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Imputados, amputados y reputados

jueves 04 de julio de 2013, 20:33h
Estamos en la era de los imputados. En la sociedad española, pronto no se será nadie si no se ha sufrido una imputación de algún tipo. Se imputa a los ricos por evasión de impuestos, a los políticos por cohechos y corruptelas varias, y a los pobres por robos miserables. En la época de Dickens, el robo miserable consistía en coger una manzana y salir corriendo; hoy, consiste en encontrarse una tarjeta de crédito y salir corriendo al Carrefour a comprar tres bandejas de salmón ahumado noruego y un paquete de pañales de marca para el churumbel. Los tiempos cambian que es una barbaridad.

En la época de Dickens, los desahucios eran moneda corriente. En la sociedad inglesa del momento, iba a la cárcel toda la familia, no solo el cabeza, y las cárceles eran mundos de desahuciados, sociedades con sus normas, sus bebés y sus ancianos. Una para-sociedad en toda regla. Los abogados, esos intrigantes victorianos hoy en día reconvertidos en banqueros, se lavaban las manos incesantemente para intentar borrar la mancha, como Uriah Heep, pero no lo conseguían porque las cárceles eran muy grandes y en ellas había demasiada gente. Uriah Heep, como leguleyo, los ayudaba a entrar en ese infierno y luego quería ser puro y limpio. Y si era posible, casarse con la más guapa y la más inocente. Pero las manchas del corazón no se lavan, ni real ni simbólicamente, eso lo sabe cualquiera que se las haya manchado. El papa dice hoy que los políticos corruptos son el Anticristo, y yo me pregunto cuántos Anticristos habrá en el mundo. Yo, hasta ahora, había vivido en la espera de “el Anticristo”, uno, solo y malvado. Ahora parece que anticristos hay cientos, o quizá miles, y que encima han sido elegidos democráticamente. Y yo me pregunto, ¿a qué punto de depravación hemos llegado para elegir a nuestros anticristos por sufragio universal? ¿Tanto los amamos?

La imputación, aunque muchos no lo recuerden, la puso de moda Clinton. Parece ser que una becaria suya deseaba coger un cáncer de garganta del tipo del de Michael Douglas, y los pillaron. Los republicanos, claro. Y le hicieron un “impeachment” a él, que era el sujeto pasivo de ese intento de contagio. Si uno googlea “impeach”, verá la sonriente cara de Mónica Lewinsky junto a la palabra. Y eso que la imputada no fue ella. En principio se diría que “impeach” tiene relación con “peach”, melocotón. Al que imputan en inglés, en cierta manera lo “enmelocotonan”, lo que no está nada mal. Conozco a más de uno en España que preferiría ser enmelocotonado que imputado. Pero no, en realidad “impeach” viene de “im-pedicare”, “atar por los pies” o “impedir”. A uno le hacen un “impeachment” y lo dejan impedido. Frente a ello, si lo imputan --que viene de “imputare”-- lo meten en una lista de responsables. Lo ponen “dentro”, simbólicamente, claro. A algunas, en cambio, las ponen fuera y eso se llamaría “exputar”, aunque los jueces, que son muy finos y se lavan mucho las manos, prefieren no usar esas palabras. Sería un poco embarazoso tener el título de “exputado”, o “exputada” si cambiamos de género. Imaginénse decir “la infanta fue exputada ayer, pero su marido fue imputado”. Raro, ¿no? Aunque quizá fuera más raro decir que alguno de los dos fue “amputado”.

Porque una variante curiosa de la im-putación es la amputación. “Amputar” viene de “amputare”, poner aparte, separar. La amputación es algo trágico, mientras que la imputación siempre tiene algo de cómico. Te imputan, y la gente se ríe y te dice cosas. Te amputan, y la gente te compadece. Incluso cuando es una amputación voluntaria, como la que se ha hecho Camps en sus narices o Angelina Jolie en sus pezones. En general, solo los ricos y los políticos se amputan cosas voluntariamente. Los desahuciados esperan a que les amputen los miembros, porque a lo mejor así se come menos. Aunque sean insectos, como recomienda la ONU para paliar el hambre en el mundo. En este sentido, parece que la Generalitat ha detectado que parte de su población infantil presenta malnutrición. Y la noticia me ha parecido sospechosa, con todos los buenos productos que tienen. ¿No estará de por medio algún lobby catalán de cría de insectos? Por si acaso, el otro día intenté comerme una hormiga. Por eso de ir probando. Antes de metérmela en la boca, le pedí perdón como buen budista. Pero cuando sentí el cosquilleo de sus patitas en la lengua me arrepentí, la saqué y la posé en el alfeizar de la ventana de mi cocina. No se asusten, no tenía intenciones aviesas. Es un bajo y la hormiga tuvo un descenso fácil hasta su hormiguero.

El otro día leía a Valle Inclán y me llamaba la atención la cantidad de amputados que salen en sus obras de tema gallego. Él mismo practicó la amputación, pero preconizó la imputación en sus obras madrileñas, sobre todo en “Luces de Bohemia”, en la que los políticos reciben una imputación literaria de altura por parte de un amputado ilustre. Como Cervantes, otro amputado, aunque más o menos dudoso. En realidad, el autor del Quijote fue amputado tras Lepanto e imputado por sus juegos de manos con el dinero del fisco que recaudaba. Metía la mano (que no tenía) donde no debía, y le metieron a él en el trullo, lo “enmelocotonaron”. Sin mucho almíbar. Pero gracias a eso disfrutamos de su reputado Quijote.

Y yo me pregunto, ¿qué es más reputado, ser imputado o amputado? Si juzgamos la reputación a corto plazo, está claro que la imputación gana, pero si lo vemos a largo plazo e incluimos la gloria literaria, la amputación gana de largo. Ya saben, a no ser que busquen entrar en el parnaso, puestos en la disyuntiva, exijan que los imputen. Aunque no tenga nada que ver con el melocotón.
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