Hacia una nueva resurrección nacional
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de agosto de 2013, 19:55h
Pasear largamente en el ferragosto por la variegada meseta norte catellana te llena los pulmones de aire purísimo y la cabeza de un legado milenario en cierta manera aún vivo. Los nuevos caminos se superponen sobre senderos romanos y visigodos que nuestro corazón presiente de forma casi indubitable. En el camino de amables sombras sin interrupción que comunica Alcañices con Alcorcillo uno percibe restos de molinos hidráulicos, conducciones de agua y una estructura agrícola, aseada por la mano del hombre “culto”, que mantiene intacto el espíritu concienzudo de la villa romana. Nos da placer y alegría eutrapélica este húmedo frescor de la Meseta elaborado por el hombre romanizado sobre un sendero de más de dos mil años. De hecho, deberíamos seguir estudiando la Alta Edad Media occidental u oriental como si se tratase de la Roma tardía.
El oscuro mar de la barbarie es más propio de nuestra propia realidad actual que de la época de las invasiones. Es así que cuando leemos a nuestro Isidoro de Sevilla, a Gregorio de Tours o a Sidonio Apolinar, nos parece que Roma, la “alta Roma”, la Romanidad, está más viva que nunca. Roma continuaba después de Roma en su cultura, porque en el fondo Roma no dejó de ser nunca un topónimo que señalaba más una geografía espiritual que territorial. Es así que los altos funcionarios del Imperio tardío estaban obligados a conocer con profundidad las grandes conquistas de la literatura romana si querían conseguir los más importantes cargos civiles y administrativos del Imperio, y es que ya se estaba perfilando la idea de Roma como una expresión transmundana de cultura excelsa. Y su Derecho, el Derecho Romano, Público y Civil, no ha dejado de pervivir con fuerza infinita e inspiradora en todo el Derecho de Occidente y, por ende, en todo el Derecho Universal.
El latín fue la lengua franca en Europa durante más de mil setecientos años sin por ello ahogar o perseguir jamás las lenguas locales, cosa que jamás se hizo en pleno auge del Imperio Romano. Porque el mundo romano siempre mantuvo dos caras: la local y la imperial, sin ningún conflicto en el corazón bilingüe de los ciudadanos. Así, Ausonio denomina tanto “patria” a su querido Burdeos como a la propia Roma. El latín y el griego no eran, ni de lejos, las dos únicas lenguas. En Gran Bretaña se hablaba el protogalés, vasco en muy extensas partes de nuestra Hispania, tal como el gran Antonio Tovar demostró, bereber en África, copto en Egipto, hebreo, árabe, sirio y arameo en Oriente próximo, isaurio y armenio en Anatolia, y sin duda una veintena de lenguas más. Y el copto, el hebreo, el sirio y el armenio tenían literaturas propias. Pero el latín era la lengua de la ciudadanía por antonomasia.
Una vez convertido el cristianismo en la ideología unitaria de la época final del Imperio Romano, no sólo los obispos pasaron a ser cargos importantes en la Administración del Imperio ( la identificación del trono y el altar viene de ahí ), sino que el cristianismo, al ser una ideología transhistórica, escatológica, garantizó la continuidad del Imperio Romano más allá del fin visible del Imperio Romano.
Durante la última tragedia española (1936), el gran Antonio Tovar reconfortaba su espíritu trabajando sobre la mejor versión y comentarios que se han hecho de las “Decem Eclogae”, de Virgilio, publicados en los Clásicos Emérita, en el marco de la “Junta para Ampliación de Estudios”. Él, como el propio Virgilio, vio en los prados, los pastores, los paisajes y un mundo ficticio que no vivía sino del alma misma del poeta la posibilidad de una Resurrección Nacional. Poesía de libro que hizo resucitar al mundo de la vida.
¿Por qué no volvemos de nuevo a sacar fuerzas de nuestra naturaleza más profunda? Y no es de extrañar que el joven Onésimo Redondo, hiperestésico, sintiese con profundidad esto mismo en toda su obra. Lástima que, demasiado joven, no conociese el espíritu vitamínico de la “libertas Romana”. Porque no son los liberales los que matan la libertad, como él afirmaba, sino los malos y falsos liberales. La crítica de Onésimo Redondo al concepto de soberanía devenido del Abate Sièyes – el Parlamento o Asamblea Representativa sin mandato imperativo como supremo y único órgano de la Soberanía Nacional – era pertinente, y sus artículos juveniles la desenmascaran con mucha inteligencia ( vid. su “Estado Nacional” ), pero lo que estragó el cerebro del propio Onésimo fue la alternativa que propuso, algo que era aún peor que el corrupto liberalismo que sufría España – aunque mucho menos corrupto que ahora -. Es así que buscando un camino hacia la democracia auténtica – quizás sólo una Democracia soñada – cayó en la Dictadura.
Busquemos, en fin, en estos momentos tan bajos de España, nuestra nueva Resurrección Nacional como la buscaba Antonio Tovar, leyendo a los clásicos de la Roma eterna. Sólo en esta raíz sublime encontraremos la solución, a pesar del birrioso sistema educativo que padecemos.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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