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CRÍTICA

Ayda Levy: El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado

domingo 16 de junio de 2013, 13:51h
Ayda Levy: El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado. Debate. Barcelona, 2013. 224 páginas. 17,90 €
A finales de la década de 1960 el cultivo de marihuana comenzó a ocupar extensiones crecientes en la parte más septentrional de Colombia. Para responder a una demanda en progresión algunos traficantes colombianos empezaron a colaborar con mafiosos italoamericanos establecidos en Panamá interesados en hacer llegar la droga a Estados Unidos. Cuando el negocio entró en declive por el aumento de los cultivos de marihuana en el norte de California esos mismos mafiosos animaron a sus socios colombianos a pasarse al tráfico de cocaína, cuya atracción en el seno de la sociedad estadounidense empezaba a sobrepasar la ejercida por cualquier otra droga, incluyendo la heroína. Lo que vino después es bien conocido. Merced a su control sobre el tráfico de cocaína, la droga más lucrativa del siglo XX, entre los años setenta y ochenta del siglo pasado los llamados “cárteles” convirtieron a Colombia en sede de una de las mayores industrias del mundo. Gracias a la prensa, la televisión y el cine, la peripecia de esas organizaciones criminales se hizo leyenda. En cambio, el papel desempeñado por las dos primeras naciones productoras de hoja de coca, Perú y Bolivia, quedó en zona de sombra. Aunque esa ignorancia tan extendida podría resolverse al menos en parte con solo leer el libro que ahora reseñamos.

Título y subtítulo del libro son clarificadores respecto a su género y contenido: El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado. La persona y el país al que se refieren (Bolivia), junto con la autora, son los protagonistas de la obra. Ayda Levy escribe la biografía del propio Roberto Suárez con todo conocimiento de causa. No en vano fue su esposa hasta 1981. En ese año Levy descubrió los proyectos de su marido para convertirse en líder del narcotráfico boliviano y principal proveedor de droga de Pablo Escobar y el cártel de Medellín en connivencia con las autoridades militares y políticas de su país. El mismo Pablo Escobar, quien también recibiera en su día el apodo del “zar de la cocaína”, fue quizá menos importante que Roberto Suárez, sin cuya colaboración Escobar no habría podido convertirse en uno de los criminales más ricos de la historia y el más buscado del mundo hasta su eliminación por orden de las autoridades colombianas en 1993.

El relato ofrecido por Ayda Levy combina dos tramas: la de la fulgurante carrera delictiva de su esposo y la de una decepción sentimental que no impidió asimilar la leyenda benevolente que el propio Suárez se esforzó en difundir para sí mismo, a base de retórica tercermundista y un sinfín de obras benéficas que sirvieron para que la revista Time le imputara el título de “Robin Hood de Bolivia”. Ciertamente, el perfil de Roberto Suárez distó mucho del modelo de delincuente brutal y avaricioso que proliferó en Iberoamérica desde la década de los ochenta en adelante. Millonario por nacimiento y brillante empresario ganadero antes de involucrarse en el dinero sucio de la droga, Suárez siempre insistió en que su única razón para descender al submundo de las drogas fue de índole patriótica, movido por la intención de aprovechar los inmensos ingresos aportados por la cocaína para sacar a su país de la miseria.

De acuerdo con la versión que él mismo dio a conocer en un libro, los primeros responsables de esa decisión fueron los miembros del gobierno militar encabezado por el general Luis García Meza, quien gobernó Bolivia entre julio de 1980 y agosto de 1981. Según Suárez, además de solicitarle respaldo económico para el golpe, los cabecillas le indujeron a asumir la dirección de todas las operaciones de producción y venta de sulfato base realizadas en Bolivia, bajo promesa de ofrecerle protección y emplear los beneficios obtenidos para acabar con la deuda externa de la nación y promover su desarrollo social. Ayda Levy afirma también que lo que hizo caer a su marido en la tentación de implicarse en el narcotráfico, no fue la codicia ni el ansia de poder, sino un “altruismo desmedido”. Pero el caso es que, como ella describe y explica, tras el fin de la etapa de terror institucional promovida por García Meza, Roberto Suárez continuó contribuyendo a la industria de la cocaína, ingresando beneficios anuales calculados en varios cientos de millones de dólares.

El destino de Suárez no solo se cruzaría con el de Pablo Escobar y los narcos colombianos sino con otras muchas figuras de considerable peso político: golpistas, gobernantes y empresarios de su país; un exdirigente de la Gestapo vinculado a los regímenes autoritarios establecidos en el Cono Sur a partir de los años setenta; un banquero suizo asociado al Vaticano y la logia masónica P2, con quien compartía negocios; la dirigencia de la Cuba castrista, incluyendo al propio Fidel y su hermano Raúl; el general y dictador panameño Manuel Antonio Noriega, que le sirvió de intermediario para entrar en tratos con la CIA; y el teniente coronel Oliver North, alto cargo en el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, a quien luego se le recordará por su implicación en la venta ilícita de armas a Irán para financiar a los milicianos de la Contra nicaragüense.

Finalmente, tras sobornar a sucesivos gobiernos con el fin de evitar su detención, en 1988 Roberto Suárez decidió entregarse a las autoridades bolivianas después de pactar una cómoda y exigua condena por un delito menor por el que solo cumplió una tercera parte transcurrida en una estancia de lujo habilitada especialmente para él. El “Rey de la Cocaína” murió en julio del año 2000. Pero ya sabemos que el negocio que le dio la fama seguiría creciendo pujante hasta el mismo día de hoy. Sus bases las asentó, entre otros, el protagonista de este libro.

Por Luis de la Corte Ibáñez
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