www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Blanco, Matas, Barcina: opinión pública contra Justicia

miércoles 24 de julio de 2013, 21:38h
La presión social hace ahora muy difícil la administración de justicia. La prolongadísima crisis ha alejado de amplísimos sectores de la ciudadanía cualquier refugio en la racionalidad y ha despertado la sed de sangre hacia el mundo en general y los poderosos en particular, especialmente los políticos.

La opinión pública, tomada en su generalidad, no sólo ha decidido desconfiar de sus dirigentes, sino que espera para ellos lo peor, traducido este destino en la cárcel. Todo político es sospechoso, y cualquier acusado es culpable, especialmente si es sometido a la infame figura de la imputación, que es una palabra que condena con su solo enunciado.

Por eso hemos vistos numerosas muestras de indignación con los últimos casos juzgados: los que afectaban al socialista José Blanco, al popular Jaume Matas y a la foralista navarra Yolanda Barcina. En el primer y tercer caso, la decisión del Tribunal Supremo ha sido el archivo de la causa. En el de Matas, la sustanciosa reducción de condena de seis años a nueve meses, que le evitaba la cárcel.

En un ambiente social en el que es un lugar común que todos los políticos son unos chorizos que se merecen estar entre barrotes, nadie se ha parado a pensar si esta locura colectiva ansiosa de venganza hacia los demás, por angustia propia, estaba o está justificada. Si la generalización de la búsqueda de responsables o culpables no es otra forma de injusticia.

Los lentísimos procesos judiciales favorecen la sensación de responsabilidad penal para los encausados, porque son, a ojos de la opinión, culpables durante todos los años de instrucción, y sólo inocentes, cuando así se dictamina, un día. Y un día, además, sometido al desengaño de quienes esperaban que se encendiera ya la hoguera en la que quemar al político de turno.

Ha habido que ver la decepción en muchos por el archivo de la causa por tráfico de influencias en el caso del ex ministro Blanco. Aunque esa decepción ha sido pequeña, si la compramos con las irritadas reacciones en la rebaja de la pena de Matas. Y en el caso de Barcina, la propia sentencia que archiva la causa contiene reproches éticos y políticos, aunque no encuentre responsabilidad penal.

Los Tribunales reciben tal presión de la sociedad que ni siquiera se pueden permitir sentencias frías. Tienen que acompañarlas de juicios morales. Deben ser ya curas, además de jueces, porque se enfrentan a una opinión pública hacia la que tienen que trabajar también como psicólogos.

Estoy convencido de que la profesionalidad de los jueces les lleva a intentar ser justos en la humana medida de las posibilidades. Pero se lo están poniendo muy difícil. Quizá algún emperador romano pensó indultar o condenar a algún gladiador en el circo, pero las masas condicionaron la posición de su dedo pulgar. Y aquí y ahora empieza a pasar lo mismo. Y eso es peligroso.

No podemos poner a nuestros jueces en una urna de cristal, pero sí al menos echarles una mano. Porque la opinión pública no nace por generación espontánea. Se induce en buena medida por los líderes de opinión, sean éstos mediáticos o políticos. Y no nos pueden caber muchas dudas cuando son estos dirigentes quienes contribuyen más al ruido contra el adversario, hasta el nivel absurdo de aparecer como acusación particular contra sus contendientes, o utilizar organismos intermediarios para ejecutar esa acusación.

Probablemente, una de las cosas que habría que prohibir sería la personación en las causas de corrupción a los adversarios políticos. Que el PP se convierta en acusador del PSOE, o éste del PP, o Izquierda Unida y UPyD de los dos es una perversión del sistema, porque para sus conflictos ya tienen el Parlamento y no es su sede, la de los partidos, las salas de los tribunales. Y la segunda cosas que habría que eliminar con urgencia es la impunidad de aquellas organizaciones que se lanzan a la denuncia indiscriminada, pues en no pocos casos esta denuncia no es más que una forma de ganar notoriedad y resulta contaminada por prejuicios.

Es cierto que hay un problema sistémico de hermanamiento entre el poder político (ejecutivo y legislativo) con el judicial, que mientras no se resuelva pondrá todo el marco bajo sospecha. Pero también es cierto que, mientras este cambio de sistema se mejora, y cada vez hay más voces en este sentido, también se pueden suavizar algunas conductas para que los jueces puedan moverse bajo menor presión, y para que ellos mismos también abandonen toda tentación de ser políticos en otro formato.

En cualquier caso, no estoy muy convencido de que la Prensa internacional (la nacional no lo ha hecho) recoja estos días con alborozo que la corrupción cede en España, como demuestran las últimas decisiones judiciales. Por el contrario, después de los casos de Blanco, Matas y Barcina, la idea es que la corrupción sigue pujante y que, además, los jueces son blandos y consentidores.

Es algo desesperante, pero no hay manera de introducir serenidad en el debate de la corrupción. Basta con hacerlo para que se te considere cómplice de ella. Pese a todo, hay que intentarlo. Porque hay suficientes casos de corrupción que exigen la reprobación social y judicial para que no haga falta extender esa sombra sobre todos y cada uno de nuestros políticos.

Y es lo que se está haciendo por dos vías: la extensión indiscriminada y abusiva del delito de tráfico de influencias, y la concatenación de las acusaciones relativas a la corrupción, de tal forma que, a poco que nos descuidemos, un "enchufe" (por reprobable que sea) se convierte en cohecho, malversación, tráfico de influencias, falsedad documental y otras figuras anexas. Es decir, seis años de cárcel. Y hay homicidios por los que se purga menos.

En España, cada ciudadano se siente capacitado para ser fiscal y juez, y ha decidido escribir su propio Código Penal. Y quiere aplicarlo. Quizá convenga releer los estudios sobre psicología de masas (no cito el de Reich para que nadie se sienta ofendido) para entender esta enajenación colectiva que parece sacada de la caza de las brujas de Salem. Aunque aceptemos, por supuesto, que en nuestro Salem hay brujas, que las hay.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.