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No se vaya, señor Wert

jueves 11 de julio de 2013, 20:29h
La táctica más fina y el acoso mejor encauzado de la oposición política actual frente al programa del Gobierno consisten en impedir que gobierne apoyándose en la mayoría absoluta que lo alzó al poder. Por un lado, la contraposición estructural. Por otro, un acercamiento disimulado que propicie, si no pactos, sí, al menos, cotos de interés que vayan puliendo la distancia intermedia entre el partido gobernante y el oficial opuesto. Conciertan entonces actitudes comunes relacionadas con Europa. Al primer aspecto se une el ágil y oportunista manejo de ciertos medios sociales y el apoyo de los sindicatos. Del segundo esperan recabar parte de la imagen que una acción conjunta de premisas pueda proporcionarles. Y con ello, un reparto proporcional en la distribución de las ayudas estructurales, como son ayudas de inversión juvenil y otra remesa millonaria de euros para sanear -están enfermos- los fondos escamoteados de los bancos. La versión oficial es otra, sin duda, pero la realidad de la alianza establecida entre partidos y bancos, de su cohabitación con sindicatos y estamentos tanto nacionales, autónomos, como regionales -ayuntamientos, diputaciones, patronatos, algunos con representación eclesiástica -, originó un contubernio sin precedentes en la política española.

Una política que, según vamos viendo, se distancia del orden común de la vida ciudadana y crea una superestructura endogámica. Son tantos los problemas acumulados, tan turbio el horizonte que proyectan los escándalos, que las resonancias se conjuntan comprometedoras. Uno de aquellos cotos de intereses es ocultar, diluir, entretejer sombras que difuminen las huellas de casi todos los pecados políticos: prevaricación, dolo, usura, nepotismo, traición… Se traiciona cuando se roba del bien público, se abusa de la confianza de la gente y se atenta contra las leyes soberanas. Todo esto fue y es moneda de curso aparentemente legal.

Plantearse, por tanto, una reforma educativa con este trasfondo político resulta empeño absurdo. La maraña de intereses creados desde la proclamación del primer presidente socialista en España, más el rescoldo heredado del arreglo anterior para sustanciar una democracia incipiente, impide cualquier reforma o proyecto inteligente de integración española en el concierto educativo europeo. Este espacio público lo acondicionaron y sazonaron los sucesivos gobiernos con marcada orientación ideológica. A lo que normalmente se denomina derecha nunca le interesó en serio la plaza pública de la educación. Si tuvo que afrontarla, lo hizo con restricciones mentales de fuero privado e inversión económica. Y así practicó parches cuando tuvo el poder en las manos, convencida de que tal patio tenía otro dueño y de que lo suyo era proteger la iniciativa privada. Dos concepciones de la educación y el ejercicio político bastante contrapuestas. La solución sería un consenso mínimo estable.

También imposible. Ocasión hubo para ello al introducirse el Proceso Bolonia o Espacio Europeo de Educación Superior, firmado en esta ciudad en 1999. Se culminaba así, tras muchos retoques, el anterior acuerdo de la Charta Magna Universitatum, de 1988, suscrito también en esa localidad. Al tratarse de una nueva estructura de convergencia europea, los políticos no se opusieron al invento, aunque sí muchos sectores educativos, especialmente universitarios. En realidad, Bolonia solo pretendía uniformar criterios generales estructurados en niveles que favorecieran además el entendimiento común, así como un título unificado. Nada se decía de contenidos ni de modos de realizarlos fuera del seguimiento de estudio por créditos, para homologar su transferencia entre países.

El Proceso Bolonia se convirtió en pretexto ideal para, guardando las formas, introducir una verdadera reestructuración a la baja de la educación y sus objetivos. Los países con tradición sólida de sistemas educativos adaptaron a la nueva situación lo que ya tenían, salvando así el nivel de exigencia y tradición consolidada. Algunos conservaron hasta el modelo precedente de licenciaturas a la par del Grado que las sustituía. Aquí, en España, se abrió el cielo para solucionar, de un plumazo, la crisis educativa que arrastrábamos desde hacía años. Bolonia fue y es un sucedáneo de cultura general expandida. Para unos significó la democratización planificada, interactiva, un movimiento de apuntes, esquemas, resúmenes, y poco a poco, la sustitución del libro por folios, o el uso de aquél con muchas páginas ilustradas y ciertos comentarios colaterales. Para otros, y sobre el disimulo democrático, representó además la ocasión de introducir legalmente, y con el aval europeo, criterios empresariales en el núcleo de los programas y de los centros educativos. Se produjo entonces un corte de conocimientos y una reducción peligrosa de continuidad en el proceso de aprendizaje. De ello se encargó una pedagogía de mínimos asentada en ministerios y puestos decisivos de legislación. A más burocracia y dictámenes, más descenso en los resultados obtenidos. Y de forma continuada, año tras año.

En consecuencia, de aquellos polvos, estos barros. La mente organizativa española está embarrada. Impide dar pasos sólidos, convincentes. Por eso se desató un debate absurdo en torno al tipo y cuantía de becas, sobre el que se proyectaron los dos campos ideológicos, ambos con rémora tecnocientífica. Y como si éste fuera el fondo nuclear de la estructura educativa. Con el ruido creado se ocultaron y tapan otros temas más profundos. El ministro Wert quiso curarse en salud delegando en una comisión de expertos el análisis de la situación y la propuesta de reformas básicas ineludibles. Su criterio avalaría socialmente el espíritu de la reforma que anunciaba. Ni así. El fracaso relativo indujo al ministro a anunciar su retirada de la política cuando termine esta legislatura. Tal vez se vea hasta forzado a una dimisión anticipada para ganar tiempo el Gobierno en asunto tan candente como la reforma universitaria, ya redundante. Wert quiso y quiere darle un sentido aparentemente europeo al estudio universitario del futuro. Aparente porque en realidad afecta a pilares sólidos de la tradición moderna de la universidad europea. Su clave es, lo repetimos siempre que podemos, el trinomio del pensamiento, la expresión y el cálculo. Filosofía, Lengua y Matemáticas, disciplinas a las que se añade la Historia como resumen, en el tiempo, de la realidad concreta del hombre. Del trasfondo de la Religión, aunque sea opcional, convertida, por mor del debate y de lo debatido, en ideología, ni hablamos. Es el segundo o primer factor de litigio en la tensión creada entre el espacio público y privado al decidir qué sea y será el futuro de la educación secundaria y universitaria. La reducción del pensamiento al arrinconar la Filosofía, con su Historia, en el Bachillerato, ya atenta contra el hecho religioso, pues todos los filósofos se topan, de uno u otro modo, con esta realidad ineludible, hasta cuando se convierte en nihilismo.

El ministro debe ultimar lo que pretende, pero consensuando más a fondo la reforma. Y lo tiene fácil. Basta con seguir el proceso de Convergencia ideado en Bolonia según lo disponen y aplican países como Alemania, Austria, Francia, Italia, etc. No otras comunidades cuyo número de habitantes no sobrepasa el de Barcelona o Madrid, o los dos juntos, las cuales, muchas de ellas al menos, miran también en esa dirección. Quien proteste o se oponga, rechaza la línea convergente y debe trasladar el debate a Europa.

Derive hacia ahí el problema, señor Wert. Mírese en el espejo de sus homólogos. Tal vez podamos desprendernos así de la plaga que siguió a Bolonia creando la Agencia Nacional Española de Acreditación del Conocimiento, conocida como ANECA. Otra hiperestructura burocrática creada para aligerar y ordenar la confusión del profesorado universitario. A ella se trasladó la rémora pedagógica y burocrática que produjo el desfondamiento de la enseñanza pública. Basta conocer algunos nombres de personas convocadas para acreditar el destino y nivel cualificado de la enseñanza universitaria, entre otros notables, que justifican el disimulo, para convencerse de que estamos sumidos en la misma maraña de estupidez supina. A quien se atreva a remover los cimientos de tales intereses, lo aplastan.

Antonio Domínguez Rey

Catedrático, escritor y crítico literario

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