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el colombiano sacó las garras para defender su fichaje

Falcao y el Mónaco: la decisión que convirtió la humildad del [i]tigre[/i] en arrogancia

jueves 11 de julio de 2013, 04:26h
La pomposa presentación de Radamel Falcao como delantero estrella del Mónaco ha desempolvado la polémica decisión por la que el goleador colombiano, que disfruta del mejor momento de su carrera, con la edad idónea para luchar por la gloria, cambió los objetivos deportivos en el Atlético o en la Premier League por un suculento contrato, en un club recién ascendido a una competición menor. Para completar el enrarecido paisaje, alejado de la humildad embelesadora con la "el Tigre" enamoró en Madrid y Oporto, el punta desafió a los analistas que consideran su fichaje como un grave paso atrás en su carrera y ha sorprendido a propios y extraños. Por Diego García


"Believe and you'll see the Glory of God" ("Cree y verás la gloria de Dios"), rezaba la camiseta interior que Radamel Falcao portó debajo de la elástica rojiblanca mientras levantaba la Supercopa de Europa tras arrasar al Chelsea -que acudía a la cita como campeón de Europa- con 45 minutos de venenoso arte. Después de exhibir, en grado sumo, las cualidades que le habían llevado a ejecutar un hat-trick a la defensa que cerró la puerta al Barça de Guardiola y Messi, ese era el místico mensaje que el mejor delantero centro que ha pasado por el Vicente Calderón desde Hugo Sánchez. El collage que asombró al planeta en aquella final continental -exhuberante potencia física, sabiduría afilada de los espacios vacíos a aprovechar en el área y feroz calidad en el golpeo de balón- quedó en un segundo planto al término de los 90 minutos por decisión del principal protagonista de semejante actuación memorable. Radamel quiso que cuando el balón dejara de rodar, los focos recayeran sobre otros: "El equipo hizo un gran partido, mis compañeros jugaron muy bien y estamos felices por este regalo que nos ha dado Dios". Acababa de apagar el brillo de Leo Messi y Cristiano Ronaldo por una noche, para confirmar a los incrédulos que un colombiano se había sentado, desde hace tiempo, en el trono de mejor rematador del planeta.

Bajo esta dialéctica, por la que las ilustres cifras goleadoras que han acompañado al "Tigre" desde que desembarcara en Oporto se deben a buenos pases de los compañeros y a la cortesía divina para con el trabajo vehemente, Falcao ha enamorado a todo aquel que ha tenido la ocasión de escuchar su testimonio. Cuando un atacante -egoísta por naturaleza- que cabecea a la escuadra un centro para ganar la Europa League en 2011, descose a la zaga del Loco Bielsa para repetir cetro europeo en 2012 y levanta de sus asientos a los directores técnicos de los clubes más selectos del Viejo Continente al comprobar su meteórico crecimiento, responde a los elogios con una tímida sonrisa y con argumentos que justifican su éxitos como una simple consecuencia del gran trabajo del equipo, el aura del futbolista crece. Adquiere una pureza exótica en la jungla económica que gobierna el balompié actual. La actitud fuera del terreno de juego del símbolo de la marca Colombia, sin una expresión mínimamente egocéntrica o agresiva ante las críticas, ha colocado a Radamel en un lugar destacado, completando el círculo del éxito deportivo con una imagen impoluta como ser humano.


Sin embargo, el pasado martes se culminó un proceso que ha cambiado la percepción sobre el astro cafetero. El Mónaco presentó a su nuevo delantero estrella con el lujo que el Principado y la ocasión merecían. Se cerraba el último capítulo de la decisión que ha ensombrecido la blancura que emanaba de la historia del muchacho que cumplió su sueño de jugar al fútbol, que trabajó para crecer y conseguir los éxitos en su deporte, con la ayuda de su fe y alejado de los vicios terrenales. Y se cerró con unas declaraciones que confirmaban el cambio de escenario. "Mucha gente puede pensar que fue error venir aquí y pueden tener razón, pero cuando ganemos un título, la razón estará de mi lado", aseveró Falcao con severidad. El tono aplicado para desafiar a los analistas que piensan que es un error elegir al Mónaco resulta similar al empleado por el colombiano cuando desmentía, con escasa templanza, a los periodistas que le preguntaban, a final de temporada, por las negociaciones con el club monegasco. "No sé nada del Mónaco, lo que dicen los medios de comunicación, para mí, no tiene ningún tipo de credibilidad y, desde que llegué ya me habían puesto en todos los equipos de Europa, así que no sé qué pensar", sentenció en la rueda de prensa previa a la Final de Copa ante el Real Madrid, el partido que más ilusión ha despertado a la afición colchonera en las últimas décadas. La hinchada del Atlético recibió, en la festiva jornada previa, caras largas y respuestas en tono árido de su estrella.

El uno de junio se escenificó la despedida de Radamel con el club al que había embelesado por méritos deportivos y fuera de la cancha. Con los miles de ciudadanos a los que había logrado hacer olvidar la cruda realidad cada domingo en el Calderón. Cuando Enrique Cerezo cedió el micrófono al colombiano, éste solo consiguió balbucear. La emoción se apoderó de su fuero interno y transformó la tímida sonrisa en un torrente de lágrimas. Se arrancaron varios aplausos antes de que el goleador pudiera agradecer a los empleados del club su ayuda en sus dos años de estancia en Madrid. "Aquí he vivido momentos que no voy a olvidar en mi vida", explicó embargado por la emoción. Así dijo adiós al Atlético, con rotunda y sincera amargura. Quizás había interiorizado ya las consecuencias que el paso que acababa de sellar iban a tener en su sueño de llegar a triunfar en el fútbol.


Ahora, un meses más tarde, el ser humano roto que abandonó entre sollozos la sala de prensa del coliseo colchonero -y provocó el llanto en los asistentes a aquel adiós, sabedores de que se despedían de un hombre íntegro amén de un futbolista excelso- ha asumido el coste de la decisión adoptada y ha de defenderla sin fisuras. Falcao ha apostado por frenar el camino lógico que sus capacidades indicaban para convertirse en la imagen de una liga menor y de un recién ascendido, eso sí, en una localización con ventajas fiscales incomparables y con un salario de 14 millones de euros al año. Las tentaciones monetarias -patrocinadas por Jorge Mendes, el agente que más rédito saca a sus futbolistas en el mundo- se han cruzado en el idílico guión deportivo que soñó cuando, con 15 años, abandonó a su familia para fichar por la cantera de River. Tras alcanzar el estatus de mejor rematador del momento y ejercer de protagonista en dos gigantes como Atlético de Madrid y Oporto, el "Tigre" se desvió de su objetivo para, en plenitud de forma y con la mejor edad -27 años- para explotar en un gran club y empezar a transformar su figura en leyenda, hacer un pit stop y llenar las arcas. De ahí nace la arrogancia del desafío lanzado en su presentación. El cafetero ha comprendido que esta apuesta frena su anhelo y actúa en consecuencia.

Pero esta no es una situación única en la historia de este deporte. Cuando el joven y díscolo Zlatan Ibrahímovic jugaba en la segunda división sueca, soñaba con crecer, mejorar y convertirse en el mejor jugador del planeta para, de este modo, ganar títulos. El Ájax de Armsterdam se fijó en su abrumadora calidad técnica e Ibra deleitó al exquisito aficionado tulipán. La Juventus sería el siguiente peldaño del joven sueco, que buscaba el crecimiento personal aliñado con una Champions League, la guinda que anhela todo futbolista. Acompañado por el astuto Mino Raiola, Zlatan ganó el Scudetto en Torino y en Milán, con la camiseta nerazzuraa. Todo iba sobre ruedas: el delantero de origen eslavo había elevado su nivel al de los mejores, dominaba en el área con genialidades dignas de un artista. Pero la Copa de Europa no llegaba. Para conseguirla, optó por fichar por el club hegemónico de la época, el Barcelona de Guardiola. Había aceptado ceder protagonismo y sueldo en pos de levantar el cetro continental. Pero se cruzó su ex equipo y su anterior entrenador, el Inter de Mourinho. El Barça cayó en semifinales y el guión deportivo, con 29 años y en plenitud- pasó a un segundo plano. Huyó de Guardiola, al que calificó como "el filósofo que me ha quitado la ilusión", para acabar en el París Saint Germáin tras un viaje a Milán -donde no le pagaron lo prometido-. Un club de segunda fila en una competición de segunda fila. La razón: 12,5 millones de euros al año. La decisión, a estas alturas, resulta obvia. El sueño ya no tiene sitio.


Aunque, el fútbol brinda ejemplos más cercanos y similares al caso Falcao. Diego Ribas, fino mediapunta brasileño que ganó la Europa League con el Atlético de Agüero y Forlán, adoptó una postura similar cuando Enrique Cerezo le ofreció seguir en un equipo que ya había contratado a Radamel. El carioca, que había perdido su sitio en la Canarinha, se negó a proseguir su ascenso en lo deportivo para seguir llenando sus arcas. El centrocampista cerró la puesta al club madrileño de un portazo sabedor de que en el Wolfsburgo le esperaba un contrato de dos años a razón de 5 millones de euros por temporada. Pues bien, con una edad similar a la del "Tigre" -27 años-, el señor Ribas ha jugado toda la temporada pasada para no descender a la segunda división alemana. Este ha sido el precio que ha pagado Diego por elegir el camino del dinero. Este verano, al parecer, el jugador es más receptivo ante una posible rebaja de sueldo para regresar al Calderón. "Lo que quiero es jugar la Champions porque lo echo de menos, viendo los partidos por televisión, y me gustaría que hubieran contactos con el Atlético, porque quiero volver, aunque ahora todo está en manos de los dirigentes", ha declarado.

Los jugadores han afrontado el balompié, tradicionalmente, desde el corazón o la cabeza. Con el correr del tiempo y la llegada del boom económico relacionado con el deporte rey en el continente europeo, la percepción de los caminos a escoges ha añadido una posibilidad alternativa: el bolsillo. La globalización futbolística actual -de la que emergen las situaciones relatadas con anterioridad con el beneplácito de los representantes de jugadores- pareciera no dejar hueco a concepciones románticas de la carrera deportiva. Francesco Totti, referente del literario calcio, demuestra que todavía hay elecciones en las que el corazón prevalece. Totti, eterno capitán de la Roma, ha rechazado múltiples ofertas para defender los colores del club de su niñez. A pesar de estar dotado con la calidad suficiente para liderar cualquier coloso continental, Francè ha permanecido en una institución que raramente ha alzado títulos. "Ha malgastado su talento porque solo ha ganado una Liga", le acusan sus detractores. Preguntado por lo extravagente de su lealtad en los tiempos que corren, el icono romanista respondió lo siguiente: "No soy tonto y sé que vivimos un tiempo así, pero mi amor por la Roma viene de muy pequeño porque yo seguía a la Roma en la curva (fondo del estadio) cuando era adolescente y pude tener el privilegio de llegar a compartir equipo con mi ídolo de juventud, Giusepe Giannini. Cuando destacaba jugando al fútbol infantil, me vinieron a buscar del Milan para hacerme un contrato pero mis padres se opusieron y yo también, porque siempre fuimos tifosi de la Roma y no me siento en condiciones de traicionar este sentimiento".
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