Una roca dura de roer (I)
lunes 12 de agosto de 2013, 20:06h
La cuestión de Gibraltar es uno de esos problemas internacionales –no hay muchos, pero no es el único- secularmente estancados cuando no agravados, que parece que no vayan a solucionarse nunca, una veces por culpa de una parte, otras por la de la otra o, como en este caso, por la de un eventual tercero y, siempre, por la torpeza, la ceguera o el egoísmo de todos los implicados. Desde su origen, este problema ha estado marcado por la debilidad de la parte perdedora, España, en un momento crítico de su proceso de decadencia y por la arrogancia de la ganadora, Gran Bretaña, en plena expansión imperialista, sin más norte que sus propios intereses y comportándose del modo que le hizo acreedora al título de “pérfida Albión”. Conquistada en 1704, en nombre del candidato Habsburgo al trono de España, los ingleses se las apañaron para que el infausto Tratado de Utrecht, diez años después, se la regalara, indefinidamente y en plena propiedad (el tratado no utiliza el término de “soberanía”). Era, con Menorca y otras posesiones españolas, el precio a pagar para que los Borbones se asentaran en el trono de Carlos I y Felipe II. Aquella fue la primera perfidia de una larga serie, que ha llegado hasta nosotros en forma de bloques de hormigón.
Dice un autor británico, Robert Knight, en un libro reciente (The Pursuit of Victory. The Life and Achievement of Horatio Nelson, 2005), que durante el siglo XVIII los ingleses no sabían qué hacer con aquella estéril Roca, dudaban de su valor y el rey Jorge III llegó a pensar que lo mejor era devolvérselo a sus dueños naturales. Pero todo cambió en 1800 cuando los ingleses se apoderaron de Malta, en el contexto de las guerras napoleónicas. Se inicia entonces en Londres el diseño de una política mediterránea y el Mare Nostrum, camino imperial hacia la India, se convierte en an english lake, por lo menos hasta la II Guerra Mundial.
La guerra común de españoles e ingleses contra Napoleón (la “guerra peninsular” de Wellington) anuda los lazos entre la guarnición gibraltareña y los españoles y se establece un contacto permanente entre unos y otros, en abierta ruptura con Utrecht, que establecía la incomunicación entre Gibraltar y “el país circunvecino”. También entonces se hace más estricto el control militar de los ingleses y comienza la ocupación –la guerra manda- del istmo que, oficialmente, era neutral ground, que ninguno de los dos podía ocupar militarmente, aunque era obvio que era de soberanía española. Otro autor inglés también reciente, Robert Holland (Blue-Water Empire. The British in the Mediterranean since 1800. 2012) escribe que “los españoles no estaban en posición de resistir esta usurpación”. No se niega la usurpación y se afirma la impotencia internacional de la débil España, que quedó certificada en el Congreso de Viena. Segunda perfidia que ha llegado también hasta nosotros con la total apropiación del istmo, aeropuerto incluido, de aguas territoriales españolas, nunca concedidas a Gran Bretaña por Utrecht, ganando además terreno al mar español con toneladas de tierra, por cierto también española y transportada en camiones españoles. ¿Perfidia o tomadura de pelo?
Todavía cuando le preguntaron a Napoleón, ya destronado, porqué no había atacado nunca la Roca contestó: “Gibraltar no es de ningún valor para Gran Bretaña. No defiende nada, no intercepta nada. Es un simple objeto de orgullo nacional”. Y su gran rival, Nelson, había reflejado el ambiente británico de su época cuando afirmó que “Gibraltar era un depósito inseguro…que los españoles tienen siempre la posibilidad de destruir”. (Georges Hill: Rock of Contention: A History of Gibraltar. 1974). Pero los españoles nunca quisieron o pudieron hacer uso de esa posibilidad que les reconocía Nelson. Cuando, ya a principios del siglo XX, apareció la poderosa artillería moderna, los ingleses estaban convencidos de que Gibraltar, despojado de su supuesta inexpugnabilidad, podía perderse en cualquier momento. No aguantaría un par de cañonazos. Pero España acababa de salir del Desastre de 1898 y era un país sin confianza en sí mismo, sumido en un absurdo complejo de inferioridad y aunque quizás habrían podido nunca quisieron. Robert Holland escribe: “La verdadera inexpugnabilidad de Gibraltar residía en la debilidad de España”. Puede parecer altanero pero, desgraciadamente, esa frase era un fiel reflejo de la realidad política.
Tras las guerras napoleónicas se había ido configurando una comunidad hispano-gibraltareña y la frontera dejó de ser una barrera para convertirse en una zona de intercambio, legal e ilegal, pues el contrabando ha sido desde siempre un elemento tan permanente como vital de la identidad de la Roca. El gobernador inglés de la época, Sir George Don, vivía la mayor parte del tiempo en San Roque como, más tarde, los gibraltareños se instalarían en la Costa del Sol, por la que se pasean, como si fuera suya…y sin pagar impuestos.
A finales de los años treinta del siglo XIX La Línea de la Concepción funcionaba ya como el suburbio obrero de Gibraltar. Todo ello de fundamental importancia para el crecimiento y desarrollo de Gibraltar y para la aparición de una sociedad civil en lo que, hasta entonces, había sido exclusivamente una guarnición militar. Hacia 1830 Gibraltar ya tenía una población civil de 17.000 habitantes, de los cuales unos 1.400 eran británicos y el resto judíos, griegos, malteses, españoles, portugueses y genoveses, dedicados en muy buena medida al contrabando, como reconoce el citado Holland.
Cuando la colonia, en varias ocasiones del siglo XIX se vio afectada por epidemias de fiebre amarilla, la indispensable ayuda llegó siempre de España y, además, se montaron hospitales de campaña en la zona neutral. Superadas las epidemias, los ingleses se quedaban allí e incluso construían edificios. Tenían muy bien aprendido uno de los principios de la política exterior británica: Cuando la Union Jack se ha plantado en un lugar, no es aceptable el retroceso; hay que mantenerla a toda costa... y si se puede un poco más, mejor aún. Una enésima perfidia o una nueva tomadura de pelo. La Roca había pasado de ser una guarnición militar a una Colonia de la Corona y el primer ministro, Lord Salisbury, ya podía decir en 1867: “No nos hemos agarrado a ningún puesto militar ocupado por Inglaterra tan tenazmente como nos hemos agarrado a Gibraltar”.
Cuando en 1903 Eduardo VII fue el primer rey inglés que visitó la Roca, los periódicos españoles de la zona fueron tan entusiastas en su bienvenida como el Gibraltar Chronicle. El líder pro-italiano de Malta, Fortunato Mizzi, comentó en aquella ocasión: “Los malteses nunca aceptaríamos someternos al estatus de Gibraltar, donde los nativos son prisioneros en su propia tierra”. Nadie protestó por aquella visita que, por lo que se ve, fue aplaudida . Más aún, cuando poco después, en 1912, visitó la Roca el rey Jorge V, Madrid envió para presentarle sus respetos, en nombre de la Casa Real española, al infante don Carlos de Borbón, perteneciente a la rama de las Dos Sicilias, tan vinculada a los Borbones españoles. Era la primera vez que un miembro de la Casa Real española ponía sus pies en Gibraltar y supongo que habrá sido también la última.
Durante la I Guerra Mundial, España mantuvo una difícil neutralidad y cuando en abril de 1917, el gobernador militar de Cádiz, dio una conferencia sobre “la recuperación de Gibraltar” fue inmediatamente cesado, en nombre de esa misma neutralidad que Alfonso XIII -casado con una princesa inglesa, la reina Victoria Eugenia- quería mantener a toda costa. Terminada la guerra, la “civilización” de la sociedad de la Roca avanzó notablemente. Se creó un Consejo Municipal (City Council) y los sindicatos de los obreros que trabajaban en los muelles, que habían sido más bien españoles de tendencia anarco-sindicalista, se britanizan, en línea con las Trade Unions.
Curiosamente, un nuevo gobernador, Sir Charles Munro, se dirigió al ministerio de Colonias británico (Colonial Office) diciendo que ya era hora de decidir de una vez por todas si Gibraltar era una fortaleza o una colonia y subrayaba que, en su opinión, no había duda de que tenía que ser lo primero. Pero ya era tarde y la población civil, que en 1900 era ya de 20.355, tenía cada vez más peso. El citado Holland escribe: “Después de 1919 había menos posibilidades de que Gibraltar llegase a ser español que Chipre griego”. Y el poderoso Lord Curzon, secretario del Foreign Office por entonces, afirmaba que “la Roca es vista por un gran número de británicos como un pivote y un símbolo del poderío naval británico en el Mediterráneo y cualquier sugestión de cederla…crearía tal conmoción a lo largo y ancho de todo el Imperio como no se ha visto en un siglo.”
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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