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Imagine

miércoles 31 de julio de 2013, 20:29h
Imagine que no hay cielo.
Imagine que no hay infierno.
Imagine que está en un año en el que en su país un dictador ha muerto y comienza la democracia.
Imagine que se crean partidos y una ley para su financiación, ya que los partidos no venden nada y la gente no está acostumbrada a pagar al partido en el que militan.
Imagine que esa ley prohíbe que los partidos reciban donaciones de empresas, sociedades, fundaciones o entidades privadas que tengan contratos con las administraciones que controlen esos partidos o que reciban subvenciones de ellas.
Imagine que la donación máxima que puede recibir el partido por persona física o jurídica y año es de 100.000 euros, y que si pasan los 50.000 euros deben ser notificadas al Tribunal de Cuentas, y que las cuentas de cada año deben depositarse en el mismo tribunal el mes de junio y que las tiene que hacer públicas.
Imagine que la financiación pública, la que viene de los impuestos de los españoles es la mayoritaria y corresponde en teoría a un 85% del presupuesto de los partidos.
Imagine ahora que usted entra en un partido, porque quiere trabajar por la democracia en su país.
Imagine que usted, debido a sus cualidades y buena disposición, prospera en el partido.
Imagine que un día le dicen que su partido gasta más que ingresa.
Imagine que un día se le acerque un empresario y le ofrezca más de 100.000 euros, algo así como un millón de euros.
Imagine que le diga que no, porque va en contra de la ley de financiación de partidos políticos, y porque las cuentas se deben hacer públicas por ley.
Imagine que el Tribunal de Cuentas nunca investigue realmente esas cuentas.
Imagine que el empresario insista.
Imagine que ese empresario esté en una empresa en la que hay más de un consejero de su partido.
Imagine que usted se niegue de nuevo a aceptar el dinero, pero otra persona de su partido, amigo de algún consejero, lo acepte.
Imagine que le convocan a una reunión; tema: ¿qué hacer con ese dinero?
Imagine que alguien diga: “Ese dinero es dinero negro. La empresa nos lo da sin declararlo. Por lo tanto, nosotros no podemos declararlo tampoco. Hay que sacarlo del país.”
Imagine que usted diga: “¿Una gran empresa con dinero negro? ¿Cómo es eso posible?”
Imagine que le digan: “Siempre ha sido así…”
Imagine que venga otro empresario y le ofrezca otro millón; dos millones para el partido están muy bien, tres, cuatro, cinco…
Imagine que en una de las reuniones sobre el tema de “Qué hacer con el dinero” alguien dijera, (hace muchos años, cuando todavía el país no era muy democrático, o al menos una micra menos que ahora): “Este dinero no podemos tenerlo nosotros en un banco español; ni en nuestra caja fuerte, es demasiado y además no obtenemos ningún interés. Hay que sacarlo a un país que tenga secreto bancario. Y no puede estar a nombre del partido.”
Imagine que otra persona dice: “¿Y a nombre de quién lo podemos poner? Tiene que ser alguien de mucha confianza. Alguien fiable del partido, que pueda soportar preguntas indiscretas.
Imagine que alguien propone: “¿Qué tal el tesorero? Es de fiar. Subió al Everest, o al menos eso dice. Tiene que tener mucha fuerza de voluntad”
Imagine que alguien responde: “¿Al Everest? Tenemos a nuestro hombre: seguro que le da igual tener varias cuentas a su nombre. Será fiable y discreto.
Imagine que su partido se convierte en un recogedor de dinero negro de las grandes empresas.
Imagine lo que puede hacer con ese dinero por su partido y por la democracia: completar sueldos, pagar servicios jurídicos, publicidad, campañas…
Imagine que hay otro partido importante, pero que cuando sale el tema de la financiación de los partidos políticos en el congreso, por ejemplo, el otro partido quiere hablar tan poco del asunto como usted o cualquier persona de su partido.
Imagine que un día, sin saber por qué, sospecha que el empresario que le da dinero a usted le dé también dinero al otro partido.
Imagine que un día, años después, por alguna insospechada razón alguien sospeche de que el tesorero viaje mucho a Suiza.
Imagine que alguien descubra las cuentas de Suiza a nombre del tesorero.
Imagine que le convocan a una reunión: qué decir a la opinión pública ¿que las cuentas son del partido? ¿Y cómo explicar todos esos años, todo ese sistema? Parece medida prudente decir que son del tesorero (y vaya, el tesorero se convierte en muchimillonario de la mañana a la noche por mor del partido; aunque no podrá tocar ese dinero ya).
Imagine lo que dirá el otro partido rival: si el otro partido dice que esas cuentas son del partido suyo, puede comenzar una investigación sistemática a todos los partidos; si dice en cambio que el villano es el tesorero, quizá puede forzar la dimisión del gobierno actual sin necesidad de cambiar el sistema.
Imagine que usted diga: “¿Y por qué no cambiar la ley?”
Imagine que le digan: “¿Y hacer transparente el poder, la política y las influencias? ¡Eso nunca!”
Imagine que esos partidos políticos están en España.
Imagine que esa ley electoral es la española.
Imagine que usted existe.
Imagine que no hay cielo. Ni infierno.
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