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¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

sábado 10 de agosto de 2013, 20:02h
El título de este artículo es el subtítulo de un libro que se llama: “Superficiales”. Ha sido escrito por Nicholas Carr (n.1959), un conocido especialista norteamericano en tecnologías digitales y sobre su repercusión en la cultura de nuestro tiempo. Él es asesor editorial de la “Enciclopedia Británica”.

En inglés el título es “The Shallows”, que se puede traducir también como “triviales”, además de “superficiales”. Ambas acepciones resumen la tesis que Carr expone en su libro: Internet supone un cambio en la civilización humana equivalente al de hace 500 años con Gutemberg y la imprenta. Pero advierte que la Red está creando una humanidad que actúa “superficialmente” cuando utiliza Internet para informarse, para obtener conocimientos y para dotarse de espíritu crítico; en fin, las tres grandes funciones culturales que hasta ahora habían recaído sobre el libro, y en un segundo plano, sobre los periódicos escritos en papel.

Nicholas Carr ha escrito un libro que se lee con agrado, aunque sus páginas nos metan dentro de un futuro inquietante. En ese sentido, Carr comparte el pesimismo del gran profeta de los “medios de comunicación”, Marshall McLuhan, al que rinde tributo intelectual al comienzo de “Superficiales.¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”

Marshall McLuhan (1911-1982) no conoció la actual revolución digital y su exponente más importante:“Internet”. Sin embargo, McLuhan avizoró algunas de las características que hoy son algo mucho más que meras hipótesis, y que fueron la causa de su pesimismo.

La primera característica fue su teoría de “la aldea global”. Cuando la formuló, la televisión era el medio de comunicación global más importante, habiendo superado en influencia cultural a la radio, al cine y a los periódicos. McLuhan señalaba que los contenidos televisivos estaban haciendo retroceder a una humanidad “globalizada” a una fase de “tribalización”, es decir, volver a una nueva Edad Media.

Ese era el sentido de su famosa “aldea global”: se rompía con la cultura escrita (característica del Renacimiento y de sus tiempos posteriores), para volver a una cultura de las imágenes y de los discursos orales, sermones o cantos de juglares populares y de clérigos cultos.

La segunda característica se resumía en su conocidísimo aforismo: “el medio es el mensaje”. Con él, McLuhan adivinó que cada medio de comunicación distinto producía un mensaje cultural diferente, lo que significaba que el lector de periódicos del siglo XIX se comportaba política y moralmente de otro modo que el consumidor de radio y televisión del siglo XX. “Somos lo que vemos”, y esta observación pesimista de McLuhan conectaba con el pesimismo del sociólogo más influyente del siglo XX, Max Weber. Weber analizó la alienación del hombre moderno en una sociedad racionalmente burocrática, deshumanizada y sometida a las máquinas. En ese tipo de sociedad sin alma, el individuo -a diferencia de lo que opina la actual ideología “liberal” del capitalismo sin Estado- sufre también las consecuencias del “desencantamiento del mundo”, el concepto desilusionado que sobre la sociedad contemporánea tenía el sociólogo alemán. Hablando de falta de optimismo, Marshall McLuhan nunca tuvo en su casa una televisión: quería seguir teniendo optimismo al menos dentro de su círculo existencial más intimo.

Los argumentos del libro de Nicholas Carr se encuentran dentro de esa corriente de pensamiento, pero enfocados a los efectos que Internet tiene en la sociedad realmente globalizada de nuestros días. Carr efectúa dos tipos de análisis con una sencillez expositiva y con gran brillantez.

Por una parte, compara las sociedades que inventaron la imprenta, los mapas geográficos y los relojes, con las sociedades actuales. En aquéllas, “la reflexión” fue el método que las caracterizó. En nuestras sociedades pos-metódicas, es decir, pos-racionalistas y pos-ilustradas, el conocimiento reflexivo está siendo desplazado por un saber virtual, un puro picoteo cultural; los niños acostumbrados a Internet, donde la información veraz se mezcla con fantasías sobre las personas y las cosas, creen que todo es posible. Internet puede acabar con la lógica, pero también con sus principios morales, que desde Kant son la base de una convivencia racional y democrática.

El segundo análisis, y el más novedoso, se basa en las más recientes aportaciones sobre los cambios que experimenta el cerebro humano ante las distintas fuentes informativas. El cerebro se adapta constantemente a ellas. “Formamos nuestras herramientas (Internet) y luego éstas nos forman...La computadora es una prolongación de nuestro ser... como fue la bicicleta de nuestras piernas.”

Carr concluye: “Qué triste sería, sobre todo para formar las mentes de nuestros hijos, que tuviéramos que aceptar sin más la idea de que “los elementos humanos” son algo obsoletos, prescindibles.”

Libro recomendable, ¡y es un libro!
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