Eros y Tanatos
jueves 25 de julio de 2013, 18:23h
Hace ya algunas décadas que se publicó el libro de Herbert Marcuse “Eros y Civilización” a mí me encantó, se destacaba en él la importancia que para nuestra cultura tenía lo erótico como fuerza creativa. Marcuse manejaba maravillosamente bien a Freud y a Marx, y llegó a ser un boom entre las juventudes de aquella época, individualmente el “instinto de vida y el “instinto de muerte” juegan en nuestras almas descomunal batalla que se realiza desde el principio hasta el fin de nuestra vida.
Asociados con aquellos recuerdos no olvidaré el movimiento “hippy” y su símbolo, la estatua de Eros en Picadilly, cuantas veces iba a Londres a ver teatro y hacer algunas compras los recordaba, eran tan inocentes, tan buenos, que ahora podríamos decir que eran ingenuos, pero sí, eran la vida. Las flores, sus canciones, los cabellos largos. Eran el erotismo suave, curativo, fecundador de mundos.
Pero de pronto aparecía “Tanatos”, la muerte, y no gustaba aparecer con su guadaña y descarnada calavera, sino también bajo formas sutiles como la de un gran negocio con el que pensamos hacernos millonarios, pero que da con nuestros huesos en la tumba, después de un infarto por exceso de trabajo. O de la mujer que nos daba la vida y el amor, pero que podía acabar dándonos la muerte. Una pariente mía se suicidó tras su fracaso.
De todas formas la cosa aparecía en el libro y en mi pensamiento como más compleja ya que esa tendencia, esa fuerza por vivir o por morir está de alguna forma en el fondo de muchos de nosotros personas y como he dicho con mayor frecuencia en, los creadores, en los artistas.
En aquella época de relativa paz no sabíamos cómo, pero nos las apañábamos para meternos en líos, es como si el ser humano fuese incapaz de vivir largo tiempo sin problemas y así, inconscientemente, nos acercamos al batacazo, a la enfermedad, al aviso, pero en cuanto nos recuperamos – si tenemos esa suerte – en nuestro interior puede seguir la batalla entre el amor y la muerte.
Ojalá podamos adivinar como esos toreros intuitivos la cornada del “instinto de muerte” y como hacían aquellos lejanos “hippys” que pululaban por Europa con sus flores y sus canciones.