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Elogio y recuerdo de D. Manuel Giménez Fernández (1896-1968)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 07 de junio de 2013, 20:49h
En la Sevilla del buen recuerdo, esto es, la de los años cuarenta del siglo pasado –dura postguerra no incompatible con juegos y sueños infantiles-, los niños callejeros -¡existían…!- utilizaban como máxima expresión de descalificación y desprecio a sus adversarios y antagonistas un insulto para unos y otros perfectamente identificado como insuperable en su agresividad: “Tus muertos”… Probablemente, en otros lugares de España ocurriría igual, pues siempre en su cultura la nota tanática estuvo muy peraltada. El legado de las que la antecedieron en el solar del Viejo Continente latía en ella con especial fuerza. En el de las civilizaciones madres de la hispana –Grecia y Roma-, el culto a los antepasados revestía, según es harto sabido, una trascendencia particular y cualquier ofensa a su memoria implicaba un agravio indeleble. Ciudad –la de Sevilla- de especial impostación de lo fúnebre, de absorbente, en su espíritu y “aire de Roma”, presencia en todo tiempo –hasta el antedicho- de la Parca descrita, en sus obras y despojos, por sus poetas barrocos con fuerza y sensibilidad trementes. Azares de la vida determinarían que el gran arquitecto de la ingeniería social y cultural de la Transición –la edificada por el PSOE-, de vitola postmoderna y radicalmente laica y secularizada, fuese justamente un político-pedagogo, Alfonso Guerra, penetrado hasta el hondón de su pensamiento y carácter de la cosmovisión imperante en la Sevilla del XVII con vigor difícilmente comparable al de otras grandes urbes peninsulares de la época. Paradojas del destino. El hombre que iba a transformar en el decurso de una generación la vida de España hasta el punto de no ser reconocida ni por su identidad más profunda –y, de facto, en buena parte lo hizo-, experimentará en toda su peripecia individual una empatía irrestañable con los modelos y estereotipos ibéricos de la época en que la monarquía de los Austrias comenzaba su lento, pero irrefrenable ocaso… Sus fruitivos y muy pronto olvidados recuerdos –escritos en ancha medida en tal clave- constituyen una prueba mayor de lo expuesto.

En un paseo vespertino y plenamente autumnal por el barrio sevillano más frecuentado –junto con el naciera- por dicho personaje en su niñez y en el que en los referidos días del Seiscientos residiese la plana mayor de sus escritores, el del entorno de la Catedral, no ha mucho el cronista daba rienda suelta a sus memorias del tiempo ido, poblado con algunos de sus principales acreedores de gratitud y estímulo. La estación, la triste coyuntura de un país amenazado o en trance ya de irreprimible disolución, los jalones finales de su mismo itinerario abrían amplio vado a la evocación de figuras cuyas sombras elíseas cabe aún detectar en algunas de las calles y plazas de la capital hispalense a poco que se haga un esfuerzo de tensión gratulatoria. Traspasada la densa zona del escrúpulo protector de la intimidad, cualquier alusión adolecería, sin embargo, de parcial, por cuanto un recuadro periodístico no permite trasgredir los límites de una fría enumeración, sin glosa ni adjetivo alguno. Desustanciados, el recuerdo de maestros, profesores, catedráticos, amigos, gentes de pan llevar, porteros y menestrales pierde su razón de ser. Sólo cabe, pues, parafraseando al cantor sevillano de Campos de Castilla, al hilo del centenario de su aparición: “Conmigo vais, mi corazón os lleva”, incluso en este duro y áspero invierno de 2012.
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