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Premios fin de carrera

viernes 02 de mayo de 2008, 22:12h
Sinceramente no tengo nada en contra de Eduardo Zaplana, a quien no conozco personalmente. Me parece un caballero atildado, fue un buen parlamentario y portavoz del partido conservador y ha terminado por irse a tomar otros aires más sustanciosos en la Compañía Telefónica que es algo parecido a la Madre María de las Mercedes de la política española. Basta con que un señor se retire de la política sin llevarse la caja para que Telefónica ponga a su disposición una panoplia de cargos, dignidades y empleos de alto rango no se sabe si por zapaidad el designado o por agradecimiento, algo muy humano.

Sinceramente este tipo de cosas y de actuar no debían ser aceptadas por una sociedad madura. Es probable que Zaplana sea como Edison o Einstein y sepa de teléfonos una barbaridad pero este tipo de premios fin de carrera para los políticos sean de derecha o de izquierdas desacreditan a la empresa, al contratado y a una sociedad que tiene la peregrina idea de que a los políticos, si no han sacado los pies del plato, conviene agasajarlos con estas corruptelas.

¿No les basta -a los políticos- gozar de pingües salarios, ventajas sociales incomparables, jubilaciones anticipadas y coche oficial?

Al parecer, no. Se trata de agasajarlos o, lo que sería más preocupante, agradecer de paso lo que en el pasado hicieron por las grandes corporaciones. ¿Qué deuda tiene Telefónica con Zaplana se preguntarán muchos?

¿Qué secretos favores hay tras este tipo de designaciones parapolíticas? No habrá respuesta a ello porque lo que parece seguro es que existen fundaciones, cargazos, becas y demás regalías para quienes han dejado la política y quieren integrarse en la vida civil. El interesado, muy agradecido, el gobierno tranquilo (al enemigo que huye, puente de plata) y el partido del menda gozoso con el ejemplo.

Pero en el fondo de este tipo de chanchullos lo que brilla es una realidad patética y primitiva: el Estado y sus corporaciones siguen siendo en España una estupenda cantera de cargos y cargazos todos a dedo, todos bien pagados y todos sin objetivos muy concretos o definidos. La función hace el órgano, dicen los evolucionistas.

¿Para cuando nuestros políticos hartos de Parlamento y batallas en el Congreso se irán a sus casas a cambio de nada y dediquen sus ocios a pasear el perrito por las mañanas e ir al cine por las tardes? ¿Cuándo el Estado dejará de ser en España el gran “macro” de la clase política y cuándo los políticos tendrán la dignidad de rechazar este tipo de regalías fruto siempre de favores pendientes o algo semejante.

Tal y como están las cosas cabe ser escéptico. Los émulos de Zaplana y de otros tribunos saben mejor que nadie hasta que punto tras la política hay todavía un mundo suculento en el que les gustaría meter la cuchara. Y siempre que puedan, lo harán.

Alberto Míguez

Periodista

ALBERTO MÍGUEZ es periodista

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