www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

"Teatro caliente"

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 12 de julio de 2013, 20:27h
El jovencísimo octogenario Francisco Nieva acaba de publicar una colección de siete geniales textos dramáticos, en la Editorial Fundamentos, que ya son el mejor teatro que se ha escrito en estos trece primeros años del siglo XXI. El libro se inicia con una “Breve Analítica Personal” del mismo Nieva, que aporta datos nuevos y “radicales” sobre lo que ya conocíamos de su biografía, sobre todo en sus períodos de pubertad y adolescencia.

Nieto del principal patriarca de su ciudad natal, que llegase a ser poderoso y bibliófilo faraón de las primeras dinastías, el joven Nieva vive los últimos rescoldos de una hoguera pletórica de vanidades burguesas. Pero de una burguesía más francesa que española, más lectora-luterana que ágrafa-católica, a menudo esta última casposa y ordinaria. La familia Nieva era rica, pero también “padecía” una curiosidad intelectual insaciable, una sed de cultura inexhausta.

Quizás muchos de los temas dramáticos de Francisco Nieva, sobre todo sus argumentos más obsesivos y los personajes más recurrentes, devengan todos de la casa palaciega de la singularísima abuela de Nieva, de aquella siniestra colección de cuadros negros y gran población de pianos. Aquella casa constituyó un pintoresco anecdotario, una profusión de menudas incidencias.

Fue una especie de caridad indesmayable la que produjo la decadencia económica de los Nieva. Levantaban, por ejemplo, en la estación de tren un enorme estaribel con bocadillos y vituallas, botellas de vino y gaseosas para obsequiar a los soldados que pasaban en tren camino de África. Corrían los criados a lo largo de los andenes repartiendo aquellos socorros. Y en una de éstas, la tía Carlota, llegó a arrancarse una medalla de oro y se la dio a un pobre chico que iba llorando. Luego, cuando el tren reanudaba su rítmico andar gritaba con un Esténtor femenino: “¡Viva Cristo Rey!” Su tío Lope, cuando tenía doce años, volvió una noche a casa vestido de pobre. “Pero ¿qué has hecho con tu traje nuevo?”, le preguntaron. “Lo he cambiado con otro chico que llevaba esto puesto”. La tía Carlota se quedó totalmente pelada con sus incesantes dádivas al clero, y tuvo amores sublimes con su padre espiritual, un apuesto, culto y refinado jesuita que fusilaron durante la Guerra Civil. La casa de los padres de Nieva llegó a ser el propio escenario del destino del dramaturgo Nieva, estremecido por sombras familiares.

Como Nieva dice, toda su vida ha querido escribir comedias en que pasasen cosas tremendas, como las que él mismo vislumbró en las suntuosas moradas de sus ancestros. Al hiperestésico Nieva lo tragó el agujero negro del caserón fantasmal de la abuela, y se convirtió en un obsesivo historiador de lo que no había visto sino en el magma de su imaginación.

Su bisabuelo era un presbítero codicioso, pero magnífico latinista y helenista, afamado predicador de la época de Isabel II, que llegó a acudir curiosa y devota a sus reputados sermones, y que como era un poco suelta pudo tener alguna historia con aquel predicador, secuestrador de su propia mujer.

En fin, que el humus de donde se levanta la espléndida obra nievana es de mucha carne y hueso, de mucha vida del autor sentida o presentida, raíz y savia de todos sus heterónimos y caras. La creación de Nieva no se anquilosa jamás, y aquí están Toque de Tinieblas, Visitas a los Monasterios, El misterio de la bota cocida, El increíble Robin, No sé cómo decirlo, El mozo temerario en el año del cólera y Cabeza de Santa Catalina.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios