Las luces interiores
lunes 15 de julio de 2013, 20:45h
Decía Francisco Umbral que dejó la poesía cuando descubrió que, si colocaba sus versos en líneas más largas, le pagaban por ello y podía así ganarse la vida. El poeta donostiarra Karmelo C. Iribarren acaba de publicar en la sevillana Renacimiento “Las luces interiores”, un poemario en el que hablar del tono coloquial –algo muy manido– sería quedarse muy corto. Iribarren deshace el camino umbraliano construyendo versos cargados de sencillez y cotidianidad. Si algo destaca en la poesía de Karmelo Iribarren es su capacidad para desactivar ciertos lugares comunes por medio de un método consistente en llevar hasta el extremo las características definitorias de su estilo. De esta manera, etiquetas como las del lenguaje claro, el espacio urbano o la aparente sencillez tras la que se esconde la orfebrería oculta del poeta se revelan escasas. Son etiquetas que se avienen a la mayor parte de los poetas actuales. Iribarren da un giro más de tuerca y se permite escribir, por ejemplo, un poema desnudo y esencial como “Domingo, tarde”: “Qué hago / mirando la lluvia, / si no llueve”. El poema es una sola frase, una sola pregunta que podría deslizarse sin estridencias en cualquier conversación. Tiene, por otra parte, la capacidad de contener, en su brevedad, dos de los temas de este libro: los domingos y la lluvia. Los domingos, las tardes de domingo, creo que son el lugar más triste de la tierra. Es algo que se aprende desde niño. La vida diaria que hay en “Las luces interiores” es, además, aparentemente secundaria y puede tomar cuerpo en la imagen de un hombre que se toma una caña con aceitunas o en la de un vaso que se rompe. Se trata de un conjunto de poemas en los que hay humor, escepticismo, ciudades, amor, ironía, celebración de la vida, meditación sobre el paso del tiempo, diálogo con uno mismo, mujeres, reflexión sobre la labor de creación poética. Nada. Y, por eso mismo, todo.
La poesía de Iribarren suele enmarcarse dentro de la llamada corriente del “realismo sucio”, junto a otros poetas como Roger Wolfe. Creo, sin embargo, que en Iribarren hay algunas diferencias sustanciales: las que marcan la nostalgia y la melancolía, la soledad, la presencia del mar –del Cantábrico– y de la lluvia. Probablemente esto que voy a decir no sea más que una tontería, pero creo firmemente que no puede entenderse la poesía de Karmelo Iribarren sin entender la lluvia de San Sebastián.