otra cosa. Si para el francés “la belleza será convulsiva o no será”, para el español, “la nueva edad del “canibalismo de los objetos” justifica igualmente esta conclusión: la belleza será comestible o no será.”

Tenemos pues la oportunidad de acercarnos a una prolija, promiscua y particularísima visión de la vida y de su entorno. La Exposición acoge la práctica totalidad de sus motivos, y lo que es más importante en nuestro hombre, de sus obsesiones. Dotado de una técnica portentosa y de un dibujo inigualable, al tiempo que con un conocimiento sin par de los grandes maestros -es conocida su fijación, entre otras, por El Ángelus de Millet-, nos muestra sin tapujos todas sus fijaciones: su difícilísima relación con su padre, su atención al paisaje más daliniano de Figueras, Cadaqués y Portlligat, al tiempo que a la guerra, su atención por la muerte, su interés por la ciencia y el psicoanálisis, su cercanía al mundo del cine -recuerden su participación en El perro andaluz de Luis Buñuel, sus decorados en la película Spellbound de Hithcock o su colaboración en el cortometraje Destino de Walt Disney- y la fotografía -“La nueva forma de creación espiritual que es la fotografía, coloca todas las fases de la producción del hecho poético en su justo plano”-, sus perfomances y happenings…

En suma, Dalí se nos muestra como lo que es: un artista que no requiere de sus histriónicos bigotes, ni de sus bufonadas, casi siempre no felices, para reclamar lo que le es suyo: un lugar destacadísimo en la historia de la pintura de verdad. “A mí -apuntaba Dalí-, la pintura que se llama artística no me dice nada, y no emociona tampoco a la gente sana, desinfectada del arte.”

Pero volvamos al inicio de estas reflexiones. Retornemos a Velázquez, al único que consideró superior -“Comparado con Velázquez no soy nadie, pero comparado con los pintores contemporáneos, soy el mayor genio de los tiempos modernos… aunque la modestia no es mi especialidad”, y, sobre todo a Picasso, el único que de verdad le hizo sombra. Una rivalidad que se explicita en su siguiente boutade: “Picasso es pintor, yo también. Picasso es español, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco.” Pero ésta es ya otra historia. Como la de Dalí escritor, verdaderamente fantástico. Entretanto acérquense al Museo Reina Sofía y sigan las instrucciones de nuestro artista: “Contentémonos con el inmediato milagro de abrir los ojos y ser diestros en el aprendizaje de mirar bien.” Si así lo hacen redescubrirán a un pintor, que a pesar de sus payasadas, era indubitadamente un genio.
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