www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Cuatro años sin Julián Lago

David Felipe Arranz
martes 06 de agosto de 2013, 20:18h
“Pobre del periodista de estos días que no se comprometa con la realidad social”, declaraba Julián Lago a Maribel Rodicio en una entrevista publicada en El Norte de Castilla el 8 de agosto de 1975, a manera de homenaje o de juego del entrevistador entrevistado, en la columna que la entonces joven periodista heredó de Lago, “Tres minutos”. “Estoy plenamente convencido de que se va a un periodismo político, que tomará cuerpo en cuanto las plenas libertades democráticas sean una realidad en España”, añadió el periodista vallisoletano, que en aquellos momentos había dado el salto a Barcelona. Julián Lago, el enfant terrible del periodismo español, el provocador que no quería pasar por el aro de una democracia restringida al bipartidismo.

Luis María Anson lo definía, al año siguiente, en el prólogo de La España transitiva, libro por el que Julián obtuvo el prestigioso Premio Manuel del Arco, como un periodista que tenía “la pluma penetrante, agudo el juicio, liberal el pensamiento, ágil la palabra para preguntar” y lo calificaba como “uno de los grandes profesionales del periodismo español”. Julián Lago tenía en sus manos la radiografía de la historia política reciente del país, que pivotaba en torno a lo que definió como una “fecha irrepetible: el 20 de noviembre de 1975”. Por aquel entonces, Julián Lago, que había incordiado un montón al Régimen, interrogó a la clase castrense y sacó de sus escondrijos a los liberales para ponerlos negro sobre blanco, tomando el pulso a la oposición democrática. Sus declaraciones levantaron ampollas a una generación marcada por “aquél que fue durante casi cuarenta años el protagonista máximo de un sistema político de Poder personal”. Julián creía que la vida política no era tarea de unos pocos, de “los de siempre”, sino “de todos los españoles sin exclusiones de ningún tipo”. Él, que creía en la buena voluntad del hombre y en las verdades del barquero –si era del Pisuerga, mejor–, desenmascaró al llamado “búnker” parlamentario, donde se refugiaban los sectores más ultraconservadores y los consejeros inmovilistas que condenaban al resto a la heterodoxia política, pero también les sacó las vergüenzas a los que sin ser de izquierdas pretendían serlo. Julián sabía que en España se dieron las condiciones precisas para volver a pensar en un Estado de corte más pluralista y más representativo, pero que al Poder no le interesó.

Al todopoderoso Sebastián Auger, presidente del Grupo Mundo para el que trabajaba, le preguntó que cómo era capaz de quejarse en 1975 de la actuación del Sistema, cuando durante cuarenta años los empresarios como él habían gozado de unas estructuras favorecedoras. Julián Lago era capaz de preguntar en el Ministerio de Exteriores por los motivos reales para la firma sobre las bases estadounidenses. “¿Y cómo se ha permitido usted despotricar contra estos cuarenta años de capitalismo franquista, si de ellos ha vivido y bien, incluso se ha enriquecido?”, le pregunta a Joaquín Garrigues Walker en 1976, titular de la Cartera de Asuntos Exteriores, el cachorro más agresivo por aquel entonces de la derecha más civilizada. A Pujol le dijo que cómo podía compartirse planteamientos socialistas siendo banquero. Al reformista Josep Pallach, si no temía, por anteponer la catalanidad a cualquier otro concepto, caer en el fascismo nacionalista. Así las gastaba Julián y escrito está. Autocrítico siempre, se preguntaba si, democráticamente hablando, éramos un país de fiar. De la España “de nuestros pecados y de nuestras contricciones” solía decir que fiaba su futuro demasiado a la Divina Providencia.

A Julián, que dudaba de tanto demócrata converso, le gustaban los escritores profundos y los liberales independientes y escuchándolos y recogiendo sus testimonios nos legó el dibujo de la segunda España invertebrada, los entrebastidores de un país cuyo futuro quería que fuese de cualquier manera menos como el presente o el pasado. Se marchó a Paraguay en un momento en que, tal y como se está comprobando hoy, la política se había convertido en esa actividad de la que actualmente está viviendo más gente en España –la casta parasitaria–, con factura al final “por los servicios prestados”. Para él, estarían descalificados hoy para la democracia quienes participaron en el pasado de una u otra forma en el abuso del Poder. Llevado por el amor, quiso morir con las botas puestas de la cooperación con los indios guaraníes del departamento de Simón Bolívar y lo cumplió el 3 de agosto de 2009.

Aunque fue el periodista –o precisamente por eso– que más veces compartió el pan y la sal –una de sus expresiones más queridas– con políticos de uno y otro lado, el que más confesiones inconfesables les arrancó, Julián Lago tenía muchos enemigos dentro y fuera de la profesión periodística, paniaguados y estómagos agradecidos, periodistas del pesebre partidista que lo fueron apartando poco a poco del periodismo sencillamente porque lo temían. Sus manifestaciones producían las rasgaduras de los vestidos de los santones del periodismo inmovilista. Julián había tocado techo en el periodismo cuando regresó a Madrid en 2008 tras dimitir como director de la extinta Tribuna de Salamanca porque no soportaba el intrusismo de su propietario y se refugiaba en la añoranza taurina con su amigo el periodista de temple noble Paco Cañamero, a quien confió un largo artículo sobre el arte de Cúchares, prólogo póstumo del reciente Mi verdad del toreo. Pocos como él sabían dónde estaban en realidad los que decían que estaban: parecía escrutar sus almas que se volvían transparentes a sus miradas y a sus preguntas. Creo que le gustaba más esa situación que si no hubiese sentido la amenaza enemiga, porque para él era el termómetro exacto de su buen hacer periodístico. Se marchó sin poder ver su deseo más anhelado, el entendimiento de todos los españoles sin excepción: “no hemos superado todavía los antagonismos de las dos Españas, la del inmovilismo entre la ‘gente de la situación’ y el revanchismo de la oposición”.

Julián Lago vaticinó que Europa caería en la trampa de elefante que se le intentó tender desde la troika financiera (BCE, FMI y Comisión Europea)… y así ha sido. Fue parte de la historia contemporánea de este país. Como él bromeaba, cualquier parecido de la España real –la que él amó y por la que luchó– con la España oficial –que criticó y denunció hasta ponerse en la picota–… es pura coincidencia.
Así seguimos, Julián.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios