Nuestra frontera del sur
jueves 30 de mayo de 2013, 20:21h
Aunque separadas de la Península por el capricho de la geografía, la realidad sociológica se impone y nos conduce a la existencia de dos ciudades, Ceuta y Melilla, que más bien parecen dos deslices de la patria andaluza. Costumbres, formas de hablar, carácter de sus nativos, etc., todo ello como permanente presencia del ser hispano. No se olvide que quisieron pertenecer a la Corona de Castilla, incluso antes que algunas otras ciudades españolas. Nunca formaron parte de ningún otro Estado más o menos cercano.
Por razones reivindicativas, en el inmediato pasado han conocido el alcance de miles de habitantes de otros países africanos. Sin detenerme en lo por todos sabido, lo cierto es que mucho ha cambiado en sus vidas políticas y sociales. Únicamente su españolísimo sentir y ser ha sido capaz de anteponer sus tradicionales formas de valores y no ceder a las presiones ajenas. Pero cuando la situación se agravaba, con movimientos claramente violentos, surgió la necesidad de construir sendas vallas en sus afueras. Se diga o se quiera negar, lo cierto es que las penetraciones de extranjeros no han llegado a desaparecer.
Por ello ocurren sorpresas. Un amplio grupo de inmigrantes indocumentados ha saltado la valla de Melilla. Quizá lo novedoso esté en el crecido número y en lo que sigue. La sorpresa viene cuando un proclamado defensor de los inmigrantes, líder de la oposición, toma la decisión de acoger en su propio domicilio a cuarenta de estos recién no documentados y darles cobijo. Peor aún. Mustafa Aberchán, que es el nombre de este acogedor, justifica ante los medios de opinión que, con su “proeza”, lo que realiza es librar a los inmigrantes de las “salvajes agresiones policiales” a que son sometidos.
La actitud del Presidente de la Ciudad Autónoma no ha pasado de una serie de preguntas supuestamente recriminatorias, sin entrar en la muy seria cuestión de que la Guardia Civil y la Policía se baten para garantizar la legalidad en la muy española ciudad de Melilla y de que Aberchán se permita el lujo de insultar precisamente a los agentes que la protegen. Y silencio casi total en esta bonita pieza de nuestra frontera sur, largamente olvidada durante los años del Protectorado, pero siempre deseosa, como su hermana Ceuta, del cariñoso respeto de tantos y tantos españoles peninsulares que las ignoran. Y eso, bien pensado, cuando otros reniegan de España de una forma u otra: lamentable ironía.
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Catedrático de Derecho Político
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