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Homenaje a la jueza Alaya

José María Herrera
sábado 13 de julio de 2013, 18:25h
Nuestros políticos respetan siempre las decisiones de la justicia. Siempre. Basta con oír las declaraciones de los dirigentes socialistas a propósito del último auto de la jueza Alaya para comprobarlo. Rubalcaba, químico de carrera, ha dicho que no tiene “fundamento jurídico”. La señora Valenciano, no condicionada académicamente, ha hablado de conexiones casuales con las primarias de su partido en Andalucía. Gonzálex no ve por ninguna parte indicios de delito y se ha ofrecido a poner la mano incorrupta en el fuego por una de las imputadas. Son personas intachables, ejemplares, de cuya honradez nadie se atrevería a dudar, pero: ¿por qué dudar en cambio de la profesionalidad de la jueza Alaya, quien simplemente se limita a cumplir con su deber?

Hace tiempo que deseo escribir un elogio de esta mujer y, más que un elogio, algunas palabras de ánimo. Sospecho que mucha gente las firmaría. Meterse en la madriguera del lobo y pedirle cuentas por sus abusos es mucho más difícil que mirar para otro lado. Al fin se me ha ocurrido una forma de hacerlo sin resultar lacrimógeno. Estoy leyendo la España Musulmana de Sánchez Albornoz –una historia de Al-Ándalus elaborada a base de documentos originales- y me he encontrado con un montón de jueces ejemplares. Citar esta tradición de probidad es mi humilde homenaje a la jueza Alaya y a todos esos funcionarios que conocen la diferencia entre servir al bien común y servir a los poderes instituidos.

El primer ejemplo es de la época de Abderramán “el emigrante”, padre de la dinastía Omeya de Córdoba. No más hacerse con el poder, el emir ofreció el cargo de juez a un tal Musab, hombre con fama de íntegro. Este rehúso exponiendo sus razones. El soberano no las admitió e insistió en que aceptara el puesto, pero Musab perseveró en su decisión para enojo del monarca. Los cortesanos temieron por él, pero Abderramán reaccionó bien al entender que aquel hombre había podido ser un buen juez por lo mismo que se negó a serlo. En su lugar fue nombrado otro tipo con fama de honesto, Tarif, quien un día no dudó en dictar sentencia contra un amigo del emir. Su diálogo con éste, recogido por Al-Jusani, merece la pena: “Me ha obligado a sentenciar contra él aquél que te ha puesto en ese trono en que te sientas –le dice el juez al emir-; si no fuera por él, tú no lo ocuparías”. “¿Quién me ha hecho sentar en mi trono?, pregunta con malas pulgas Abderramán. “El profeta, quien nos ha impuesto el deber de obrar con justicia, la cual se ha de aplicar equitativamente a todos, altos y bajos”.

Este estilo de juez bragado, como la señora Alaya, perdura en tiempos de un nieto de Abderramán, Al-Hakam I. De él se cuenta que presionó a un juez para que dictara sentencia a favor de un conocido, pero que el juez se negó alegando que los demandantes habían probado su derecho y que ya no había vuelta atrás. El monarca le sugirió entonces que se inhibiera del caso y que él juzgaría. El juez, sin embargo, dictó sentencia, comunicándole al soberano que había resuelto el asunto de acuerdo con la justicia y que el emir podía anularla conforme “a otros motivos”. Al-Hakam, al contrario que nuestros políticos, tan proclives al indulto (acabo de saber que el ministro Gallardón ha dicho que si no se dan detalles de los indultados es ¡para proteger su intimidad!) acató la decisión sin hacer nada. Del mismo modo se comportó en otra ocasión en la que recibió la visita del cadí que venía a reclamar en nombre de un demandante una esclava de la que había sido injustamente despojado y que pertenecía a un conocido del monarca. El juez dijo: “no puede haber cumplida justicia para el pueblo si no se somete a ella el poderoso”. Al-Hakam entregó la chica a su legítimo dueño, pero le ordenó no venderla salvo que fuera en su tierra “para que las gentes, viendo cómo se les hace justicia, tengan confianza en sus demandas y contratos”. ¿Acaso no es esto esencial para que haya prosperidad?

Hay muchos más ejemplos en el libro, montones, y no todos tan halagüeños. También encontramos malos gobernantes a cuya sombra cunde la inmoralidad administrativa (¡cuánto pegaría aquí aquello de “el legado eres tú”). Sánchez-Albornoz insiste de todos modos en que la única limitación a la plena potestad de los soberanos omeyas de Al-Ándalus era la del cadí de Córdoba. Hablamos de un sistema político autoritario, despótico, en el que la aniquilación es un instrumento de poder. Según el historiador abulense, devoto católico y presidente de la República en el exilio, el respeto a las decisiones judiciales contribuyó al arraigo y perduración de la dominación musulmana. Es una tesis atractiva. Como historiador de verdad (nada que ver con el rollo de la memoria histórica o la fantasía nacionalista), don Claudio sabía que cuando un pueblo desespera de la justicia todo acaba yéndose al garete. Estamos hablando de los ere, pero vale igual para Gürtel o lo que sea. Por eso hay que apoyar a los jueces serios y valientes, dispuestos a enfrentarse con rigor a quienes se esfuerzan en labrarnos un pasado deplorable. Alaya es uno de ellos y merece por eso nuestro aplauso.
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