www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Caballerosidad y guerra

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 31 de mayo de 2013, 20:25h
Setenta años después de su término, la segunda guerra mundial continúa intacta como cantera sin igual de experiencias bélicas y conductas individuales y colectivas en tiempos en que la condición humana se ve tensionada al límite. Modernamente, algún que otro conflicto como el de Vietnam semejó disputarle por un momento el cetro de la primacía de la atención del público lector y espectadores cinematográficos y televisivos, pero no fue más que flor de un día. Las masas combatientes, el ingente material empleado en la terrible conflagración planetaria, el holocausto aterrador de víctimas civiles y militares, la inmensa hoguera de ideales, odios y rencores que en ella ardiese, las incontables peripecias, aventuras y lances que en su sangriento trascurso se registrasen, no tienen parangón posible con nada de lo acontecido previamente en los anales de la historia; y es muy probable que no pueda volver a contarse en sus páginas. Las contiendas del futuro se libraran más entre máquinas que por hombres y mujeres, muy reducidos en número en cualquier caso ante la aplastante presencia de ingenios y armas tecnológicos.

De ahí, pues, que, pese a la aceleración del cambio social y a la búsqueda incesable de la innovación por la innovación que motoriza la actividad humana del tiempo actual, la segunda guerra mundial permanezca incólume en su atractivo e imantación de las generaciones de Occidente y aun de las de los restantes países. Novelas, juegos, películas, libros divulgativos y monografías de alto coturno investigador siguen hoy aferrados como ha medio siglo atrás a la reconstrucción y glosa de la mayor hecatombe nunca presenciada por el hombre y la mujer.

Pese a todo, muchos de sus protagonistas castrenses honraron altamente su profesión, con una conducta intachable hacia sus adversarios y la población civil extranjera sometida a su mando. Naturalmente, en regímenes como el hitleriano y el stalinista tal talante debió superar dificultades no ofrecidas a los jefes y generales de las potencias democráticas. La pirueta cronológica de cumplirse el presente año el sesenta aniversario de su muerte se muestra ocasionada a recordar el comportamiento caballeroso tanto en Rusia como en Francia del Feldmariscal G. Von Runstedt (1875-1953). Radical antinazi y crítico del Ober, pero respetuoso con Hitler (quien le pagaría con la misma moneda), sencillo hasta el extremo -sólo vestía de uniforme en acto de servicio-, políglota, fue muy estimado por sus subordinados así como por las gentes de toda condición que le solicitaron justicia o favores durante su estancia en el sur de Rusia y en París, sin que nunca fueran defraudados en sus solicitudes: desde la vuelta al hogar paterno de una joven ucraniana huida de él, enamorada de un oficial germano, hasta el retorno de Alemania de no pocos trabajadores forzados franceses como recompensa a la actitud proalemana de algunos de sus familiares. Dimisionario en dos ocasiones, arrastró con dignidad las penalidades de un mitigado cautiverio en tierra inglesa. Allí, ni siquiera la experiencia socialdemócrata más genuina de las registradas hasta el presente por la historia –la etapa laborista regida por C. Attlee- logró borrar las tradiciones castrenses de la Inglaterra victoriana, y, por decisión del mariscal Montgomery –su antiguo antagonista-,Won Rundtedt marchó en 1948 –un año antes de su liberación- en un avión de RAF a su patria, para asistir a los funerales de su único hijo, de profesión médico…

Rasgo o lance que, desde luego, no hace olvidar los horrores incontables del conflicto mundial de 1939-45, la estela aún inextinguible de excruciante dolor dejada por una guerra en que parte de sus actores se convirtieron en monstruos, pero que arroja una pátina de humanidad que renueva, en la hondonera más profunda conocida por los habitantes del planeta, la apuesta por el hombre y la mujer.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios