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¿Golpe de Estado o revolución en Egipto?

Juan José Laborda
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viernes 12 de julio de 2013, 20:18h
Cuando los militares destituyeron al presidente egipcio Mohamed Morsi, en Occidente hubo división de opiniones sobre lo que estaba pasando en Egipto. La alegría de sectores populares, partidarios de un Estado laico y democrático, compartida con los militares que habían tomado el poder, llevaron a muchos analistas y periodistas a calificar los acontecimientos de revolución.

“Revolución” parecía ser más aceptable que “golpe de Estado”, pues este último concepto se asimila a algo parecido al “fascismo”. De hecho, el portavoz de los “Hermanos Musulmanes”, y del detenido presidente Morsi, lo ha denominado así: “golpe fascista contra un gobierno democrático”. Por el contrario, el portavoz del gobierno norteamericano ha esquivado cualquier mención a golpe militarista. En Estados Unidos, derivado de sus malas artes del pasado, se aprobaron normas que obligan a suspender cualquier colaboración con regímenes surgidos del golpismo. El portavoz de la Casa Blanca necesitaba esa omisión, pues la administración estadounidense anunciaba que los 1.300 millones de dólares en ayuda militar a Egipto se mantenían. John McCain, el influyente senador republicano, sin embargo, pedía a Obama que suspendiese toda ayuda a los militares egipcios, hasta tanto no se restableciese la legalidad democrática.

Ahora que los recientes estudios históricos encuentran rasgos compartidos en las revoluciones y en los golpes de Estado, el lenguaje de los informativos occidentales está petrificado en los tópicos del pasado. Como el feminismo, por ejemplo, está contra el machismo de los “Hermanos Musulmanes”, algunas periodistas europeas y americanas celebraron el “pronunciamiento” militar como un avance de la emancipación femenina. Cuando la BBC informó de la muerte de cincuenta islamistas en su enfrentamiento con militares, simultáneamente al hecho de que en las manifestaciones en la plaza de Tahrir se producían muchas violaciones de mujeres, la teoría de que en un lado estaba la libertad -incluso, la libertad de las mujeres- , y en el otro lado sólo se daba la opresión religiosa -desde luego, la opresión femenina-, se vino abajo como teoría cierta.

Fue la consecuencia de ver a Egipto con las anteojeras que clasifican los hechos y los personajes en buenos y malos.

Egipto significa mucho en la civilización islámica. Sólo Turquía tiene una influencia cultural similar. Medina, La Meca o Jerusalén son los lugares santos originarios, como para el cristianismo Belén, Nazaret o la misma Jerusalén. Pero Estambul y El Cairo aparecen como referentes máximos para los musulmanes, lo mismo que fueron Constantinopla o Roma para los cristianos.

A diferencia del cristianismo, en el Islam la religión antecede al Estado. Con alguna excepción: los turcos se instalaron encima de Bizancio, y los egipcios islámicos lo hicieron sobre las estructuras políticas y culturales del Egipto milenario. No fueron como los árabes, fundadores de Estados con la religión. Turcos y egipcios tuvieron su propia Roma: Estambul y El Cairo.

Hay paralelismo entre Turquía y Egipto.

La Turquía actual es el resultado de la política de Mustafa Kemal Ataturk (1881-1938), un militar nacionalista, que modernizó su país con medidas como separar la religión islamista del Estado, la emancipación de las mujeres o la occidentalización de las costumbres civiles. La oposición (religiosa) a ese régimen se encontró siempre con los militares (laicos), hasta que los islamistas aceptaron con el actual primer ministro, Tayyip Erdogan, las bases no religiosas de la constitución turca.

El Egipto de nuestro días es el resultado de la política de Gamal Abdel Nasser (1918-1970), un militar nacionalista, que modernizó Egipto inspirado por la revolución turca de Kemal Ataturk, bien que alineado internacionalmente con los soviéticos ( Kemal en 1921 firmó un tratado con los revolucionarios soviéticos, pero después Turquía formó parte de la OTAN).

El problema de Egipto es consolidar una democracia que se base en la ley y en los Derechos Fundamentales de los ciudadanos. En lo único que están de acuerdo los militares y la mayoría de los islamistas es que sólo puede gobernar quien esté elegido por los votos.

La experiencia de Mohamed Morsi ha sido ejemplar: los “Hermanos Musulmanes” creyeron que con su mayoría de votos podían conducir a toda la sociedad egipcia hacia la “Sharia”, las instituciones basadas en el Corán y en la Sunna. Los laicos, las minorías musulmanas, y otras minorías religiosas (como los cristianos coptos) se han resistido a que los “Hermanos” actuasen en el gobierno de Morsi como un Estado dentro del Estado. Los “Hermanos” no son los partidarios de un “Antiguo Régimen” egipcio; por el contrario, los más militantes son revolucionarios, defensores de una democracia sin Derechos del Hombre, como la de “Hamas”, incluso como la de Irán.

El dilema está en que el sufragio universal y la transparencia en las votaciones ofrecerá, probablemente, un resultado electoral favorable al dogmatismo islámico. El nuevo gobierno de Adli Mansur, surgido después del golpe del 3 de julio, ha previsto que exista una nueva constitución para febrero de 2014, y entonces se convocarán elecciones. Es la única posibilidad: que la mayoría islamista acepte, como en Turquía, una constitución básicamente no confesional.

Y luego está el mayor desafío: normalizar la economía y las funciones del Estado. En Egipto, las ayudas sociales son privadas, y dependen de la red de protección social que mantienen los “Hermanos Musulmanes”. En sentido contrario, una gran parte de la economía sigue perteneciendo al Estado, está intervenida por el Estado (en precios, por ejemplo) y está gestionada por castas estatales, como son los militares. El nudo gordiano (nunca mejor dicho) de la democracia egipcia se encuentra en una economía que sólo puede funcionar en una dictadura.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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