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Europa

José María Herrera
sábado 01 de junio de 2013, 18:31h
Yo no creo, como Nietzsche, que los poetas enturbien las aguas para que parezcan más profundas, pero estoy convencido de que los políticos lo hacen. Conscientes de que es mucho más fácil llegar a la verdad desde el error que desde la confusión, procuran ensombrecerlo todo de forma que reine la ignorancia. “Al ignorante –escribió Kafka- todo le parece posible”. Es esta ilusa ignorancia la que nos lleva a confiar en un gremio que al final siempre termina embrollándolo todo. ¿Y tú a quién votas: a Frankenstein o a Drácula?

El punto de mira de los embrolladores es ahora Europa. ¿Quién tiene la culpa de esta crisis que nos está asfixiando? Intenten recordar sus respuestas: primero los especuladores internacionales, luego los chinos, más tarde la competencia desleal de los países emergentes, después la banca y las preferentes, a continuación Merckel y, por último, Europa, una Europa insolidaria, que en cuanto ha dejado de enviarnos sus subvenciones ha dejado de funcionar. Solo ellos, responsables directos de la gestión del país, y nosotros, sus desahuciados votantes, no tenemos nada que ver con el desaguisado en el que nos hemos metido. La solución, dicen los listillos, es invertir más. ¿Invertir qué? No se dice. El caso es que los mismos que años atrás hacían pomposas proclamas europeístas cuestionan ahora su ser con el argumento de que para recibir rapapolvos en vez de ayudas, Europa no interesa. ¿No sería mejor convertirse en una república bolivariana?

Los políticos, en general, tienen una idea muy superficial de las cosas. Si en ocasiones producen otra impresión es por lo que hemos dicho al principio de enturbiar las aguas. Basta con oírles hablar de Europa para comprobar sus limitaciones. La mayor parte de ellos cree que Europa es simplemente un club, una unión basada en intereses políticos y económicos. Porque creen esto barajan la posibilidad de ampliarla a naciones que nada tienen que ver con Europa. Pensar así es una de las razones por las que la Comunidad Europea no funciona todo lo bien que quisiéramos. Si Europa existe, si tiene sentido referirse a ella, su fundamento no pueden ser el de todo a cien.

Para muchos esa existencia es cuestionable. Europa no es en realidad nada, peor aún, se trata de una vasta impostura. Cualquier apelación a lo europeo se ve con suspicacia. En los libros de educación para la ciudadanía el eurocentrismo es una enfermedad cívica. La alianza de civilizaciones es incompatible con la idea de una supuesta superioridad de nuestra cultura sobre las de otras regiones del mundo. El hecho de que el mundo entero se organice hoy de acuerdo con modelos europeos (políticos, económicos, científicos, éticos, estéticos, etc.) es una casualidad.

Supuestamente, Europa quedó liquidada tras las dos guerras mundiales. Reina su espíritu, pero su espíritu ya no es suyo. Nosotros, los europeos, somos ya sólo un vestigio, la última manifestación de una cultura que ha caído en la impotencia debido al estrés del poder y al sentimiento de culpa. Sin embargo - dice un personaje de Lars iYer-: “Europa te mejora, te hace mejor”.

Los sabios sostienen que por encima de cualquier otra cosa Europa es la filosofía, el esfuerzo por acomodar nuestra razón a la lógica que reina en la propia realidad. Pero este es el problema, pues la realidad es de suyo incierta e inestable. Vivir conforme a la razón significa contar con la mutabilidad de lo que hay, en una crisis permanente. Un pensamiento a salvo del cambio, ideal y utópico, es un pensamiento que no se sostiene en la realidad, un mito. Europa se traicionó a sí misma durante el siglo XX al tratar de realizar ciertos mitos políticos. Igual que una sombra no puede ser esculpida, es imposible crear un sistema absolutamente justo en el mundo.

Jan Patocka sostenía que Europa es el sueño por crear una patria en la que pudieran vivir los filósofos. El filósofo que tenía en mente el pensador checo era Sócrates, arquetipo del hombre incapaz de aceptar nada que no fuera la justicia. Ya la antigua ciudad de Elis declaró exentos de impuestos a los filósofos en honor de Pirrón, padre del escepticismo. Se pensaba (hoy ocurre algo parecido con los futbolistas) que el escepticismo era buena influencia para los ciudadanos. Nada contribuye más a la pacífica convivencia que la tolerancia. Este es el espíritu de la auténtica Europa, un espíritu al que amenazan siempre los dogmatismos, conservadores o progresistas, de Drácula o de Frankenstein.
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