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Crónica económica

La política del engaño masivo a los trabajadores

jueves 08 de agosto de 2013, 00:33h
Vamos primero con la propuesta original, que es la del FMI. La institución internacional dijo que sería conveniente que los sueldos, en España, se rebajasen un 10 por ciento en los próximos dos años. Olli Rehn ha escrito sobre el asunto en su blog. Dice Rehn que los agentes sociales podrían acordar un pacto de este estilo: “Un incremento del empleo, y recortes en los precios a cambio de que los sindicatos acepten una moderación añadida de los salarios”. En una situación así, dice Rehn, “el desempleo caería en 6 o 7 puntos porcentuales en los próximos tres años, a diferencia del camino actual”. Es decir, que en 2016 podríamos tener una tasa de paro del 20 por ciento, y no del 26,6, como prevé el FMI.

¿Cuál es la lógica detrás de la propuesta de bajar los sueldos? El sueldo lo fija en mercado en función de la productividad marginal del trabajador. Como la economía, con la crisis, es menos productiva, los sueldos deben bajar para encontrar un nuevo punto de equilibrio (pleno empleo). ¿Qué hemos hecho nosotros? Hasta el año 2012, los sueldos han subido en términos reales. Y en lugar del pleno empleo, tenemos el pleno desempleo, si se permite la expresión.

¿En qué se equivocan el FMI y Olli Rehn? En que no tiene ningún sentido económico una rebaja lineal en todos los sectores, sino que algunos sectores punteros necesitarán más trabajadores, por lo que tendrán que mantener o subir los sueldos. Otros, como el de la construcción, tendrán que rebajar los sueldos (por lo general, porque esto va literalmente por barrios), en mayor proporción. Esa bajada de sueldos, 1) al alcanzar la nueva productividad de los trabajadores, restituye la rentabilidad de las compañías, y 2) son ahora rentables, competitivas, tanto en España como frente al exterior, y se pueden sostener en el tiempo. Y esa diferencia de subidas y bajadas por sectores indica a los trabajadores dónde tienen que ir y qué sectores tienen que abandonar. La transición de un sector a otro no es automática, pero sabiendo dónde son más necesarios, harán las inversiones en capital humano que necesiten y de la que sean capaces.

En este debate entra José Carlos Díez. Es el (ex) economista jefe de Intermoney. Recuerdo aquélla época en la que llamaban a los periodistas para explicar que Intermoney no tiene una vinculación necesaria con el PSOE. No fui el único. Díez es un economista muy interesante para los periodistas. También para Antonio Pérez Lobato, que le ha hecho una interesante entrevista.

En ella, Díez propone una gran expansión monetaria, que rebaje el euro, para así no rebajar los salarios. Este es el engaño al que nos referíamos. Masivo, como la expansión monetaria que pretende Díez. Porque una caída en la cotización de la moneda, la “devaluación externa”, es una forma automática y fácil, aparentemente menos dolorosa, de rebajar los sueldos. Pero eso no lo dice Díez. Es un engaño masivo. Hay otra diferencia importante con la “devaluación interna”, que ya explicamos en su momento:

“En la etapa del boom hay empresas, proyectos y sectores que han crecido amparados por un crédito excesivo, pero que de otro modo habrían sido ineficientes. O han alcanzado un valor que no les correspondía. Estos son los que tienen que ajustarse de verdad. Y estos son los que se ajustarían mediante el lento, doloroso, pero real ajuste que se produciría con una devaluación interna. Los proyectos ineficientes cierran o se transforman para ser eficientes.

Con una devaluación monetaria, tan elegante sobre los modelos trazados, por ejemplo, por Milton Friedman, no ocurriría así. Se reducen las compras en el exterior para toda la economía, para las empresas eficientes o ineficientes a la vez. El mercado se repliega. Todos pierden, eficientes e ineficientes por igual. Mientras que con la “devaluación interna” quienes pierden son los que han dejado de aportar a la economía, mientras que se premia a quienes siempre aportaron valor. Además, la devaluación monetaria introduce otros elementos distorsionadores, y generan una desconfianza en el país que lastrará su crecimiento por otras vías.

En definitiva, no hay cortocircuito que valga al ajuste real de la economía. Es penoso y, dada la regulación laboral y otras, más lento de lo que podría. Pero es el más auténtico y el que menos males crea añadidos”.
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