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CRÍTICA

Carlos Dardé: Cánovas y el liberalismo conservador

domingo 28 de julio de 2013, 14:59h
Carlos Dardé: Cánovas y el liberalismo conservador. Gota a Gota. Madrid, 2013. 177 páginas. 15 €
Durante un tiempo las tendencias predominantes en el cultivo profesional de la historia, afanadas con sujetos colectivos y explicaciones estructurales, llegaron a hacer pensar que la biografía como género historiográfico estaba en extinción. Pura apariencia; realmente no hizo falta que la biografía volviera porque nunca llegó a irse, y, por el contrario, en los últimos decenios no deja de ganar presencia en la producción historiográfica, no solo como género más abordable para el lector no profesional sino por sus virtualidades explicativas, especialmente, como es lógico, en historia política. La biografía de Cánovas que ha escrito Carlos Dardé es buena prueba de esto.

Dardé es sin duda uno de los mejores entre los buenos historiadores de la Restauración actualmente en activo. Su conocimiento a fondo de los engranajes políticos del período y de su funcionamiento está detrás de lo solvente que el texto resulta, porque le permite seleccionar aquellos aspectos de la trayectoria del biografiado que mejor posibilitan dar cuenta del muy denso universo político en que se movió. El primer reto que en el libro se aborda, y tal vez el mayor, es el de su extensión. La colección que lo acoge parece haber preferido textos relativamente breves, que sirvan de introducción general al biografiado. Con Cánovas esto resulta ciertamente complejo, porque es uno de los políticos españoles contemporáneos más abordados en biografías y estudios monográficos, de forma que saber espigar lo relevante para un tratamiento que no quiera ser exhaustivo es de por sí una dificultad.

Pero es que, además, la vida pública de Cánovas es bastante más compleja de lo que pudiera pensar quien le identifique solo, y no es ciertamente poco, como el artífice del sistema de la Restauración y primer actor en el juego político del último cuarto del siglo XIX, porque hubo en su trayectoria un recorrido nada irrelevante previo a 1875 y un conjunto de actividades intelectuales, como escritor o historiador de cierto calado, que no debieran suponerse (Dardé por supuesto no lo hace) excusables. Miembro de la generación que llegó a la veintena hacia 1850 participó de rasgos prosopográficos propios de su cohorte, entre otros el ascenso social que la enseñanza superior, la capacidad, el tesón, las relaciones sociales oportunas y no poco de suerte permitieron a muchos individuos de orígenes modestos como él, para lo cual la política fue terreno propicio aunque nunca fácil.

Se trató además de una generación que no conoció directamente el drama, o la sucesión de ellos, que vivió España desde la crisis del Antiguo Régimen a la consolidación del liberalismo moderado y el comienzo del reinado de Isabel II, pero sí la inestabilidad propia de un liberalismo gestionado con reglas inciertas. En ese contexto, Cánovas no fue seguramente desde siempre el liberal conservador lúcido y moderado que se mantendría toda su vida fiel a las mismas ideas, tal como quisiera la fábula hagiográfica. El Cánovas periodista y escritor en ciernes de mediados de siglo debió de estar mucho más cerca del programa del Partido Progresista que otra cosa, y si acabó en las huestes del conservadurismo puritano, el convencido de la necesidad de tomar en serio el respeto a la legalidad y la alternancia en el poder con los progresistas, pudo ser en buena medida porque sus relaciones sociales se lo facilitaron. Lo evidente es que su diferencia con el conservadurismo moderado era tan acentuada como para intervenir decisivamente en la revolución de 1854 que volvió a poner a los progresistas en el poder. Aquello, sin embargo, le curaría para siempre de tentaciones revolucionarias y recursos de fuerza, situándose con O’Donnell y la Unión Liberal en la senda de moderación y transaccionismo que habría de llevarle al sistema de aceptación del rival político y al bipartidismo de alternancia pacífica de la Restauración.

A ese periodo está, en todo caso, vinculada su imagen histórica, tanto para admiradores como para detractores. Entre estos suele descalificársele por no haber articulado un sistema político democrático o de participación popular. El reproche tiene algo de anacrónico, atendiendo al contexto europeo del momento, y desconoce que ésa no fue nunca la prioridad de Cánovas, sino la consolidación de un orden político en el que las oportunidades de participación para todos los actores relevantes fuesen tales que excluyeran la tentación de recurrir a la fuerza y los medios extralegales. Lograrlo fue, sin duda, un éxito del que pudo con justicia sentirse orgulloso, con un orgullo suyo que era insufrible para muchos. Y un logro inspirado por una sincera preocupación patriótica que, Dardé lo deja claro, no encaja con la visión de cínico sin principios que algunos han tenido de él.

Esto último, que tendría que ver con una dimensión más personal del sujeto, es de lo poco que podría echarse en falta en la semblanza que traza Dardé. Aunque predomine el interés por su trayectoria política no se omiten aspectos relevantes de su vida personal, a veces solo apuntados. Por ejemplo, la forma en que consiguió cierta solvencia económica, aunque nunca una fortuna, entre otras cosas porque si entendió, y obró en consecuencia (es decir, mirando para otro lado), que la corrupción era una servidumbre de la política nunca se dejó tentar por eso. O cómo de su primer y fugaz matrimonio mantuvo las influencias locales precisas para que sus distritos fuesen siempre murcianos. Pero algún lector podría echar en falta una indagación más escrutadora en la psicología del personaje, más allá de lo advertido por los contemporáneos sobre su carácter batallador y su debilidad por sentirse admirado en sociedad. Por ejemplo, da por buenas en cuanto a sinceridad las diferentes ocasiones en que Cánovas dijo en los dos últimos decenios de su vida querer dejar la política para dedicarse a la que proclamaba ser su verdadera vocación de estudioso y escritor, todo ello con expresiones de desapego al poder. No parece verosímil; si algo resulta evidente en su psicología es la libido dominandi, que hace muy dudoso que hubiera dejado nunca de vivir la política como lo hizo y que le proporcionó la energía requerida para lograr instituir el régimen que tan vinculado quedó a su nombre.

Por Demetrio Castro
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