¿Por qué no compareció antes Rajoy?
viernes 02 de agosto de 2013, 00:18h
La esperada comparecencia de Mariano Rajoy ayer en el Senado -el Congreso está “de reformas”- no defraudó a nadie. Quizá un poco a la oposición, por cuanto esperaban un discurso plúmbeo y evasivo marca de la casa, en lugar del sólido alegato que hizo Rajoy. Desde este periódico hemos criticado en múltiples ocasiones la ausencia del Presidente en el lugar que corresponde explicar a todos los españoles -en palabras del propio Rajoy, “ante sus legítimos representantes”- casos tan graves como el de Bárcenas. Y a tenor de la acertada intervención de ayer, cabe preguntarse de nuevo porqué no compareció antes.
Ayer quedó patente que los grupos de izquierda cuentan únicamente con el testimonio -uno de los múltiples, ya que Bárcenas ha cambiado de versión más de una vez, amén de incurrir en inexactitudes palmarias- de un preso como principal argumento de desgaste contra Rajoy. Tiene razón el Presidente cuando afirma que en un estado de derecho, toda acusación ha de ser respaldada con pruebas y lo que hay que demostrar es la culpabilidad, no la inocencia -ésta se presupone hasta que la justicia no diga lo contrario-. Cualquiera puede anotar en un cuaderno lo que le venga en gana, sin que por ello deba adquirir carácter de verdad acrisolada. Hay que demostrarlo: ahí está la carga de la prueba y no al revés. No podemos entrar en un estado de sospecha, calumnia y culpabilidad. En eso Rajoy tiene razón.
No la tiene, en cambio, con su estrategia de silencio durante estos últimos tiempos. Tampoco la tiene en no terminar de comprender que el Parlamento no es un tribunal. Es una Cámara política donde se dirimen y solventan responsabilidades: se puede ser penalmente inocente y, al tiempo políticamente responsable. Y, en este sentido, el problema del señor Rajoy es que, cuanto más incrimina a Bárcenas, más responsabilidad política asume, en la medida que, además de presidir el Gobierno, es Presidente del PP y lo era antes, cuando Bárcenas era su Tesorero. Sin necesidad de creer en sobres apestosos, hay demasiados cabos sueltos –y probados- en toda la trama de imposible explicación: por ejemplo, los SMS –por no descender a la pormenorizada serie de preguntas sin respuesta de Rosa Díez.
El único acierto ayer de Rubalcaba estuvo en afirmar que lo que da mala imagen cara al exterior es precisamente eso, que el Presidente se niegue a comparecer ante los legítimos representantes de la ciudadanía. De haberlo hecho antes, la atmósfera de crispación y descrédito existente sería mucho menor. Madison –en los albores de la democracia moderna- pedía un gobierno de leyes, no de hombres. Porque la estabilidad está en las instituciones, que no en las personas. Por otra parte, la afirmación del líder socialista (en su segunda intervención) acerca de los sobres de dinero negro que habría percibido Rajoy no puede ni debe pasar inadvertida. Si es incierta, Rajoy debe querellarse contra Rubalcaba (que es quien ha asumido la carga de la prueba al formular tan grave acusación) de inmediato, y si es verdad, la dimisión es el único camino. Pero algo así no puede dejarse correr; salvo claro está, que no interese rebuscar más por si se acaba encontrando algo.