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La moral, en diligencia

Javier Zamora Bonilla
martes 18 de junio de 2013, 20:02h
Han generado una enorme polémica las declaraciones del responsable de Relaciones Laborales de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), José de la Cavada, a quien le parece excesivo el permiso de cuatro días que se concede por la muerte de un familiar cuando el trabajador tiene que desplazarse a una ciudad distinta de la de su lugar de trabajo. Piensa el dirigente de la CEOE, con razón, que la tecnología permite hoy hacer estos viajes mucho más rápido, incluso en horas, según ha precisado, mientras que la legislación laboral prevé unos permisos para los tiempos en que los desplazamientos se hacían en diligencia. Parece que este señor ha pedido disculpas a quien se pueda haber sentido ofendido por su comentario. En un país como el nuestro donde la cultura católica está tan arraigada, aunque el número de practicantes descienda a pasos agigantados, se considera suficiente confesar el error –que en este caso ni siquiera se reconoce–, y, nunca mejor dicho, aquí paz y después gloria.

De tan lamentable comentario podemos sacar algunas consecuencias. La primera, aunque no en importancia, pero sí importante, es la nefasta selección de dirigentes que han realizado las organizaciones empresariales en los últimos años. Gerardo Díaz Ferrán, expresidente de la CEOE, se ha convertido en símbolo de lo que no debería ser un empresario y está en la cárcel por actuaciones delictivas: quiebra punible, fraude a la seguridad social y a la hacienda pública, es decir, a todos, alzamiento de bienes, etc., etc. El número dos de la patronal, y presidente de la Confederación Empresarial de Madrid (CEIM), ha sido acusado de pagar parte del sueldo de sus empleados en negro. Y ahora el señor José de la Cavada, responsable de Relaciones Laborales de la CEOE, se pone a criticar el Estatuto de los Trabajadores por conceder, en su opinión, demasiados días de permiso por la muerte de un familiar. Podría pasar por un ejemplo desafortunado que se le escapó durante una intervención pública, pero da la casualidad que la misma persona fue multada por acoso laboral y hace unos años propuso un contrato de inserción para jóvenes sin ningún tipo de seguro de desempleo ni indemnización por despido, con lo que el empresario se ahorraba las cuotas empresariales. Afortunadamente no salió adelante.

La segunda consecuencia, primera en orden de importancia, es que las palabras del señor De la Cavada son reflejo de una mentalidad empresarial que muestra una moral de los tiempos en que todavía se iba en diligencia, cuando los trabajadores eran explotados por los patronos sin que existiese una legislación laboral que protegiese mínimamente sus derechos. Si algo como la muerte de un familiar, según la singular ética de este empresario, debe medirse sólo en términos cuantitativos del tiempo necesario de desplazamiento para ir a un entierro y volver al trabajo, la verdad es que la consideración de la persona se rebaja a la pura mercadería. Tras la muerte de un familiar hay no sólo una porción de cuestiones materiales que requieren la ocupación de los que quedan vivos (trámites médicos, papeleos burocráticos en el registro civil, gestiones para el sepelio, cambios de titularidad en los bienes y servicios del causahabiente, etc., etc.), sino también una porción difícilmente tangible de relaciones personales (acompañamiento, apoyo, consuelo) y de interiorización del suceso. Supongo que este empresario pensaba en la muerte de parientes lejanos, porque se me hace difícil creer que tuviese en mente, al pronunciar sus ligeras palabras, la muerte de un hijo.

No creo que entre los empresarios haya mayor número de malas personas, delincuentes o sinvergüenzas que entre los abogados, los dependientes de comercio o los artistas de cine, o incluso entre representantes de profesiones tan vocacionales de servicio público como policía, maestro o médico, pero da la impresión de que en los últimos tiempos algunos dirigentes empresariales no son nada ejemplares cuando todo el mundo los mira como uno de los potenciales pilares para salir de esta duradera e intensa crisis. A lo mejor tiene algo que ver con que la tecnología nos ha permitido avanzar rápidamente en numerosas facetas materiales, pero en otras que atañen al fondo de lo humano seguimos en la prehistoria moral. Hay empresarios que se desplazan en deportivos de 8 cilindros y 400 CV o en aviones privados y manejan smartphones que les permiten mantener videoconferencias con paraísos lejanos, pero cuya moral sigue yendo en diligencia.

Vivimos en sociedades tan volcadas al ocio que el trabajo se está convirtiendo en una mera ocupación para generar una cantidad de dinero suficiente que nos permita disfrutar del tiempo libre. Es ésta una de las causas por las que se está perdiendo el sentido del trabajo bien hecho y de la propia construcción de la personalidad por medio del ejercicio satisfactorio de una profesión. Es un problema serio en nuestras sociedades y hay que revalorizar el sentido del trabajo, del trabajo bien hecho, pero volver al extremo contrario en que la vida sólo consiste en trabajar sería retroceder un nivel, un nivel importante alcanzado en la moralización de las sociedades que se ha ido consiguiendo desde hace más de un siglo. Intentemos poner nuestra moral al nivel de nuestras avanzadas tecnologías para evitar que algunos principios éticos sigan desplazándose en diligencia.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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