¿Paz para Siria?
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 22 de junio de 2013, 19:07h
La caída de Gadaffi y su posterior linchamiento abrieron las puertas al saqueo de los arsenales libios y mostraron a los demás gobernantes del mundo islámico lo que les cabía esperar a los líderes caídos. El siguiente no tendría ni el exilio de Ben Ali ni un juicio como Mubarak. El problema es que el siguiente se llama Bashar El Asad y es el presidente de Siria, tiene un ejército poderoso y ha logrado recabar el apoyo de una parte de su pueblo asustada del ascenso de los islamistas rebeldes y de la intervención extranjera en su territorio. Las armas de Gadaffi han desestabilizado el Sahel y Oriente Medio. La turba que lo mató creó un símbolo de lo que espera a los vencidos. Las dos cosas impiden hoy un arreglo pacífico de la guerra en Siria.
Diversas investigaciones periodísticas han ido revelando el destino que las armas libias han tenido. Una parte fue a engrosas los arsenales de Hizbolá. Otra parte fue a manos de los islamistas del Azawad que lanzaron una guerra contra el Gobierno de Mali. Ahora, el New York Times publica información muy interesante sobre la ruta que parte del armamento libio sigue hasta llegar a manos de los rebeldes en Siria vía Turquía y con la ayuda de otros Estados involucrados en el conflicto.
Nadie tiene las manos limpias en la guerra civil siria ni nadie parece demasiado interesado en que los intentos de paz fructifiquen.
Por una parte, el ejército sirio ha recuperado la iniciativa, lucha para expulsar a los rebeldes de Alepo y recobrar el control de los grandes núcleos urbanos del país. Turquía, un aliado clave de la oposición Siria, sufre disturbios internos que han socavado la imagen de moderación de que gozaba el Presidente Recep Tayip Erdogan. Alemania y los Países Bajos han vetado las conversaciones para avanzar en el proceso de incorporación de Turquía a la Unión Europea por la represión de los manifestantes de la plaza Taksim. A pesar de sus intentos, la diplomacia estadounidense no logra suficientes apoyos para una intervención más decidida en Siria –por ejemplo, con la declaración de una zona de exclusión aérea que impediría al ejército sirio servirse de la aviación- y el cambio político en Irán ha logrado algo de tiempo para un aliado estratégico del Gobierno sirio. La salida de Ahmadineyad, que no supone un cambio político tan profundo como se pudiera creer, sí impone que se dé tiempo al moderado Rohaní para tomar algunas decisiones, por ejemplo, sobre su programa nuclear. Hace unos meses, El Asad parecía derrotado –y tal vez lo esté en el fondo- pero su posición en la mesa de negociaciones es fuerte después de la firme defensa del derecho de los sirios a decidir sobre su futuro, que apoya la Federación Rusa como forma de solución del conflicto. Si la oposición siria exige como condición para las negociaciones la salida de El Asad, todo habrá terminado antes de empezar.
Por otro lado, los rebeldes no parecen estar en posición de exigir demasiado. Dependen por completo del apoyo exterior para continuar la lucha. Han logrado armamento –por ejemplo, el proveniente de los arsenales libios- pero el régimen sigue teniendo el control del aire, la artillería pesada, los helicópteros… Cada atentado terrorista socava el apoyo social de los rebeldes, que además están sufriendo la política de “privar al pez del agua” del ejército sirio: las poblaciones en que los rebeldes buscan apoyo carecen de alimentos y material médico de modo que se fuerza el desplazamiento de los habitantes a otros lugares y nadie ayuda a los opositores. Es cierto que aún tienen el control de algunos puestos fronterizos y que reciben ayuda desde Turquía pero el desprestigio nace de sus propias filas. El creciente número de extranjeros –algunos de ellos españoles- ha nutrido de “muyahidines” de más de 20 nacionalidades las filas rebeldes. Poco a poco ha ido perdiendo fuerza la retórica de la liberación del pueblo para convertirse en la lucha por la causa del Islam, es decir, lo que los islamistas llaman Islam. En un país tan diverso como Siria, con minorías cristianas e islámicas incluso la del presidente El Asad, que es alauí, la amenaza yihadista ha actuado como un revulsivo que ha minado el apoyo popular de los rebeldes. Lo que comenzó como un movimiento que exigía reformas se habría convertido en una plataforma para la implantación de un régimen teocrático islamista y esto ha propiciado una reacción de apoyo a El Asad.
El Asad sabe qué le espera si es derrotado y el mundo islámico conoce qué vino después de la caída de Gadaffi y cómo se extendió el desequilibrio por el norte de África y el Oriente Medio. El gobierno sirio tiene una posición fuerte para negociar y los aliados de los rebeldes tratan de compensarlo con iniciativas que pueden dinamitar los intentos de paz antes de que comiencen. El presidente sirio no negociará desde una posición de debilidad y los rebeldes tampoco. Las primeras conversaciones de paz de Ginebra fracasaron… y las segundas no tienen mejor aspecto.
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Analista político
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