El desahucio de los libros
lunes 24 de junio de 2013, 20:20h
Hace poco llegué a una situación que todo comprador de libros debe conocer, como aviso: ya no tenía espacio para más libros en casa. Cuando llenaron el salón, comencé a apilarlos en un estudio al que mis cercanos llaman “la cueva”. Es la antigua madriguera del lobo, “la cueva” donde guardo mis tesoros (entre los que incluyo los libros). Había apilado en ella miles de libros, libros que voy comprando y que me van mandando, libros que leo o evito, libros que tengo en la mente o en el olvido. Luego pasaron al dormitorio. Me invadían: libros debajo de la cama, libros en el baño, en la cocina…
No sabía bien qué hacer, hasta que un buen día, al llegar a casa, cuando ya me había quitado los zapatos y me disponía a dar un trago al whisky con hielo (ese punto y aparte de la tarde), seis libros salieron de la cueva (perdón, de mi estudio), y se plantaron ante mí. Había un cabecilla al frente que tosió dos veces. Yo miré y no vi a nadie, pero cuando bajé la vista los vi allí, serios, en el suelo, con la vista clavada en mí. Comprendí que venían a decirme algo.
El libro que al parecer llevaba la voz cantante era el primer tomo del Ulises. Es un libro al que nunca he tomado muy en serio, pero que guarda una sólida preeminencia en mi contabilidad literaria. Detrás, estaban Moby Dick, el Quijote, un libro de poemas de Ezra Pound, la Celestina y el Genji. “¡Menuda panda!” pensé. El Ulises carraspeó y comenzó a hablar con voz aflautada: “Hablo como representante de todos los libros, Tenemos ciertas peticiones que hacer.” Los demás se movieron detrás como asintiendo. Un murmullo salió de sus páginas. Comprendí que me tenían acorralado, así que me dispuse a escuchar sus peticiones. Recordé la estrategia que un tío mío me enseñó en su día: Si alguien viene a pedirte algo, déjale que hable. Cuando haya terminado, le dices: “Oye, perdona, es que estaba con la cabeza en otra en cosa. ¿Podrías repetírmelo?” Acortaré el relato. El Ulises, con su voz aflautada, me expuso el malestar que al parecer los libros tenían por la falta de espacio. Estaban hartos de vivir los unos encima y debajo de los otros. No querían una distribución en posición horizontal, sino una vertical, como dios mandaba. Añoraban la posición canónica de las bibliotecas, la verticalidad a pesar de su inestabilidad. Y, si era posible, querían un paseo por la feria del libro.
Usé la estrategia que comentaba y, además, tardé unos minutos en contestarles. La idea de que mis libros se quejaran por la falta de espacio me resultaba chocante. Y más peregrino me parecía que quisieran darse una vuelta por la feria del libro. Pensé entonces en Felix de Azúa y su defensa del mercado literario. “Bueno”, les dije, “os prometo más espacio, pero tendré que cobraros algo por ello. “¿Cuánto?” preguntó el Quijote. “Somos pobres y menesterosos”, añadió la Celestina. “Pero estáis ocupando mi casa”, respondí yo, “si queréis algún lujo, justo es pagarlo”. Tras escucharlo, los libros hicieron un corro, y yo di un sorbo a mi whisky. Sabía que había dado el primer golpe. “¿Y qué cantidad querrías?”, tronó Ezra Pound. Miré la copa ambarina. Los tenía en un puño. Hice un cálculo mental rápido. “Un céntimo al día”, les dije. Sí, ya sé que es muy barato. Cien días es un euro. Y 356 días, tres euros y medio. Pero si multiplicaba eso por el número de libros que tengo me salía una renta anual similar al sueldo medio anual que declara un político o un banquero español a Hacienda. Los libros volvieron a reunirse en corro. Luego, el Ulises se adelantó y con su voz aflautada dijo, “De acuerdo”.
Yo estaba increíblemente feliz, porque me había convertido, sin quererlo ni beberlo en financiero de mi biblioteca. Hice que cada uno de ellos firmara un contrato hipotecario, aunque no apliqué el precio de un euro a todos. A los más finos les puse un canon diario de medio euro, mientras que a los más gruesos les dupliqué la cantidad inicial. Hubo protestas, pero no me costó acallarlas. En estos días democráticos, todo el mundo acepta argumentos basados en el bien común. La cosa fue perfectamente el primer mes. No sé de dónde, pero los libros sacaban su dinero para la hipoteca y me lo daban sin rechistar. El segundo, sin embargo, comenzaron los problemas. Unos me dijeron que no podían, que la crisis les había afectado, que se lo aplazara. Yo consentí a regañadientes. Solo sirvió para que la situación empeorara los meses siguientes. Los primeros en no pagar fueron los libros de poesía. Luego, las novelas. Los de filosofía iniciaban unas discusiones sin fin que me provocaban grandes dolores de cabeza. Los libros extranjeros usaban una estrategia común: hacían como que no me entendían cuando les pedía el dinero. Así es como me vi obligado a amenazarlos con el desahucio. Se lo anuncié con anticipación. El problema era, ¿qué hacer con los libros desahuciados? Les dije que se pusieran a trabajar, pero me dijeron que en esta época de crisis es muy difícil que un libro encuentre trabajo. En definitiva, que me vi en un callejón sin salida.
Ahora tengo miles de hipotecas literarias que no me rentan, y no sé qué hacer con ellas. Hablé con un amigo que tiene una librería de segunda mano, pero me dijo que no quiere libros desahuciados porque vienen con hipoteca. Yo los quemaría, como en el Quijote, o como Carvalho hace, pero mi conciencia metaliteraria me lo impide. Así que me voy a declarar en quiebra. Quizá el estado me inyecte algo de dinero para reflotarme, y yo pueda librarme de toda esta caterva de libros desahuciados.