Italia, el racismo y la ministra Kyenge
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 21 de julio de 2013, 19:04h
“Me encantan los animales, los osos, los lobos, como todo el mundo sabe, pero cuando la veo no puedo dejar de pensar en un orangután”. Con estas palabras, el vicepresidente del Senado y dirigente de la Liga Norte, Roberto Calderoli, se refería, durante un mitin en Treviglio, a la ministra de Integración de Italia, Cécile Kyenge, nacida en la República Democrática del Congo. Aunque algunos analistas, para quitarle hierro al asunto, han mostrado su sorpresa ante el hecho de que el ex ministro berlusconiano de vez en cuando pueda pensar, se trata de unas palabras gravísimas, que confirman la falta de estilo de la Liga Norte y de sus dirigentes. No obstante, ante la indignación general, puede que aún peor resulten sus palabras póstumas, pronunciadas con la boca pequeña: “el mío era un juicio estético, no político”, ha sido “una broma simpática”. No nos engañemos: por un lado, no se trata de un despiste o de un momento de ira, sino más bien del desesperado intento de conquistar el centro del palco, los focos de los medios de comunicación. Además de ser la prueba evidente de su falta de inteligencia, su frase despectiva resulta un intento de devolver protagonismo a la moribunda Lega Norte, un partido al que los escándalos, la inconsistencia política y la incapacidad de sus miembros están conduciendo hacia el olvido.
Por otro lado, Calderoli sabe que sus palabras gustarán a unos potenciales electores y poco importa que sean agresivas o vulgares. Por eso, asistimos a estos intentos de conseguir críticas y aplausos, rechazo o consensos. El objetivo es obtener una porción de protagonismo, recurriendo a un tema polémico y que, al fin y al cabo, cuenta con seguidores. Se trata de un recurso típico del populismo a escala mundial: se utiliza un discurso incendiario, dirigido a “su” público. Sus frases son fruto de un preciso cálculo, que algunos definen como instinto calculado. Y la desesperada Lega Norte parece jugar a este juego: por esa misma razón, diferentes exponentes de este anacrónico partido han proferido palabras del mismo estilo, acusando además a la ministra de fomentar la inmigración ilegal ya que “hace a los inmigrantes soñar con América”.
Más que infravalorar el suceso, quizás merezca la pena subrayar que Italia parece cada vez más un país racista, donde los peores instintos xenófobos avergüenzan a parte de la población, mientras se acomodan en partidos intolerantes. Y se multiplican los ataques contra el “diferente”, ya sea negro, gitano, de otra religión u homosexual. Por eso, no debe extrañar que cerca de 1500 simpatizantes de la Liga rieran la gracia de Calderoli, un político que cuenta con un largo historial de comentarios desafortunados, palabras soeces e insultos contra los inmigrantes y la comunidad islámica. ¿Es posible que no recuerde lo que sucedió en Bengasi, entre otras cosas, por su culpa? Borghezio, Salvini (sí, el mismo que creía que un casus belli es una cosa bella…) y otros miembros de la Lega muestran sus límites intelectuales y alimentan el clima de odio en el país. Luego nos sorprendemos cuando una concejal de la Lega, haciendo referencia a la ministra Kyenge, publica en su Facebook -tras una agresión sexual cometida supuestamente por jóvenes norteafricanos: “¿Pero no hay nadie que viole a esta mujer?”. Barbarie y despropósitos productos, evidentemente, de una campaña difamatoria contra la ministra por su propuesta de introducir el ius soli (derecho de suelo), la nacionalidad a los hijos de los inmigrantes nacidos en Italia, independientemente del origen de sus progenitores.
No cabe duda que, en este caso, la propia Kyenge ha demostrado una gran responsabilidad y educación, subrayando que Calderoli, como los otros políticos “debería utilizar su visibilidad para transmitir mensajes constructivos”. No obstante, a muchos políticos italianos les resulta difícil comprender su papel en las instituciones, la importancia de su conducta, las posibles consecuencias de sus gestos. No entienden que ser una figura pública comporta responsabilidad e, incluso, que podrían hacer una crítica constructiva de la acción de la Ministra, sin caer en la ofensa, sin recurrir al insulto. No obstante, lo peor de este acontecimiento es que volverá a ocurrir, y muchas veces. En Italia, la dinámica parece clara, casi mecánica: insulto o frase injuriosa, disculpa hipócrita y vuelta la normalidad. El protagonista del acontecimiento finge avergonzarse (en el mejor de los casos) pero ni dimite, ni paga las consecuencias. Y el país se indigna…momentáneamente. El Senado se confunde con una tasca, los mítines son usados en ocasiones para dar libre desahogo a los peores instintos y se considera Internet “zona franca”, donde se puede atacar, despreciar e, incluso, amenazar a otra persona sin consecuencias. Los mítines políticos e Internet no pueden convertirse en lugares desde donde realizar impunemente estos ataques. Independientemente de la formación política, sea de derechas o de extrema izquierda, los insultos y la vulgaridad deben ser siempre condenados. Italia debe indignarse ante la (re-) aparición de un racismo sumergido que se esconde en el país para subir a la superficie en los momentos de crisis en búsqueda del enemigo fácil, el más débil, el diferente: no se trata de corrección política, sino de peligro ante una preocupante oleada racista. Se trata de elegir entre barbarie y civilización.
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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