Túnez y las barbas del vecino
miércoles 21 de agosto de 2013, 08:13h
La terrible situación que se vive en Egipto no solo está ocasionando la pérdida de cientos y cientos de vidas humanas en una gran tragedia para el país del Nilo, sino que puede dar pie a algo tan indeseable como inquietante: su exportación a otras naciones donde existe, más o menos extendido, el conflicto que ha desencadenado que la tierra de los faraones se encuentre al borde de la guerra civil. Entre esas naciones, destaca Túnez donde cada vez con mayor asiduidad se suceden manifestaciones y concentraciones a favor o en contra del Gobierno tunecino -en el que prevalecen los islamistas de Ennahda-, y se radicalizan las posturas.
La pugna entre islamistas y partidarios de un Estado laico y moderno, sin visos de teocracia, nunca ha dejado de estar presente en Túnez. Una pugna que ahí tiene varios frentes que se desarrollan tanto en la ciudadanía como en el seno del propio Ejecutivo, en el que a los islamistas de Ennahda se suman dos partidos laicos: el Congreso para la República (CpR) y Ettakatol, pues en 2011 Ennahda ganó las elecciones, pero no cuenta con una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional Constituyente.
Túnez fue pionero en la llamada “primavera árabe” y para derrocar al dictador Zine el Abidine Ben Ali fue decisiva la colaboración entre laicos e islamistas. Esa colaboración ha atravesado momentos muy difíciles, algunos recientes, como el asesinato el pasado 25 de julio del líder izquierdista Mohamed Brahmi, que se caracterizó por sus duras críticas al Gobierno de Ennahda. El anuncio el 6 de agosto de Mustafa Ben Jaafar, presidente de la Asamblea Nacional, de que se paralizaba la redacción de una nueva Constitución tampoco ha contribuido precisamente a calmar los ánimos.
Pese a todo, no da la impresión de que pueda desencadenarse en Túnez una catástrofe como la egipcia. Ennahda y sus oponentes no han roto el diálogo y parecen hacer esfuerzos, ahora incrementados, para que ese diálogo no sea sustituido por la violencia. Quizá a ello no es ajeno que los tunecinos ante la sangría egipcia han pensado, con acierto, que “si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.
Recordemos que la verdadera democracia no es un plebiscito ni consiste solo en que se celebran votaciones, que no es lo mismo que elecciones. Un sistema democrático exige pluralidad y libertad para todas las ideologías –siempre que no intenten imponerse de forma violenta, así como respeto al otro, aunque esté en minoría, capacidad para el diálogo y para llegar a acuerdos, y eliminación de sectarismos. Cuando esto llegue en toda su extensión al mundo árabe supondrá la auténtica primavera. Túnez tiene la oportunidad de ser otra vez pionero. Esperemos que no la desaproveche. Si lo hace, el precio a pagar, como se ha visto en Egipto, es altísimo.