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Civilización afrodisíaca

Sadio Garavini di Turno
domingo 14 de julio de 2013, 19:38h
En 1932, Henri Bergson, en su libro: “Les deux sources de la morale et de la religion”, habló del advenimiento de una “civilización afrodisíaca”. Bergson evidentemente anticipaba el tiempo por venir, porque la frase del filósofo francés me parece muy apropiada para lo que estamos viviendo en la actualidad, particularmente en Occidente. Una sociedad que está impregnada por el materialismo, el relativismo, el egoísmo y un hedonismo promiscuo. Una cultura, que ha perdido demasiado el sentido de la trascendencia y sus puntos de referencia fuera del tiempo, está caracterizada por el fenómeno del consumismo. Se trata de una cultura que identifica a la persona con lo que está en capacidad de procurarse para conseguir placer, transformado en el eje central de la existencia humana, el fin último es “ser feliz”, aunque sea químicamente. Juan Pablo II, en su “Centesimus annus”, nos advierte: “No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más no para ser más, sino para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo.” En el fondo de esta mentalidad consumista, está la idea de que la acción material de poseer una cosa y servirse de la misma pueda resolver todos los problemas y liberarnos de nuestras “esclavitudes”, inclusive las de carácter interior. Síntoma ”folklórico”, pero ilustrativo, de esta actitud es la creciente popularidad de las medicinas que prometen eliminar no sólo los dolores sino también la ansiedad, de las vacaciones organizadas con la “garantía” de la diversión y de las prácticas paramágicas que “garantizan” la serenidad. El politólogo italiano Antonio Gambino afirma que el término “consumir” ha perdido toda substancia y viene a coincidir con una obsesionante búsqueda de distinguirse y contraponerse a los otros, con un poseer que adquiere valor y placer si se tiene más de los demás y con exclusión de los demás. Por eso el auge de productos y servicios “exclusivos”. La libertad tiende a relajarse en libertinaje. La videocracia imperante videocretiniza cada vez más y atrofia la capacidad de raciocinio de buena parte de la humanidad. Como nos dice Giovanni Sartori, el Homo Sapiens se está transformando paulatinamente en un Homo Videns, que ve mucho y piensa poco, su mundo es de muchas imágenes y escasos conceptos. Si seguimos por este camino, las leyes de la evolución podrían producir un Hombre que se caracterizará por una cabeza pequeña, que contendrá un minúsculo y subutilizado cerebro y unos gigantescos ojos brotados, con visión “cinerama”, rellenos de una mansa y vacuna expresión idiota. Esta civilización afrodisíaca está integrada por un enorme e informe conglomerado de individuos anónimos y siempre más solitarios. Verdaderos hombres-masa, cada vez más desesperados, cuyas salidas son, muchas veces, la agresividad y la violencia. Violencia sobre las cosas (por eso es siempre menos recomendable ir a un estadio de football ó a un concierto masivo) y violencia sobre los hombres, particularmente si son o parecen ser “distintos”, cultural ó étnicamente. Frente a este poco reconfortante cuadro, es obvio que es necesario un esfuerzo para recuperar, en la conciencia colectiva de la humanidad, el sentido de palabras que, desafortunadamente, han caído en desuso como virtud, valores, deber, responsabilidad y ética. Como nos dice el gran Octavio Paz: “Debemos recobrar la conciencia de la condición trágica del hombre, suspendido siempre, desde el comienzo, entre la vida y la muerte, el bien y el mal.”
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