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La final se rompió con la superioridad física brasileña en el primer tiempo

Brasil arrolla a la cansada selección española y gana la Confederaciones en un aviso de cara al Mundial de 2014

lunes 01 de julio de 2013, 01:45h
España no ha conseguido agrandar su leyenda con una victoria en la Copa Confederaciones tras caer ante Brasil en la final del torneo. El equipo dirigido por Vicente del Bosque se vio superado por la exuberancia física carioca y no pudo evitar que el partido se decidiera en el primer tiempo. Los goles de Fred -por partida doble- Neymar cerraron un marcador muy duro que sirve de aviso para el Mundial del próximo año.
El mítico y renovado estadio de Maracaná se pintó de amarillo para convertirse en un infierno ambiental por obra y gracia de la entregada afición carioca que llenó las gradas del coliseo más famoso de este deporte. Brasil, la nación y la selección de fútbol, necesitaba con urgencia una convincente victoria en la Copa Confederaciones, la prueba de fuego destacada de cara al Mundial de 2014. Por ello, el presunto ambiente festivo idóneo para que España ganara, por fin, el único trofeo que le falta se tornó desde la ceremonia de los himnos en una caldera que acompañara al efervescente planteamiento de Scolari.

El seleccionador brasileño ha impregnado de su identidad agresiva al equipo que dirige y no cambió su guión ante la calidad española. Repitió su esquema habitual con un centro del campo físico y la calidad repartida entre la retaguardia y la delantera. El respeto al simbolismo de la actual campeona del mundo brilló por su ausencia, como ya ocurriera con Italia en semifinales. Felipao ordenó ahogar el juego combinativo patrio para robar la posesión y golpear con vehemencia a base de pelotazos desde los precisos David Luiz y Thiago Silva.

La lucha por el control del centro del campo, y, por ende, del ritmo del partido sería definitiva bajo esta hoja de ruta. Del Bosque apostó por Mata para mantener la principal herramienta española, la pelota, y prescindió del doble pivote. Busquets debería amarrar las transiciones rápidas locales y Xavi e Iniesta tendrían que trabajar para hacer fluir el juego de pases. Brasil ha sabido usar de forma sistemática su condición de anfitrión para romper los partidos en el primer cuarto de hora, por lo que la concentración inicial debía ser absoluta.



Pero el equipo español falló en la plasmación de la teoría a la práctica. Neymar se dejó caer en la primera jugada del partido para encender a la grada y a partir de ahí España se diluyó en el caos generado en el césped. No en vano, el primer gol del partido llegó en el segundo minuto. David Luiz envió un pase largo teledirigido a Hulk -ante la escasa presión del combinado nacional-, éste centró al segundo palo, Arbeloa marró en su despeje y Fred cazó el rebote para batir a Casillas. El peor escenario posible se estaba desarrollando.

Óscar pudo hacer el segundo minutos después tras un robo y salida brasileña. Los cariocas mordían a la salida del balón de Ramos y Piqué y España se perdía en errores de precisión en pases horizontales. La precipitación comenzó a adueñarse de los visitantes y Luiz Gustavo y Paulinho decidieron embarrar el juego y quemar el ardor de la grada. Arbeloa pudo ver la roja en el segundo pase en profundidad a la espalda de la descolocada zaga española y se formó la primera tángana del partido. Nada de lo sucedido hasta entonces favorecía a la calidad española. La reiteración de patadas cortaba la red de pases patria y tan solo un tímido chut lejano de Iniesta -en el minuto 19- permitía tomar un respiro ante la tormenta física de Brasil.

No hizo falta que Neymar tocara la pelota para desequilibrar la templaza de la campeona de Europa. La presión e intensidad brasileñas sacó del partido a los nuestros, sin respuestas tácticas para capear el vendaval. Los robos en el centro del campo eran continuos y las ocasiones se sucedían en la portería de Casillas. De hecho, fruto del éxito del planteamiento de Scolari, España sufría ya en el minuto 28 un 1-0 y dos amarillas a sus laterales. Hulk cerró la primera media hora con un cañonazo desviado al lanzamiento de una falta frontal.


Esta final debía ganarse con paciencia y fortaleza psicológica. Los brasileños, haciendo honor a la actitud futbolística que exhiben sus clubes, provocaban a nuestros representantes, ejecutaban chilenas, taconazos y perdían tiempo en cada oportunidad adecuada, con jaleo frenético de la grada añadido. Había que sobrevivir a todos esos elementos y, tan solo, Iker Casillas parecía estar conectado en la final. El capitán salvo un mano a mano decisivo en el 32. El portero del Real Madrid sostenía a una España abrumada ante el despliegue físico y táctico brasileño. La posesión de balón debía permitir crecer la confianza española y el paso de los minutos jugarían a favor del combinado dirigido por Vicente del Bosque por el lógico descenso físico del exuberante músculo local.

El último cuarto de hora del primer tiempo llegó con la presión brasileña achicada y la posesión española maquillada aunque no encontraba la verticalidad necesaria para crear peligro. Pero la pegada española no tiene hueco en el análisis táctico. Torres enlazó con Mata en el 40. El asturiano ejecutó un brillante control orientado y cedió a Pedro que, llegando desde segunda línea batió a Julio César. Sin embargo, su disparo no entró en la meta porque David Luiz se cruzó de manera espectacular. El central salvó bajo palos el fogonazo de clase español. Con los brasileños añorando la pausa y España ganando peso se cerraba el primer acto.

Neymar, el principal peligro sobre el papel pasaba desapercibido. El sistema de Scolari estaba ganando la partida. Pero el delantero del Barça no quiso ceder más protagonismo al colectivo. Un nuevo robo y salida, que penalizaba la decisión de omitir el doble pivote y dejaba sin ayudas a Busquets, creó el espacio para que Óscar cediera a Neymar que, tras controlar en el pico del área, colocó un chut brillante en la escuadra de Casillas. El físico, la táctica, la concentración y los goles deshicieron a España en los primeros 45 minutos de partido.


Amén del obligado discurso reconstituyente en el vestuario que convirtiera la utopía en una remontada razonable, Del Bosque sabía que se antoja necesario ejecutar cambios antes de que se reiniciara el juego. El amonestado y desacertado Arbeloa dejaba su sitio a César Azpilicueta en pos de amarrar en defensa y aportar en ataque. España tenía que amoldarse a la presión rival para aprovechar los espacios entre líneas. Así llegó su único disparo peligroso del partido. Si el cuidado de la pelota no era factible, la implementación del plan b no debía esperar demasiado con 2-0 en el marcador.

Pero, de nuevo, Brasil salió a morder en el reinicio de partido y la Roja volvió a verse abrumada. Las combinaciones no llegaban a bueno puerto y dar dos pases seguidos se convertía en una obra de orfebrería. Un mal despeje de Ramos en el segundo minuto del segundo acto cayó en los pies de Marcelo que, ya en campo español, filtró su pase a Hulk. Éste, colocado en la frontal del área, cambio de sentido para que Fred, desde el pico del área, batiera a Casillas otra vez. La voluntad patria debía ya centrarse en evitar el ridículo. Sin embargo, Del Bosque no esperó más y decidió meter en el campo a Jesús Navas en el puesto de Mata y, al mismo tiempo, desechar la opción de amarrar para evitar el sonrojo.

El extremo sevillano dio la razón en lo ofensivo al técnico salmantino al instante. En su primer contacto con la pelota encaró a Marcelo y forzó el penalti. La opción de recortar distancias en el 54 de partido tomaba cuerpo. Pero el orden en el lanzamiento de penas máximas -o su ausencia- otorgó la responsabilidad a Sergio Ramos, por encima de Torres o Xavi. El central chutó fuera. No era el día español. La final ya estaba rota y era cuestión de salvar el honor de la mejor selección española de la historia.

El seleccionador patrio agotó los cambios al quitar a Torres e incluir a Villa en el partido cuatro minutos más tarde. Con la figura del extremo pegado a la cal, el delantero centro apostado en el área rival y la intensidad defensiva brasileña ciertamente relajada, debían llegar las ocasiones españolas. Pero la Canarinha seguía bien cerrada, las imprecisiones pertenecían a España y el peligro a Brasil, que tenía ahora más espacios para golear con Busquets, el único pivote nacional, desbordado: Marcelo tuvo -en el minuto 64- el cuarto tras combinar con Neymar entre líneas y estrellas su intento en el lateral de la red española, Casillas evitó el mano a mano con Óscar en el 65 y Piqué vio la roja en el 67 tras sufrir una nueva contra de Neymar sin red de seguridad en el centro del campo español. Tan solo un chut débil de Ramos que se fue desviado permitía un respiro a los nuestros.

Scolari arrancó entonces el carrusel de cambios para regalar minutos en el partido a los menos habituales y dar la final por sentenciada. Hulk se retiró por Jadson, Fred hizo lo propio por Jo y Paulinho cerró las sustituciones al dar paso a Hernanes. El último cuarto de hora de la debacle española llegó al ritmo de los oles del público. La final agonizaba con las continuas llegadas brasileñas a la meta de Iker ante la incapacidad nacional de crear peligro o, si quiera, hilvanar una jugada combinativa. Pero otro fogonazo de clase dejó a Pedro la ocasión de anotar el gol de la honra. Por el contrario, el canario rozó el tanto en los instantes finales con un chut que desvió a saque de esquina el felino Julio César.

Césare Prandelli avisó antes de las semifinales que la principal enseñanza extraída de esta Confederaciones para aplicar en el Mundial de 2014 era convocar a 23 atletas antes que a 23 futbolistas. España, que en la final se ha visto maniatada por el potencial físico brasileño, se va de esta aventura brasileña con la percepción de haber malgastado una oportunidad única de cerrar el lustro legendario que arrancó en la Eurocopa de 2008. La posibilidad de consumar el Maracanazo se esfumó desde el segundo minuto a base de fortaleza, sacrificio colectivo y puntería. Brasil es justo vencedor de este campeonato y favorito absoluto para levantar la copa Jules Rimet en junio del año próximo. La selección nacional, que a pesar de la erosiva derrota sufrida no cede su puesto de favorito destacado, debe aprender la lección de los dos últimos partidos: la calidad no gana sin ajustes tácticos.


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