De muertes y resurrecciones (políticas)
martes 20 de agosto de 2013, 20:55h
La política no perdona el olvido, y mucho menos el fracaso. Es ya casi un lugar común el señalar que la res publica no da segundas oportunidades. Aquéllos que sufren un revés o que llegan a abandonar la primera línea, con independencia del motivo, difícilmente volverán a estar de nuevo bajo los focos. En relación con ello, puede recordarse la frase atribuida a un antiguo dirigente de nuestro país (hoy alejado de las lides políticas) que señalaba que en política quien se baja del tiovivo no vuelve a montarse en él. Sin embargo, con ser cierto lo señalado hasta el momento, existen excepciones a la regla descrita, algunas de ellas muy destacadas, para lo que basta recordar tres casos: los de Churchill, De Gaulle y Nixon.
Churchill es seguramente el ejemplo más extremo, más intenso (como toda su vida pública en general). Hijo de un tory disidente “acabado” políticamente antes de tiempo (no en vano era una de las promesas más descollantes llamado a ocupar las más altas responsabilidades), sin duda su ejemplo estuvo siempre presente en los movimientos políticos del Viejo León. De ahí que sus “cruces de pasillo” (algo en absoluto extraño en el parlamentarismo clásico británico) de ida y vuelta (hay que admitirlo, hacia el bando ganador del momento) hayan de inscribirse en esa huida del destino paterno. El primer cambio de chaqué político le permitiría formar con Lloyd George uno de los más formidables “tándems” jamás vistos. Pero el propio carácter de Churchill (fuente de sus más destacados logros y también de sus más sonoros errores) le haría subir las apuestas como Primer Lord del Almirantazgo en la Gran Guerra. Su brillante y a la vez descabellada (por extraño que pudiera parecer dicha combinación de epítetos) planificación del desembarco en Galípoli y su más que anticipado fracaso le convirtió en el Varo de la Royal Navy y le supuso su primer encefalograma plano político.
Tras un período de alejamiento de la política, el reingreso posterior en su partido-madre vendría marcado por su progresivo distanciamiento de la actitud contemplativa primero y apaciguadora después de la política oficial Foreign Office respecto al peligro nazi. Su célebre casandrismo llegó a hacerle una figura molesta para el establishment tory que le consideraba un muerto en vida, un producto de un pasado que no había de volver. Sin embargo, esa tenacidad haría que en la hora decisiva de mayo de 1940 todos volvieran sus ojos hacia él como el último rayo de luz en la dramática oscuridad del momento. Como Pitt antes que él, y aún en mayor medida, Churchill fue “el piloto en la tormenta”, figura clave en la derrota de un Eje que en 1940-1 (algo que a veces se olvida) estaba a punto de lograr todos sus objetivos. Todavía sorprende hoy que sólo tres meses después del saludo de la victoria ante una multitud enfervorecida, ese mismo pueblo (en otra de sus recurrentes lecciones de madurez cívica y democrática) condenara a su conductor a un ignominioso destierro que muchos vaticinaron como sepelio definitivo. Pero una vez más Churchill habría de burlar a los dioses volviendo a atravesar seis años después la puerta de Downing Street para llevar por última ocasión el timón de un país que se refugió de nuevo en él en vísperas de las importantes transformaciones que estaban por llegar. Cuando años más tarde abandone definitivamente la dirección del país será por su propio pie, el de un anciano buscando un más que merecido descanso. Sólo la Vida había podido con él.
A diferencia de nuestro anterior protagonista, Charles De Gaulle no había nacido para la política, aunque el futuro confirmaría que la llevaba en las venas. Comparte con Churchill su clarividencia para avistar el futuro a partir del presente, y también del pasado, y, por ello mismo, la inicial incomprensión de que fuera objeto. Su determinación habría de ser crucial en la noche más oscura de una de las más grandes Naciones del planeta. Por ello no es de extrañar que se le confiara el gobierno de la nave republicana una vez alcanzada la paz. Sin embargo, podría afirmarse que la Nación aún no estaba preparada para él. La difícil convivencia social y política en la Francia de la posguerra, unida a la intransigencia del General frente a un comunismo en ascenso, marcarían un profundo desagrado hacia la vieja política que le llevaría a emprender el camino a casa tras un larga jornada cuyos errores tendría siempre muy presentes en el futuro. Doce años en el jardín de Cincinato es un lapso temporal apenas visto antes en la historia política, pero era tal la autoritas gaulliana que el curso natural de las cosas conduciría a Colombey cuando los acontecimientos argelinos hicieron que Francia se asomara de nuevo al abismo. Esa misma naturalidad reclamó sin embargo excepcionalidad, y excepcional fue (en superlativo) el proceso que atribuyó poderes casi dictatoriales (temporales, en cualquier caso) al comadrón de la V República. Desde entonces Colombey se ha convertido en un símbolo, un santo grial sanador de las enfermedades sociopolíticas más letales. Pero, pasado su momento de cirujano de hierro, De Gaulle se revelaría como uno de los políticos más conciliadores y diestros en el aunamiento de las energías nacionales que la Edad Contemporánea ha contemplado, dejando una huella que sus sucesores al frente de la República no han dejado de seguir, con independencia de su adscripción política.
Contrariamente a los anteriores, el tercero de nuestros políticos evocados no gozaría del reconocimiento general al final de su trayectoria pública. Así, se ha podido afirmar que el 9 de agosto de 1974 (fecha en la que se hizo efectiva la dimisión de Richard Nixon al frente de la presidencia estadounidense) marcó para siempre el final sueño americano. Con todo, si bien Watergate es justamente uno de los paradigmas del abuso de poder, también es cierto que el mismo ha suprimido inmerecidamente los indudables logros de una Administración que articuló desde la brillante apertura a China, en el contexto de una acertada política exterior, hasta las políticas de discriminación positiva y de protección ambiental en el ámbito interno (ello hace que Nixon sea hoy una figura “revisitada” con una valoración más positiva por los politólogos estadounidenses, principalmente, por sorprendente que pueda parecer a algunos, por determinados sectores del partido demócrata).
Pero, dejando al margen esta cuestión, interesa subrayar la capacidad nixoniana para levantarse después de la caída (y descender a los infiernos más tarde). Hombre de poderosa inteligencia y personalidad atormentada, hecho a sí mismo desde un modestísimo ambiente familiar trágico y complejo, superó todas las adversidades hasta desarrollar una fulgurante carrera en el Congreso que le auparía a la vicepresidencia con Eisenhower. Virtualmente ganador a pocas semanas de la elección presidencial de 1960, un célebre debate televisivo, entre otros factores, haría de J.F. Kennedy el dark horse de la carrera, ganada en el último metro. La sombra de Camelot habría de perseguirle hasta el fin de sus días. Con todo, Nixon decidió reinventarse y sólo dos años más tarde se presentaría como candidato a gobernador de su California natal. Y de nuevo perdería contra todo pronóstico. El resultado y una desafortunada rueda posterior parecieron sentenciar a Nixon a la pena capital política, el olvido. Sin embargo, tras cinco años de extrañamiento político, en un hecho inusitado en la política del siglo XX (y no digamos del presente), Nixon se convierte en candidato del partido republicano en los comicios de 1968. Mucho había cambiado América desde 1960: tres magnicidios, violencia racial, fiasco militar en el extranjero. Todo ello hizo que la apelación nixoniana a la mayoría silenciosa le otorgase una cómoda victoria, ampliada considerablemente cuatro años más tarde con uno de los mayores apoyos electorales de la historia norteamericana. Con todo, ya por entonces había comenzado el acto final, que habría de tener un desenlace digno de las peores pesadillas políticas.
Los ejemplos descritos anteriormente (especialmente los dos primeros) deben tenerse presentes en unos tiempos, como los actuales, en los que todo se mide por el éxito (y dentro de éste, particularmente por el dinero). Vivimos en una sociedad, especialmente la española, que castiga implacablemente el fracaso en sus distintas variantes, sobresaliendo entre ellos el político y el empresarial (este último y sus consecuencias serían merecedores de un análisis en profundidad). Así, no puede olvidarse que la vida profesional, como la personal, es una sucesión de montañas y valles, debiendo estos últimos aceptarse con naturalidad. Si bien en política, como en otras facetas, el relevo y la regeneración son siempre saludables, e incluso necesarios, en una época en la que el consumo vertiginoso se extiende también a nuestros personajes públicos, a los que asignamos con frecuencia una efímera vida útil, no está de más recordar que la experiencia es un activo del que sencillamente no podemos prescindir.