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El tipo que hacía maquetas

jueves 01 de agosto de 2013, 20:13h
Hace pocos días, moría en Madrid por sobredosis un pedazo de artista. Su nombre no viene al caso porque, además, tampoco era especialmente conocido por el gran público. Sí fue más popular, en cambio, en la cárcel de Soto, donde se le tuvo en tiempos por un quíe -un tipo duro, en argot penitenciario-. Poco quedaba de aquella dureza en sus últimos meses. Postrado en una silla de ruedas, el SIDA se cobraba cada día un pedacito de vida como peaje de un camino con final muy poco grato.

Una vez me hablaron de una pintada en los baños de la base aérea que la OTAN tiene en Sigonella -Sicilia- muy divertida: “prefiero morir durmiendo como mi abuelo a morir gritando como su tripulación”. Hubo quien, como un célebre empresario cuyo nombre omitiré por aquello del qué dirán, tuvo un último episodio más o menos glorioso; en palabras de un Real amigo suyo, “pasó a mejor vida, si cabe”. Y es que el fulano en cuestión finó en el lecho de una señorita que podía ser su nieta. Un viagrazo, dicen. Sin embargo, Nacho murió con pena y sin gloria. Había pasado una larga temporada sin consumir, y bien cuidado. Fueron las Misioneras de la Caridad las que lo hicieron posible; ellas mejor que nadie saben colmar de atenciones y cuidados a los más pobres de entre los pobres. Nacho era uno de ellos; fue allí donde le conocí. Pero se fue, y eso le mató.

Recuerdo haberme impresionado con la maqueta de un galeón español. Era totalmente artesanal, por cuanto estaba hecha con madera de cajas de fruta, cerillas, cartones y demás “materiales reciclados”. Una obra maestra. Me costaba creer que unas manos capaces de crear algo tan bonito lo fueran también de hacer más de una perrería, de esas que llevan derechito al trullo. Pero es así. Y lo es, seguramente, porque en su día decidió darle una calada a un porro. Total, no va a ningún lado. Ya se sabe, la marihuana y el hachís son drogas blandas y tal. Muy progre. Ninguno de los escasos supervivientes de la generación de la heroína, esos que atracaban farmacias para pagarse su dosis y que tanta simpatía le producían a Joaquín Sabina, empezó pinchándose sin más; casi todos lo hicieron “con una caladita”.

Ahora Nacho está muerto. Lo mató la puta droga. De no haber sido por eso, a lo mejor habría conocido a una chica con la que habría tenido dos preciosos niños y, con un poco de suerte, hasta se habrían ido todos juntos de vacaciones. Y si eligiesen el norte, por aquello del mal tiempo, Nacho se habría llevado alguna maqueta -sencillita, eso sí- para poder hacerla con sus hijos cuando el día amaneciera nublado, sin ganas de playa. Demasiados “habría” para un amargo “no pudo ser”. En su lugar, Nacho pasaba las horas muertas haciendo maquetas en las que poder huir de una vida de excesos que le había dejado más varado que cualquiera de sus galeones.

Me vienen a la cabeza unas estrofas de la canción Princesa, de Joaquín Sabina; para el que no la conozca -por lo demás, genial- trata de una yonqui desesperada: “con qué ley condenarte / si somos juez y parte / todos, de tus andanzas”. Mentira. La sociedad no es la culpable, sólo él. Aunque quizá una parte sí, pero no la que menciona Sabina, sino que habla de “drogas blandas”. Ese maldito palabro ya se llevó por delante a mi amigo Fernando hace bastantes años, y aún sigue cercenando vidas de incautos. Adolescentes que iban para ingenieros navales y que, como Nacho, se quedaron en el arroyo; en lugar de barcos, maquetitas. Una vida a pique. Buen viaje, Nachete.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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