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Guerra Garrido o La estrategia del outsider

David Felipe Arranz
jueves 01 de agosto de 2013, 20:21h
La veteranía es un grado, dice el saber popular. El ínclito Raúl Guerra Garrido es doblemente veterano, por lo que le toca cronológicamente hablando y porque es un sabio escritor que ha decidido, en un ejercicio abracadabrante y de birlibirloque estilístico, conducir al lector por los rincones más secretos de sus mecanismos mentales… en lo tocante a cuestiones creativas, se entiende.

Guerra Garrido, Premio Nadal por leer de forma insólita El capital –y qué otra lectura cabe hoy en tiempos de su triunfo obsceno y de la derrota de los ideales– y Premio Nacional de las Letras entre otros muchos galardones que jalonan una fértil y excelente trayectoria, está ya de vuelta de todo y se ha inventado para regocijo del lector un libro sobre lo que a un creador como él le ocurre cuando toda la vida, con sus lecturas y sus reflexiones en el otoño de la existencia, le inunda los aposentos de los recuerdos y del raciocinio. Con La estrategia del outsider o la vuelta al mundo de Naraya Sola, el autor de El año del Wolfram (1984) da una vuelta de tuerca a la gran literatura: la retuerce, la transforma, la convierte en otra cosa. A eso solían llamarlo vanguardia: hoy prefieren definirlo como provocación, no vaya a ser que el autor se lo crea, aunque haya sido cofundador del Foro de Ermua –qué lejos queda 1998, Raúl, que ahora los canallas y asesinos salen a la calle por arrepentidos y sólo falta añadir “y creer en el Evangelio”–.

Porque no se equivoque quien piense que es este sólo un diario o libro memorialístico –que también –, pues nos encontramos sobre todo ante una divertida, provocadora, reflexionada, reposada, declaración de intenciones: “Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia”. El autor de La Gran Vía es New York (2004) o Castilla en Canal (1999) –una delicioso paseo por esa España que se nos fue, se lo recomiendo– es ahora el maudit, el lautremontiano que se cuestiona todo y hasta a sí mismo. Pues eso.

Somos nuestra dieta de consumo de ocio y de cultura y niéguelo quien se atreva. Este aserto, que constituye la base de toda la teoría de la recepción, es la base para comprobar de qué se ha “alimentado” el gran escritor: de la literatura, de las noticias y los plúmbeos nacionalismos que tantas molestias le han ocasionado, de la gran pantalla y los astros del cine clásico, de la historia de nuestro país e incluso de la música –nunca mejor dicho– de su vida. Es decir, Raúl Guerra Garrido se desnuda ante el lector en un striptease identitario en su querida editorial Alianza, menos intenso que el de Juan Goytisolo, pero más lúdico y e irónico, menos trágico, un gol por toda la escuadra del lector que resulta imprescindible para quien quiera acercarse a una parte viva de nuestra literatura de mejor calidad.

"En la ciencia y en el amor, como en los récords de atletismo, sólo cuentan los primeros en llegar a la meta. Los segundos no existen", medita en El síndrome de ScottLa estrategia del outsider está también trufado de segundones y de sueños perdidos, que son los más interesantes. Guerra, el doctor en Farmacia y el alquimista impaciente, le nouvel observateurque no es Ni héroe ni nada (1969), se ve en su espejo como el excéntrico, el forastero, el hombre de los márgenes y de las road movies que se crece en el viaje y se incomoda en el destino cuando pasa en él demasiado tiempo: la meta es el propio tránsito… y qué verdad tan desnuda es esa. Como la que predicaba su querido Kerouac. Como los muy grandes.
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