Hace dieciséis años… Miguel Ángel Blanco
Ricardo Ruiz de la Serna
x
ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 13 de julio de 2013, 18:50h
Hace dieciséis años ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco, 29 años, nacido en Ermua de padres gallegos, concejal del PP. Lo habían secuestrado el 10 de julio y los dos días que precedieron a su muerte fueron una agonía para su familia y para los millones de españoles que salimos a la calle a manifestarnos, a gritar, a exigir la libertad de ese joven prisionero de aquellos canallas. Durante 48 horas, nuestro país fue un grito de libertad y de justicia. El nombre de este concejal que tocaba la flauta y pensaba casarse a finales de aquel año se volvió familiar en nuestros labios como el del hermano que nos falta o el amigo que no llega a nuestra fiesta. Desde las Canarias hasta la Raya de Portugal, desde las Chafarinas hasta la frontera con Francia; por todo el mundo, allí donde había españoles congregados, los corazones latían con el de ese muchacho en quien ETA trataba de matar, una vez más, a nuestra democracia. Muchos escribieron, muchísimos rezamos, todos tratamos de romper ese secuestro, antesala del asesinato, con el grito que nos vuelve humanos ante la barbarie. Las manos blancas, los lemas coreados, aquí estamos, nosotros no matamos. Miguel, te esperamos. El recuerdo de Gregorio Ordóñez, de Tomás y Valiente, de tantos muertos ya a manos de aquellos miserables, enterrados casi en secreto en el País Vasco y silenciados durante décadas. Todo aquello explotó en un clamor que lloraba la ausencia y exigía el regreso porque no estábamos todos sino que faltaban muchos, y faltaba Miguel Ángel.
Recuerdo las lágrimas de mi madre cuando se difundió la noticia de que lo habían encontrado agonizando. Recuerdo el silencio de mi padre, consternado, pensando en aquella familia que de algún modo sentíamos nuestra como millones de ciudadanos que hubiesen querido estar más cerca, más próximos, más hermanos y más carne con aquellos padres, aquella hermana, aquella novia, aquellos amigos a los que les habían quitado al que amaban, al que querían, al que esperaban. El grito y el silencio. El llanto y la palabra. La vida salvada al fin y la vida arrebatada. La liberación de Ortega Lara, cargado de humanidad y de dignidad, nos había llenado de una felicidad que tal vez se reserve a los milagros. El asesinato de Miguel Ángel nos sumió en una tristeza que se extendía a todo el país. La familia de Miguel Ángel, cuyo dolor excede los límites del lenguaje, encarnaba ese día a los centenares de padres huérfanos de hijo, de hermanos amputados de su hermano, de víctimas cuya dignidad comprendía ese dolor inabarcable.
Los silencios se fueron llenado de gritos, de protestas, de clamores. La democracia no se dejaba asesinar en silencio. Por doquier había concentraciones, caras pintadas con los colores de la bandera y la paz, incluso en el País Vasco. Incluso allí donde los asesinos y los cobardes habían sumido a las víctimas en el olvido social, en la desmemoria colectiva, en el abandono. La desesperación, la rabia, la dignidad de un pueblo puesto en pie frente a los asesinos nos rescataron de algún modo ante la Historia. Como había dicho Gregorio Ordóñez, la gente estaba harta de tanta sangre por las calles, tanto yugo, tanto fanatismo y esa gente había dicho ¡basta ya! ¡Asesinos! En español – o llámenlo castellano- en catalán, en euskera, en valenciano, en todas las lenguas en que habla nuestra tierra este movimiento se alzó como una marea imparable de humanidad desatada. Las protestas ante las sedes de HB, otro de los brazos políticos de la banda, y los antidisturbios de la Ertzaintza quitándose los pasamontañas y mostrando los rostros.
Y desde entonces falta Miguel Ángel y como él nos faltan muchos, muchísimos. Nada fue igual desde aquel mes de julio de 1997 y hoy gravita sobre nosotros una responsabilidad insoslayable: la memoria, el deber del recuerdo y la acción que él inspira. Algunos creen que ETA está derrotada porque ya no puede matar, pero la ideología que inspiró sus acciones y el proyecto totalitario que la banda y sus aliados (sí, al final a la banda le volvieron a salir aliados pero eso es otra historia), pretenden impulsar ha logrado penetrar en las instituciones. ¿Dónde estaban los de Amaiur, Bildu y Sortu aquel día 13 de julio de 1997? ¿Qué hicieron? El silencio es otra forma de complicidad y hoy en España hay quienes condenan el asesinato pero callan ante las ideas que lo inspiran. El mal de ETA no se agota en la violencia.
Debemos evitar que ETA asesine a las víctimas por segunda vez sumiéndolas en el olvido. Debemos advertir a nuestros hijos que la democracia no es gratis y hay que defenderla y protegerla cada día frente a los discursos de odio y frente a los silencios cómplices. Debemos enseñar la importancia del compromiso, del sacrificio, del valor, de la decencia y de la dignidad frente a los terroristas y sus amigos. Hay que contar la historia de aquellos que murieron porque querían una España mejor y más libre, la historia de aquellos como Miguel Ángel Blanco, a quien hoy esta columna recuerda.
|
Analista político
|
ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
|