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se convertiría en el jugador más caro de la historia

El Madrid se condena a jugársela con el fichaje de Gareth Bale

miércoles 31 de julio de 2013, 15:40h
La rumorología futbolística europea arrecia desde el arranque de esta semana subrayando la ofensiva de Florentino Pérez en pos de cerrar la contratación del prometedor centrocampista galés Gareth Bale. El Tottenham ha rechazado ya una oferta madridista de más de 98 millones de euros, colocando el costo del posible fichaje en cifras históricas. El tradicional modelo de diseño de las plantillas del club español le condena, a falta de desmentido oficial, a romper de nuevo el récord de gasto aunque, esta vez, el riesgo de catástrofe por falta de rendimiento de la supuesta estrella adquiere dimensiones faraónicas.

La emblemática trayectoria que catapultó al Real Madrid hacia el cetro de mejor club del siglo XX y la consideración de equipo hegemónico en el arranque del nuevo siglo se ha cimentado, salvo coyunturales excepciones, sobre un organigrama de corte presidencialista o la entrega de los poderes organizativos a un entrenador que adquiere el rol de manager. Con este esquema y la tradicional losa que representa la urgencia de gloria, generada tras el triunfo de las seis Copas de Europa, alimentada con los 32 años de sequía hasta la conquista de la “Séptima” y actualizada con el anhelo obsesivo de la “Décima”, la institución capitalina y sus rectores se han contagiado de la angustia del campeón desplazado del éxito en las últimas décadas. De hecho, la flagrante ausencia de paciencia en la elaboración de proyectos deportivos a medio y largo plazo se ha convertido en un elemento casi identitario del Madrid. Esta actitud efervescente provoca que los entrenadores sean cesados a la mínima -anterior y contemporánea a la gestión de Florentino Pérez, acusado de forma interesada por algunos analistas de instaurar este sistema- y que el club merengue desembolse cifras infladas con estrépito por jugadores sin cotejar su estado físico o su capacidad de adaptación, en lo que se ha convertido en una condena que, en ocasiones, se exhibe como emblema de la esencia del club.

Desde que Alex Ferguson tomara posesión en el banquillo y las oficinas del Manchester United para transformar la dimensión del equipo en 1986, el Real Madrid solo ha contado con tres entrenadores que han sobrevivido al segundo año de proyecto. Leo Beenhacker (1986-1989), Vicente del Bosque (1999-2003) y José Mourinho (2010-2013) son los únicos privilegiados que han gozado de cierto crédito. Salvo estas excepciones, en los 27 años en que Ferguson ha disfrutado de la absoluta confianza y paciencia de la cambiante directiva de los Red Devils, el modelo madridista ha “triturado” a 21 técnicos. Solo así, bajo la sombra de la inestabilidad autoimpuesta, se entiende que el Real Madrid gastara más de 250 millones de euros en tres meses para lanzar la apuesta de Manuel Pellegrini -mejor promedio ganador en la historia del club- y desechara el proyecto en el primer capítulo. "El Madrid apuesta por la estabilidad, pero la estabilidad para los madridistas es ganar y ser líderes, así que la estabilidad no es mantener el entrenador porque este club es de una exigencia máxima y busca siempre la excelencia, ya que ganar y ser líderes en Europa y el mundo ha sido siempre el deseo de nuestros socios y aficionados", explicaba Florentino Pérez tras anunciar el despido del preparador chileno, un año después de elegirle para liderar el faraónico nuevo proyecto.

Una de las consecuencias del modelo de diseño de la plantilla presidencialista que gobierna el Madrid es la negación de la utilidad de un equipo eficaz en la dirección deportiva para ejecutar las incorporaciones necesarias para mejorar el rendimiento estrictamente futbolístico -y no económico- de la plantilla. A pesar de no pertenecer a la aristocracia financiera del balompié actual, el Oporto y el Sevilla representan el ejemplo antagónico de la gestión del equipo capitalino. Con una estrategia que focaliza la cobertura de las necesidades del equipo sobre el césped, Monchi y su equipo directivo y la red de ojeadores tejida por el “Papa Pinto de Costa en el club portugués de referencia, estos segundones tumbaron a los colosos continentales sistemáticamente, descubriendo para Europa a talentos como Deco, Falcao, Dani Alves, Luis Fabiano, Adriano, Hulk, Mario Jardel o Julio Baptista. Se debe considerar que Oporto y Sevilla cuentan con los ingresos provenientes de la venta de futbolistas como una pieza básica de su balance económico, pero no resta idoneidad al hecho de estructurar proyectos con la paciencia y el ojo experto de analistas profesionales que diseñen la plantilla -salvando de este modo los caprichos de los técnicos y la abrupta ruptura consecuente al cambio de entrenador-, modelo que, por otra parte, parece aplicable y extensible a cualquier contexto.


Sin embargo, el citado aspecto de la renovada identidad madridista se niega a adaptar su organigrama a la competitividad actual, y los rivales han comprendido los espacios donde sacar tajada de la boyante masa económica madridista. El último caso, si finalmente se confirma, tiene visos de convertirse en la apuesta de mayor riesgo que haya conocido este deporte. Aunque Carlo Ancelotti declarara tras su primer balance del vestuario merengue que “no hacía falta adquirir más jugadores”, la institución del Paseo de la Castellana afirma, con vehemencia, que no va a “rendirse” -en palabras de Zinedine Zidane, el nombrado director deportivo que hoy acompaña al entrenador en el banquillo- en su lucha por fichar a Gareth Bale, el mejor jugador de la Premier League, aunque su fichaje conlleve el mayor gasto de la historia del fútbol con diferencia.

La “búsqueda de la excelencia” y la necesidad enfermiza por conquistar la “Décima” han confluido para convertir el pago de más de 100 millones de euros por un futbolista que no ha mostrado todavía -tan solo cuenta con 24 años- un nivel equiparable a los mejores futbolistas del planeta, en la prioridad que salve la temporada. El presidente del Tottenham, Daniel Levy, ha rechazado ya dos ofertas del Real Madrid y no soltará a su sobredimensionada estrella hasta que Florentino pague el peaje de sus negociaciones anteriores -véase los 40 millones por Illarramendi o los 30 por Coentrao-. Los tabloides británicos apuntan a una presunta rebeldía del jugador para jugar en España e, incluso, señalan que la familia del centrocampista ha intervenido para ablandar al dirigente judío -noticia publicada por The Sun-. Regenerar la ilusión representa una norma imperativa en la casa blanca, aunque esta transacción entrañe un riesgo notable, ya que, si bien Bale ha destacado como extremo izquierdo por su excelente conducción de balón y desborde con espacios y como mediapunta, centrado, gracias a su demoledor golpeo de balón, parece aventurado asegurar que el ritmo lento de juego de la Liga BBVA y que pretende Ancelotti, con espacios reducidos, no va a mermar su rendimiento fuera de las islas. Se antoja necesario incluir en la fórmula analítica una pizca de relativismo, ya que el balompié británico todavía no ha soltado su tradicional preferencia por el factor físico y la intensidad, por lo que, en el siglo XXI, siguen destacando de manera escandalosa los jugadores con calidad técnica -hecho del que disfrutan David Silva, Juan Mata, Santi Cazorla o Arteta-.


La capacidad de sobredimensionar futbolistas de la cuna del fútbol ha elevado a este proyecto de gran futbolista -despojado del cartel de sucesor de Giggs por su mayor pegada en detrimento de la calidad y regate en parado del emblema del United- a la cima del balompié, como ocurrió con David Beckham y Michael Owen, de discreto paso por el Real Madrid, a Paul Gascoigne o Chris Waddle, ídolos de los 90 deshechos cual azucarillo más allá del Canal de la Mancha, o a Fernando Torres, cuyo traspaso al Chelsea por 50 millones de libras le colocó como el jugador por el que más dinero se ha pagado en las islas, sin ser, ni mucho menos, el mejor futbolista que ha pasado por el mítico fútbol inglés.

El futuro es quizá la mayor ventaja con la que cuenta Bale, ya que su valor se incrementa en base a la potencialidad de su crecimiento, pero, en el presente, si Florentino Pérez culmina su cuestionable idea de romper el récord de gasto por un futbolista incomparable a Ronaldo, Figo o Zinedine Zidane, Gareth habrá de lidiar con el protagonismo de Cristiano en el rol de definidor y se medirá con la clase de Özil y Isco como propietarios del último pase en una batalla que, de antemano, tiene muy complicada. Ancelotti se encuentra con un órdago a su libreto, ya que la titularidad de Bale y los citados no está sujeta a debate y ha de encajar las piezas y serenar a los gallos del vestuario para hacer ese “juego espectacular” prometido en su presentación. Arrastrar al luso a la punta de ataque, restándole espacio para desarrollar su llegada, se atisba como la solución prevista. La clase del galés como líder del quinto equipo de la Premier no admite cuestión, el precio a pagar -económico y deportivo- sí. La operación por la que, en teoría, desembarcaría un futbolista preparado para liderar junto a Ronaldo, casi en su mismo escalón, la conquista de una nueva Champions League podría desembocar, sin embargo, en el ejemplo más sonrojante -guardando un hueco destacado para el fichaje de Kaka en esa lista- de las contraprestaciones del sistema presidencialista que lanzó al Madrid en el pasado siglo, pero que en el actual, con las transformaciones que ha sufrido la gestión de este deporte, no acaba de funcionar. Si el decretado nuevo mesías del madridismo no luce como aparenta en Londres y el equipo sufre el infortunio de no ganar nada en esta temporada de transición -necesaria según la lógica del deporte aunque negada por las supuestas urgencias históricas- , ¿quién podría afirmar con rotundidad que Ancelotti no perdería su crédito al instante al no saber traducir en títulos el esfuerzo económico de la directiva?

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