La Juventus de Turín presentó el pasado martes a Fernando Llorente como su nuevo delantero estrella. Se cerraba, de este modo, uno de los episodios más complicados de digerir en la historia del Athletic Club de Bilbao: sus dos mejores futbolistas de las últimas décadas decidían abandonar la institución que les vio crecer en base a una concepción romántica de este deporte. La decisión de estos campeones del mundo ha generado airadas reacciones en el seno local y, por extensión, ha desempolvado el debate que sigue suscitando la filosofía del equipo vizcaíno.

Cuando
Fernando Llorente Torres viajó de su Pamplona natal a Lezama para probar sus dotes futbolísticas tenía 11 años. Aquel niño, que ya mostraba su capacidad técnica a esa tierna edad,
enamoró a José María Amorrortu, director de la legendaria cantera bilbaína de aquella época -1996-. La clase que emanaba el delantero provocó, incluso, que el jefe del fútbol base le buscara una casa amiga para que su estancia en la capital vizcaína no resultara demasiado traumática. El pequeño Fernando
recibió la acogida de la familia Zambala y con ellos vivió hasta que cumplió catorce años. A esa edad se incorporó a la
residencia de estudiantes de Derio, donde conviviría hasta los 20 con la camada de cachorros que hoy nutre el primer equipo.
Ese
meticuloso cuidado que el Athletic proporcionó a Llorente en su crecimiento como futbolista y, por ende, como ser humano,
aliñado con los valores sociológicos que rodean a la filosofía del club, es el bagaje vital que arraiga -o debería arraigar- a los canteranos con la institución. La trayectoria de
Julen Guerrero, aquel centrocampista fino, elegante, que destacaba sobre el juego enfangado del Bilbao de los 90 y rechazó varias ofertas jugosas de los gigantes de España y Europa, ha reforzado, de manera inevitable, la particular concepción romántica de este deporte y sus connotaciones políticas. Julen jugó 14 años en Primera División y más de 370 partidos. Todos ellos defendiendo los colores rojiblancos. De este modo
refrescó el camino de la lealtad a la camiseta, una elección que se convirtió en una suerte de imposición para todos los canteranos y, con mayor motivo, a los más destacados.
Sin embargo,
el despegue del nivel futbolístico de Javi Martínez y Fernando Llorente y de sus respectivas carreras con la selección española -campeones del Mundial de Sudáfrica y de la última Eurocopa-
empezó a despertar en ellos el hambre de gloria en el ámbito de clubes, y el Athletic no iba a conseguir, de ningún modo, alcanzar la natural ambición de gloria de estas dos perlas.
Marcelo Bielsa, la figura a la que los analistas locales han señalado como principal impulsor de la salida de Llorente y Martínez por un presunto abuso de ferocidad en la exigencia a sus jugadores, se despedía del Bilbao del siguiente modo: “
El fútbol, que tantas veces tiene un lado mágico, me premió con la posibilidad de vivir dos campañas inolvidables en Bilbao, que en mi caso han significado una formidable experiencia humana y profesional”. “Esta intensa etapa ha trascendido lo futbolístico”, continuaba el Loco. “
Aprendí que Vizcaya se expresa a través del Athletic y la afición se emociona con el fútbol de una manera singular, por lo que, creo que he comprendido los sentimientos, valores y principios que sostienen a este club”. El técnico argentino, que ahora brindará su sabiduría al Santos brasileño, cerró su discurso de despedida apuntando que “
quiero recordar con cariño a los niños de Bizkaia, porque con su ingenuidad transmiten de forma natural lo que significa el sentimiento por el Athletic y garantizan que el vínculo seguirá siendo masivo, duradero e indestructible”.
Se antoja necesario incluir el análisis de
Bielsa en esta reflexión porque su llegada al banquillo de San Mamés
catapultó -de manera involuntaria, ya que nadie desea que sus dos mejores piezas se quieran marchar con el proyecto recién gestado-
las urgencias vitales de Llorente y Martínez por ascender unos cuantos peldaños en el universo futbolístico. No en vano, el salto de calidad que supuso para estos dos jugadores el hecho de recibir la invitación de Vicente del Bosque no encontró coherencia en el club bilbaíno hasta que Marcelo transformó el estilo de juego para luchar por títulos de nuevo. La
hazaña por la que el todopoderoso Manchester United se vio obligado a arrodillar su leyenda ante la estatua de Pichichi representa el ejemplo idóneo del cambio de mentalidad que imprimió Bielsa. Sin embargo, todo aquel sacrificio, la ilusión generada en una hinchada que no recordaba a su estadio rugir, encendido, para acercar un trofeo continental, se quedó en un
desafortunado aperitivo.
Aquellas finales perdidas con sendas goleadas golpearon la moral de un vestuario convencido de la transformación de una utopía en realidad, pero, sobre todo,
clarificaron el ansia por avanzar de los dos leones destacados, que tomaron conciencia de la necesidad de emigrar, aunque esto les costara
incomprensión por una supuesta falta de lealtad. 
Como no podía ser de otro modo, la incomprensión hacia la decisión de las únicas estrellas surgidas en la cantera bilbaína desde el mitificado Julen Guerrero se hizo patente, incluso de manera rocambolesca. El Bilbao publicó el 11 de septiembre que
Javi Martínez -que optó por salir de inmediato para evitar lo sufrido por Llorente con posterioridad-
saltó la valla que rodea las instalaciones de Lezama a las 00:15 de la noche y, al verse reducido por la seguridad del recinto, se identificó y explicó que había acudido de aquella manera para recoger sus pertenencias. El excelso centrocampista, que ha explotado en el Bayern campeón de Europa y dejó más de 40 millones de euros en las arcas del club vasco, desmintió aquella versión con rotundidad: “
Me abrieron de forma totalmente normal y de entrar cual ladrón, ni hablar”. “Es increíble que haya gente que crea que esa historia es cierta", declaró con resignación el mismo futbolista que, meses más tarde, calmado ya el torrente de críticas por su presunta condición de traidor, subrayaba que “
el Athletic es un club muy especial, único en el mundo por su filosofía, su sentimiento, que lo da todo por sus jugadores y hay que vivirlo para entenderlo, porque pocos tienen la suerte de jugar allí”. Tras esta muestra de devoción al simbolismo del club, Martínez diagnosticó el paso que, en el momento en el que realizó este análisis -16 de febrero de 2013-, acababa de dar su amigo Llorente. “
Su situación es parecida a la mía, quería crecer como futbolista, dar un paso importante y creyó que era el momento”, explicó.
Su deseo de crecer era similar. Su situación, lastimosamente, no.
El Rey León sufrió el acoso de la prensa local en primera instancia, que no escatimó vehemencia en señalar a Llorente y a Bielsa como culpables de la estrepitosa caída tras la sorprendente temporada de 2012, el
hostigamiento de un sector de la grada -que le tildaba de “español” desde su debut, como ha lamentado el propio delantero- y, por último, el
ostracismo del club. Una exclusión del merecido protagonismo que le ha costado la convocatoria de España para la pasada Copa Confederaciones.
"Las negociaciones no se llevaron de la manera que a mí me hubiera gustado, porque se filtró lo que iba a cobrar, se me metió presión desde los medios locales y se me echó a la gente encima”, explicó Llorente tras el anuncio de su fichaje por la
Vecchia Signora. Sin embargo, tras señalar el
“ambiente enrarecido y adverso hacia mi persona” y a los culpables, a su juicio, el delantero subrayó con rotundidad que
“para mí este equipo lo ha sido todo, mi club de toda la vida, pero voy al mejor equipo de Italia, a uno de los mejores de Europa y del mundo y triunfar en la Juve es un sueño”. Fernando, el futbolista que con 11 años fue acogido por el Athletic, trazaba una apreciación similar a la del eje del Bayern de Munich:
el corazón es rojiblanco, pero las necesidades vitales obligaban a ejecutar un salto de calidad.
Llorente, destinado a ejercer de
Capo Cannoniere del doble campeón del
calcio italiano y primer español que goza del privilegio de ser reclutado por el gigante
bianconero desde
Luis del Sol, resumió en la presentación del pasado martes la experiencia vivida para concluir su discurso ofreciendo la esencia de su supuesta traición a la pureza del club vizcaíno: “
Ha sido un año complicado, porque no he podido hacer lo que más me gusta, que es jugar al fútbol, y jugar todo lo que me habría gustado. Es por eso que no he podido estar en la selección y es eso una de las cosas que más deseo, volver a la selección”. “Esta es una
oportunidad para seguir creciendo como jugador y ojalá que pueda llegar muy alto", sentenció el “9” de la Juve. Mientras tanto, en Bilbao, los dirigentes que han decidido
derruir La Catedral del fútbol vasco en pos de ofrecer unas instalaciones más modernas, sin alejarse de la tradición expresada en la sede del club, el
Palacio de Ibaigane, parece que todavía no han aplicado la flexibilidad contemporánea a los esquemas sobre los que se mueve la carrera de un futbolista en la actualidad globalizada. Si bien los estatutos fundacionales del club siguen resultando innegociables, y es aquí donde reside la singularidad del Athletic, la comprensión de las necesidades existenciales de sus perlas más preciadas, los futbolistas, se antoja, todavía,
utópica.