Esperanza de vida
sábado 29 de junio de 2013, 19:04h
Los viejos griegos no podían imaginar que las mujeres leyeran los periódicos sin que les entrara la risa floja. Y no porque carecieran de periódicos, sino porque la posibilidad de que las damas se interesaran por la cosa política les parecía cómica. Hoy es rara la mujer que no sabe lo necesario acerca de la situación internacional. La asamblea de mujeres de Aristófanes ha perdido gracia. Igual ha ocurrido con infinidad de obras que fueron cómicas en su origen y se volvieron anodinas con el progreso.
Aunque entre la gente sería la comedia goza de mala reputación, es indispensable para conocer el espíritu de los pueblos. Se sabe, por ejemplo, que el menosprecio de los textos de Aristófanes es una de las causas de que los filólogos decimonónicos se formaran una idea muy equivocada del alma griega. No es casual que un sabio de la talla de Ruskin, familiarizado con todas las estatuas de la antigüedad pagana, descubriera en su noche de bodas que las mujeres tienen vello púbico. Por supuesto, hay circunstancias históricas en las que la comedia no es posible –yo uso este detalle para distinguir los regímenes totalitarios de los que no lo son-, aunque también eso resulta revelador. Si es verdad que el humorismo crece con la censura, las alegrías de la dictadura del proletariado en la Rusia de Stalin debieron ser inmensas porque nadie sintió la necesidad de hacer un chiste. Todo lo contrario ocurrió en la España franquista, época en la que floreció como nunca la sátira y el ingenio cómico: Jardiel Poncela, Julio Camba, Wenceslao Fernández Flores, Luis Berlanga, etc.
Aunque a la comedia nada humano le es ajeno, hay temas que se repiten en todas las épocas: la avaricia, la hipocresía, la hipocondría, la vanidad. Los comediógrafos han sacado siempre partido de estos vicios, como lo han sacado también del deseo humano de querer vivir más de lo que nos corresponde, trastocando el orden natural. Me estoy acordando, por poner un ejemplo, de Morirse es un error, una comedia de Jardiel sobre una pócima que rejuvenece a quienes la toman. Las consecuencias, amén de hilarantes, son, por supuesto, pésimas. En otra farsa suya cuyo título no recuerdo (ni siquiera recuerdo el argumento) se relata la historia de un inventor catalán que idea una máquina que calcula el tiempo de vida que les queda a las personas. Aclaro que la gracia de la obra no era el catalán, sino el ingenio que había concebido para hacer negocio.
Demostrando que tienen razón quienes defienden que el mundo fue creado porque la realidad siempre va por detrás de la ficción, David Spiegelhalter, estadístico de la Universidad de Cambridge, acaba de poner en circulación unas tablas contables muy precisas con las que podría construirse el artilugio de Jardiel. Las tablas permiten calcular el coste en tiempo de las cosas que hacemos. Por ejemplo, fumar un cigarro acorta la vida quince minutos, pesar cinco kilos más del peso ideal resta media hora diaria de vida, beber tres copas por jornada supone una pérdida de una hora, una hamburguesa tres cuartos. Orson Welles, que vivió 70 años, podría haber durado ochenta si en vez de tratar de ser Orson Welles hubiera ingresado en una organización macrobiótica. Afortunadamente, no todo son pérdidas, también hay acciones que acrecientan las posibilidades de resistir en este mundo: veinte minutos de ejercicio moderado puede hacernos ganar una hora al día, comer verduras y frutas otro tanto, el yoga, el tai chí, la meditación zen y otras insulseces del todo a cien espiritual deben arrojar cifras portentosas. La aritmética del ángel de la muerte, si me permiten usar aquí la fórmula de Cynthia Ozick, no siempre es negativa.
El señor Spiegelhalter es una especie de Raimundo Lulio de la esperanza de vida. Muy pronto, gracias a él, podremos llevar en el bolsillo una calculadora del porvenir, algo parecido a la máquina contadora de pasos o calorías consumidas. “Hoy he ganado cuarenta minutos o he perdido doce: me quedan siete años, nueve meses, tres días y cinco horas”. El único aspecto oscuro de la investigación es si el tiempo dedicado a realizar acciones que retrasen la muerte no será a la postre equivalente al tiempo ganado y que para vivir de los ochenta a los ochenta y dos sea preciso no vivir de los treinta y ocho a los cuarenta. Tampoco está demasiado claro que el doctor de Cambridge conozca las variables del problema como dice.
Los charlatanes han conseguido convertir en dogma la creencia de que hoy se vive más que antes (una cosa es que más gente viva más y otra distinta que se viva más), pero los datos no siempre les dan la razón. La esperanza de vida del español, por ejemplo, ha descendido este año coincidiendo con una bajada espectacular del consumo de tabaco y un incremento de los hábitos deportivos. Algo no casa. No digo que haya que desconfiar de la medicina y la estadística, hijas piadosas de la charlatanería, pero me gustaría recordar que la fortuna, imperatrix mundi, es invencible y que lo que se evoca en los poemas es el estilo que empleó para destruirnos.