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Todo el mundo fue injusto con Tito Vilanova

viernes 19 de julio de 2013, 21:35h
La noticia de la recaída de Tito Vilanova ha impactado a todo el mundo y no dudo de que los sentimientos sean sinceros. Tienen que serlos porque a estas alturas el cáncer nos ha golpeado a todos de una manera o de otra y sabemos lo que es: el sufrimiento, la angustia, las noches de espera, los análisis, las miradas gélidas de los médicos leyendo los resultados de la última prueba… Sí, el cáncer es algo demasiado grande como para esquivarlo y si todos deseamos suerte a Tito Vilanova es porque de verdad lo sentimos así. Porque vemos al hombre detrás del deportista.

La lástima es que no siempre haya sido así…

Los últimos días de Tito al frente del Barcelona quedarán como algunos de los más ridículos en la historia del club. Una cadena de despropósitos e histerismo, filias y fobias desatadas sin margen alguno a la reflexión. Las críticas al Tito entrenador fueron salvajes, la mayoría con relación a su falta de confianza en Thiago y la marcha del mediocampista al Bayern de Munich. No eran las primeras porque a Tito se le ha dado por todos lados, especialmente y es curioso, tras su enfermedad, como si él tuviera la culpa del descontrol que invadió la plantilla durante los meses que él pasó en Nueva York pero no tuviera responsabilidad alguna en las 18 victorias de la primera vuelta, los 100 puntos en liga o la clasificación para semifinales de Copa del Rey y Champions League.

Por supuesto, la temporada del Barcelona fue muy opinable, pero no un desastre. Tras cuatro ligas, dos copas y dos Champions en cinco años, el equipo parecía un barco a la deriva, con la tripulación y los pasajeros peleándose por el último salvavidas. Yo tenía curiosidad por saber cómo sería un año entero de Vilanova en el club dedicándose al cien por cien a su trabajo. Tenía curiosidad porque, con bajones claros en el juego, sus primeros cinco meses fueron arrolladores en cuanto a resultados. Otros no tenían tanta curiosidad, pero, desgraciadamente, ya no podremos salir de dudas.

En cualquier caso, lo peor con diferencia de todo este esperpento fue el paso de las críticas al Tito entrenador a las críticas al Tito persona, al que acababa de luchar contra un cáncer y, como hemos visto, estaba aún en la lucha mientras los periódicos y las radios se llenaban de comentaristas que le llamaban vendido, traidor, antibarcelonista y cualquier cosa que se les viniera a la cabeza porque, según ellos, había “defendido a la Junta de Rosell, atacando a Guardiola”.

Se referían a la rueda de prensa del martes, en la que Tito, con las solapas de su polo bien altas para tapar las cicatrices y las secuelas de sus distintas operaciones, confirmaba que Guardiola no había ido a visitarle a Nueva York cuando estaba enfermo y echaba en cara a su amigo esa circunstancia. Miren, voy a serles sincero, a mí todo ese aire a folletín en el deporte me sobra, como me sobran los dramas heroicos. Lo que tengan que hablar Guardiola y Vilanova, que lo hablen en persona, punto, y si uno es muy malo y el otro es muy bueno o al revés, pues eso que se llevan, a mí me es irrelevante.

El problema es que esa necesidad de ser bueno o malo se lleve al debate público. Que la prensa atice a unos o a otros, que se filtren noticias personales sin importar las consecuencias y que los protagonistas acaben enzarzándose en rueda de prensa justo cuando se ve que al menos uno de ellos necesitaba cualquier cosa menos otra pelea más. Incluso después de la noticia de la recaída, he leído en Twitter a expertos en barcelonismo preguntarse “por qué Tito ha defendido a Rosell hasta el último momento”. No, mire, Tito ha dado su versión de un asunto que jamás debería haber salido a la prensa. Si no le gusta, haga como yo y no siga santorales. Hay que ser muy injusto con alguien para pensar que, en el momento en que probablemente estaba esperando una llamada o un resultado del que dependía su vida, su preocupación era mentir para hacerle un favor a su presidente.

En serio, muy injusto.

Y es que a Vilanova le ha tocado la incómoda figura del mediador en una guerra civil. Una guerra civil que se presenta cruenta, sin concesiones. Irse del Barcelona, ahora mismo, es lo mejor que le podía pasar. Irse de esta manera, lo peor, obviamente. Ahí quedará el Tito persona, luchando, peleándose contra lo que realmente merece la pena y dejando que los mediocres sigan con sus luchas de poder insanas. El Tito entrenador, como por cierto recordaba el propio Guardiola, porque esta historia tiene muchos grises, nos deja, de momento, como el que más puntos ha conseguido en una temporada con el Barcelona. A la primera. A mí no me parece poca cosa, aunque, obviamente, no sirve… porque nada sirve en estos tiempos de ruido y de furia.

Guillermo Ortiz

Escritor, analista y profesor

GUILLERMO ORTIZ es licenciado en filosofía. Ha colaborado con revistas digitales como El Semanal Digital, Factual o JotDown Magazine así como en medios culturales como Neo2 o Cuadernos Hispanoamericanos.

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