www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Gibraltar: un problema irritante que oscurece una oportunidad interesante

José Varela Ortega
martes 20 de agosto de 2013, 20:48h
Dejemos a un lado el espinoso asunto de la soberanía. Una de las pocas ideas sensatas del señor Moratinos-antes de enconar y complicar el asunto concediendo al Peñón igual status que al Reino Unido y a España- fue aparcar el irresoluble tema y plantear el debate en asuntos de interés común. Es cierto que el pintoresco ministro del gabinete Zapatero quería hablar de problemas y lo que yo propongo en las letras que siguen es hablar de -crear-oportunidades y que sean estas quienes hagan por disolver -o logren reducir-los problemas.

En otros tiempos, Gibraltar podía vivir sin España, y casi contra ella (aunque Basil Liddell Hart ya no lo creyera en su informe al Imperial War Office, mediado el novecientos treinta). Hoy, empero y a efectos del control del Estrecho, la Roca es casi irrelevante estratégicamente y depende de las bases españolas de la OTAN para su seguridad más elemental. Es ilustrativo, a los efectos, que el HMS Illustrious, el buque insignia de la Royal Navy, tenga que fondear en Rota porque el puerto de Gibraltar sea inadecuado para naves de su calado. La verdad es que con ambos países en la Unión Europea y siendo los dos miembros de la OTAN, el asunto de la soberanía podía haber pasado a un discreto segundo plano. Podía, si gibraltareños y británicos hubieran sido discretos en el manejo de la colonia y sus relaciones con España. Pero, desgraciadamente, no ha sido ese el caso. El tema tiene poca discusión para cualquier académico mínimamente objetivo: la evidencia histórica es tan apabullante como gráfica y ha sido resumida en este periódico por el Profesor Sánchez Mantero, un excelente conocedor del tema -y, con todo lujo de detalles, ayer mismo por Alejandro Muñoz Alonso. Basta cotejar el plano acordado en el Tratado de Utrecht y las sucesivas apropiaciones ilegales gibraltareñas de territorio y aguas. Y lo malo, es que han sido varias, reiteradas y unilaterales. La más aparatosa consistió en aprovechar un permiso español, concedido mediado el XIX, durante una epidemia en la colonia, y al objeto de aislar a los enfermos, para apoderarse del istmo -franja neutralizada, pero de soberanía española- terminando, ya en el novecientos treinta, por construir un aeropuerto. No fue precisamente el beau geste de un caballero del “Purple Turtle Union Bar”de Oxford.

Prácticas abusivas de esa misma naturaleza y mal estilo han convertido el tema de la soberanía en un asunto, aun cuando menor, obsesivo para cualquier gobierno español, sea de Franco, del PP o de la III República: les obliga a estar en una alerta desconfiada y permanente. Una tensión que provoca una respuesta británica igualmente explicable: que el derecho de los ciudadanos (aunque fueran “plantados”, como dicen en inglés, pero hace 300 años) prima sobre el territorio. El problema-para los españoles- siempre ha sido determinar a qué territorio y aguas exactamente se refieren los británicos. Y la dificultad en el razonamiento de los “llanitos” es que no es fácil invocar Utrecht para justificar la soberanía británica, pero luego ignorarlo -y conculcarlo- en lo que hace a límites y otras condiciones estipuladas en dicho Tratado. You can’t have it both ways, que se dice en ingles; no vale una doble vara de medir.

Dicho esto, que británicos y españoles tienen intereses comunes de una entidad muy superior a la Roca no requiere de mucha demostración. Bastaría con echar una ojeada a las cifras de intercambio comercial e inversiones entre ambos países, y traducirlas en puestos de trabajo, para convencernos enseguida de que su número excede con mucho, no ya a la población llanita, sino a la de toda la bahía de Algeciras. Pero aún hay más y más importante: la Península Ibérica y sus Islas, lo mismo que las Islas Británicas e Irlanda, tienen un destino americano y un interés común vital en que la Unión Europea nunca pierda su orientación hacia el Atlántico, en una Europa donde ahora muchos tiran hacia los Urales. Hoy día, somos aliados naturales, por obra de la geografía, de la historia y de la economía, al menos de la actual. Blair y Aznar lo tenían muy claro.

Pero aproximemos la lente al Peñón, a la bahía de Algeciras y aún a su hinterland andaluz. Comparémoslo con otros territorios off-shore, no sólo en el mundo (Hong-Kong, Singapur o Bahamas), incluso en Europa (Mónaco) y hasta en aguas británicas (las Islas del Canal). El resultado es abrumador. Gibraltar, que en los años cincuenta aparecía como un lugar floreciente, pero sólo en comparación a la pobreza de su entorno, desde el desarrollo español de los años sesenta y setenta, no hablemos ya de las cuatro últimas décadas, se ha convertido en un pequeño pueblito de aspecto provinciano y pobretón, sin grandes tiendas, buenos restaurantes y hoteles de lujo. Yo acudo casi todos los años, precisamente por lo que tiene de retro: porque me recuerda a la Inglaterra más modesta, profunda y provinciana, de hace más de medio siglo. El caso es que el Peñón se ha perdido, y apenas ha contribuido, al desarrollo y al lujo que ha crecido a lo largo de las costas de Málaga y Cádiz en esas décadas. La cuestión no es la renta per capita de los llanitos. Ese no es el punto. Los seis mil gibraltareños residentes en Sotogrande –o los trabajadores españoles en el Peñón, incluso los pescadores en las disputadas millas náuticas, son una gota de agua. Una anécdota, en relación al costo de oportunidad, para malagueños, gaditanos y gibraltareños, en comparación a los posibles beneficios de otros off-shore para ellos mismos y sus hinterland.

¿La razón se debe acaso a su emplazamiento? Otra vez, geografía e historia comparadas nos proporcionarán una respuesta. Pero, negativa. Tánger, al otro lado del Estrecho y a escasa distancia, fue, hasta mediados los años cincuenta, un emporio como puerto franco. Muy superior a Gibraltar. Y, por cierto, lo fue sin mayores problemas con las autoridades españolas del entonces Protectorado: antes de Franco, no menos que durante su dictadura. Y, ya que mencionamos al ogro, razonemos con un mínimo de objetividad que no es sinónimo de simpatía. Ciertamente, en 1969, el implacable militar les cerró la verja –una medida extrema y, en mi opinión, errada, si bien fiel a la letra del Tratado de Utrecht. Sin embargo, en 1940 y 1941, resistió presiones y tentaciones (operación Felix) para conquistar la Roca –cuando podía haberlo hecho con relativa facilidad- y, en 1942, miró para otro lado el uso extensivo y hasta abusivo que exigió la operación “Torch”. Según el dictador, Gibraltar “no merecía una guerra”. El propio Churchill –casi tan poco sospechoso de simpatías franquistas como el que suscribe- registró ambas incidencias en los Comunes con sobriedad y objetividad. Por eso, yo que los nacionalistas británicos y gibraltareños, manejaría con mesura el espantajo del general y consultaría mis Parliamentary Records antes de soltar la lengua en demasía, no vaya a ser que se encuentren hansardized por sus propios rivales.

Si no es la geografía, ¿a qué se debe, pues, el costo de oportunidad, comparativamente hablando, en que ha incurrido el Peñón como off-shore? Los nacionalistas gibraltareños tienen una respuesta inmediata y simple: por culpa de los gobiernos españoles. Demasiado simple y, sin embargo, la propuesta puede servir de punto de partida para intentar desarrollar un razonamiento inteligente, aunque sólo sea en beneficio del argumento, que se dice en inglés. Y, en esa línea comparativa más arriba propuesta, británicos y llanitos deberán reconocer que la Roca cumple una ley universal de todo enclave: la de que no hay off-shore que pueda vivir tranquilo, no hablemos ya de prosperar –como debiera y pudiera hacerlo Gibraltar y su entorno- sin acuerdo, connivencia y colaboración con su main land. Es imposible. Y esa es precisamente la gran diferencia entre el Peñón y un Mónaco o Bahamas, por ejemplo. O en comparación a la prosperidad relativa de Tánger hace sesenta años.

Y de eso, de la futura prosperidad del Peñón y de su entorno es de lo que deberían hablar el Reino Unido y España, de un lado; Gibraltar y Andalucía, de otro. Hay que crear oportunidades que urdan complicidades y reduzcan los problemas a su mínima expresión. Las Altas Partes contratantes–España y el Reino Unido- deben reorientar sus esfuerzos en esa dirección. Deben ir urdiendo un lobby de oportunidades y negocios conjuntos en el Peñón, en la bahía de Algeciras, en las costas de Málaga y Cádiz, que teja un entramado de oportunidades e intereses comunes en el área circundante y aún en toda Andalucía. Hay tejido social, base económica e infraestructuras para ello. Sobradamente. He conocido bastantes gibraltareños en los EE.UU. e Inglaterra, gentes de acrisolada honradez y de primer nivel profesional y financiero, que poco tienen que ver con el tipo de tosco sindicalista estibador y shabby lawyer tramposillo, involucrados en negocios dudosos que horrorizarían a la inmensa mayoría de los británicos, y que, no obstante, son especímenes habituales entre los políticos de la Roca.

Es obvio que para construir una política nueva basada en oportunidades, en lugar de problemas -irritantes, a la par que miserables- debe restablecerse la confianza entre las partes. Para empezar, hay que decidirse a resolver el problema, en lugar de agitarlo como granero de votos nacionalistas. En segundo lugar, hay que dialogar, pero de verdad: un ejercicio que consiste en escuchar tanto como hablar; con discreción y buscando comprensión, en vez de titulares. El Gobierno español debe ir relajando unos controles en la frontera que son irritantes e injustos para ambas poblaciones –aunque sean legales. El Gobierno británico debe recordar y cumplir el viejo adagio de los juristas romanos: pacta sunt servanda. Hay que respetar los acuerdos: ya sean de pesca –y a propósito del apoyo español en el contencioso petrolero con Irán- o de medio ambiente, para no hablar de contrabando u otros negocios aún más oscuros. El gobierno de Gibraltar debe entender que continuar con una política de hechos consumados que vaya ganando terreno y aguas, a la larga, es imposible contra España. Visto el plano de 1714, las sucesivas apropiaciones, y las extensiones que se planean en el futuro inmediato, británicos y gibraltareños deben comprender –aunque no lo compartan- que cualquier gobierno español, presente o futuro, es inexcusable que se formule la siguiente pregunta: “¿hasta dónde y hasta cuándo?”. Y resulta también inevitable que reaccione de uno u otro modo.

¿Se puede construir un desarrollo turístico y deportivo ganado al mar en las disputadas aguas? Probablemente, en connivencia con España, como negocio conjunto, de capital español, británico y gibraltareño, se podría imaginar una fórmula que salvaguardara las reservas jurídicas de cada parte y, sin duda, sería una manera inteligente de ir guardando el inevitable contencioso soberanista en el baúl de la retórica. Unilateralmente y contra España, el proyecto “Sovereign Bay” se edificará sobre una soberanía discutida y será todo menos “Vantage”. Atraerá muy pocos negocios “privilegiados” de verdad. Poca gente, de cierto nivel social y posibles económicos, le gusta vivir e invertir en lugar conflictivo, sobre el que pende una reclamación, y donde es enojoso salir y entrar. Para eso, más vale comprarse una casa en España: en Sotogrande, por ejemplo, como ha hecho el Ministro Principal de Gibraltar.

El señor Picardo -un personajillo político de campanario, internacionalmente insignificante, pero lenguaraz donde los haya, y cuya aportación a la ciencia política comparada consiste en equiparar a España con Corea del Norte y al Presidente Rajoy con el general Franco- alardea, con modales de alcalde de monterilla, de poder ganar “juego, set y partido” a las autoridades españolas en cualquier foro internacional. Puede que la suya sea de una gran astucia en su mundo de picapleitos, pero es un ejemplo de poca inteligencia política. Nuestro pequeño litigante, que como buen “llanito” es bilingüe, debería recordar la maldición gitana: “pleitos tengas y los ganes”. Porque, en efecto, lo que menos necesita un off-shore son pleitos, cuestionamiento internacional, mala reputación y peor relación con su hinterland. Nadie gana con ello: para el Reino Unido, porque enturbia sus relaciones con un socio comercial, europeo e internacional de importancia; España, por similares razones y, además, porque paga un costo de oportunidad en una región que lo que necesita son inversiones, en lugar de querellas; pero, para los gibraltareños, la política de litigios es letal, porque les va en ello su vida y progreso, al menos, su prosperidad futura.

El gobierno británico debería procurar -y el español ayudar a-que Gibraltar cambie de paradigma económico. En este punto, y a tenor de sus importaciones de tabaco, los gibraltareños se han fumado la friolera de 2.283 cajetillas por persona en los seis meses que discurren entre Enero y Junio: un caso grave, pues, de intoxicación general de la población. De suerte que, o bien hay que acudir, todos -el NHS británico y la Seguridad Social española- en su ayuda, o buscar una explicación menos dañina para la salud, aunque atente contra nuestros bolsillos y contra el comercio legal de la Unión Europea. Así que, un poco de seriedad. No están los tiempos –ni es el lugar apropiado- para dedicarse al contrabando (que ha crecido un 213% en dos años); no hablemos ya del lavado de dinero y otras prácticas delictivas. Tampoco un entorno que alberga alguno de los centros turísticos más relevantes del mundo, está para riesgos ecológicos. ¿Se figura el lector prácticas de “Bunkering” frente al campo de tenis de Montecarlo? ¿Verdad que no? Francia no lo toleraría y al Principado no le convendría. Pues a Gibraltar tampoco le conviene y, si no, que se lo pregunten a los británicos residentes en la Costa o a los “llanitos” vecinos de Sotogrande. Vertidos pestilentes y contaminantes están a la orden del día, aunque en pequeñas cantidades. Aun cuando menores, accidentes ya se han producido (el del petrolero Torm Gertrud, en 2007). De modo, que las probabilidades de que, antes o después, se produzca una catástrofe de envergadura que ocasione un desastre en toda la Bahía y en su entorno -del Puerto, en Cádiz, a Marbella, en Málaga- son considerables. Y, entonces, el escándalo será de tal calibre que le será difícil al gobierno español de turno resistirse al cierre de la verja, del aeropuerto y al bloqueo de la Bahía para el tráfico del Peñón. Por mucho tiempo. Todos perderemos, pero, si ocurre lo peor, que al menos los polítiquillos gibraltareños nos eviten la escena del “enano de la venta”, cometiendo tropelías y luego llamando a voces al gigante porque…”Papá me quieren pegar”.

Sin embargo, hay otro escenario, sin titulares para políticos nacionalistas, pero optimista e inteligente para los ciudadanos porque podría contemplar y procurar un Gibraltar dedicado, como puerto franco, a negocios transparentes, limpios y sanos; negocios que atraerán capital internacional y serán mucho más productivos. Negocios, no sólo hechos con empresas españolas, que también, sino en connivencia con la Administración española, empezando por la fiscal. Como en las Islas del Canal con la británica. Un Gibraltar que dé seguridades a sus vecinos en la Bahía de Algeciras, a la administración regional andaluza y al gobierno español de que se van a respetar pactos y acuerdos y de que van a cesar actos y ocupaciones unilaterales. Entonces, construiremos un Peñón cada vez más abierto y seguro de que nadie atentará contra su tráfico marítimo, aéreo y rodado. Un Gibraltar así es posible y deseable para todos, porque sería un foco atractivo de prosperidad para el propio Peñón y para todo su entorno. A estas alturas de nuestra compleja historia común, una Roca así, en la punta sur de Europa, entre dos océanos y dos continentes, si no existiera, habría que inventarla. Intentemos, pues, convertir un conflicto histórico en una oportunidad de futuro.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(1)

+
0 comentarios